Editorial 35 - Descarrilamiento del estado de bienestar

Publicado el 1 de febrero de 2026, 8:04

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El estado de bienestar descarrila y se lleva su cuota de sangre. El accidente de Adamuz el pasado día 18 de Enero, que ha involucrado a dos trenes de alta velocidad, segando la vida de al menos 46 personas y otras tantas con lesiones de importancia, lejos de ser un hecho puntual, insólito o inexplicable según el ministro de Transportes, expresa claramente el deterioro progresivo que llevamos ya sufriendo en las infraestructuras públicas, hasta ahora supuestamente infalibles. Pero es también el indicativo del cambio de época que estamos experimentando.

 

Volverán los testaferros del poder a reclamar la defensa del Estado de bienestar con más inversión pública, y naturalmente, a exigir un esfuerzo a la población para que alimente las arcas de Hacienda con más impuestos, rascándose su ya exhausto bolsillo. Sin embargo, al igual que ocurría con el remedio medieval de aplicar sanguijuelas para tratar enfermedades, también aquí se opta por pedir más alimañas para que sigan debilitando al cuerpo social chupándole la sangre.

 

Desde estas líneas ya apuntábamos al progresivo desmantelamiento del parque de atracciones bienestarista. La criminal gestión de la DANA hace poco más de un año, el alevoso abandono de los bosques estatalizados, fomentando incendios forestales que se han cronificado en el estío en nuestras latitudes, y el aumento de las demandas ciudadanas ante los servicios precarios en sanidad, educación o justicia, que además de ser insuficientes son claramente tóxicos, perversos e injustos, son solo muestras de la decadencia de una era que llega a su fin. La era del café para todos, que en ningún momento fue café sino aguachirli, ahora ya ni siquiera se molestan en poner agua sucia en la barra libre del bienestarismo.

 

El Estado es el problema y no la solución. Es un ente creado históricamente por las elites que dominan la economía, el ejército, la judicatura, la política, la cultura y las altas esferas administrativas. No está secuestrado por oscuras y siniestras sociedades o clubs de psicópatas, sino que es el instrumento diseñado desde los comienzos de la historia de la lucha de clases para que se apliquen sobre la población sometida en cada territorio los planes de dominio y expansión de estos pequeños sectores de mandamases y mandamasas.

 

Estamos viviendo en Europa un cambio de ciclo en la forma en que se ha aplicado la gobernabilidad sobre los súbditos. Hasta ahora, esto se había realizado con mucho pan y mucho circo, gracias al dopaje del Plan Marshall, para conjurar el peligro del ascendente comunista sobre las masas empobrecidas europeas tras la II GM, y se mantuvo tras el desplome de la amenaza soviética derivando los excedentes dedicados de la disuasión militar para seguir amansando a las masas occidentales, con inversiones públicas, y así fidelizar a la población y tener bien controlado el frente interno.

 

Pero la pujanza que desde hace diez años ha comenzado a presentar el imperialismo chino, y la renovada ansia de conquista de Rusia sobre el viejo continente han mostrado de nuevo la cruda realidad de las estructuras estatales: maquinarias bélicas y represivas que se mantienen latentes mientras haya un entente de fuerzas ventajoso entre los competidores internacionales, y se activan cuando hay amenaza de pérdida de poder en las áreas de influencia.

 

Y esto se nota en la economía doméstica.

 

El desvío cada vez mayor de la parte del león de los presupuestos para alimentar la maquinaria de guerra podría aducirse como causa principal en la dejadez que va presentando áreas no implicadas directamente en lo bélico, como sanidad, servicios asistenciales, infraestructuras de carreteras o vías férreas, y es verdad parcialmente, pero hay más en forma de colapso civilizacional: detrás de la decrepitud de lo “público” palpita la crisis profunda que enfrentan la cosmovisión de lo Moderno o posmoderno, esa descabellada ideología socialdemócrata del cielo en la tierra, con su culto al democratismo low cost que prometía el acceso al paraíso del consumo a todo el mundo, y que como he indicado antes, ni era real, ni era deseable, por su componente chantajista y propagandístico. En el caso concreto del fatídico accidente ferroviario, se han expresado a la vez todas las contradicciones aludidas. La saturación de infraestructuras descuidadas y parcheadas, para mantener el sueño del progreso sin fin, la desgana y abulia en la realización de tareas de mantenimiento, propiciada por la falta de estímulos entre la clase trabajadora, mayormente externalizada y desarraigada, la obsolescencia y baja calidad de los materiales, en este caso raíles y vagones, producidos en una economía-mundo sin controles de calidad serios, y la pleitesía dada a la celeridad irracional, donde el tiempo se ha monetizado y por tanto desvalorizado, es el síntoma de que nuestro mundo conocido ha entrado en desintegración y que ahora la inseguridad y precariedad serán la pauta.

 

El desaforado intento de controlar todo por parte de la maquinaria hipertrofiada del Estado, no hace sino mostrar sus miserias en cuanto quiere aplicar sus supuestas dotes de gestión protocolizadas ante emergencias sociales, haciendo llamadas a la desmovilización popular y a delegar en los servicios públicos: la petición infantil hacia los pasajeros de los trenes afectados, de “quedarse en su sitio” y no hacer nada, es repelente y atenta contra la libertad moral de toda persona, y gracias a que muchas personas hicieron caso omiso es por lo que no hubo que lamentar más pérdidas; y por otro lado, la homicida actuación frente al tren Alvia, dada la ignorancia de su situación catastrófica, a pesar de vivir en plena sociedad 2.0, y que fue el que más víctimas mortales acaparó, seguramente porque pasó una hora hasta que recibió los primeros soportes asistenciales, que es precisamente el lapso de tiempo límite donde más posibilidades hay para salvar a heridos graves, conocida como “hora dorada” en los manuales de primeros auxilios.

 

La caída de la careta bondadosa y amable, con que los Estados occidentales han podido mantener controlada a la población en el primer mundo, ha de ser aprovechada para reactivar el descrédito y repudio a la hasta ahora incuestionada gestión pública-estatal, reflotando una cultura y filosofía de vida que incida en la dignidad y que rompa con el hamsterismo degradante y su rueda de producción y consumo sin fin. Tenemos que tener el arrojo de tirar de la cadena y parar este tren frenético que nos lleva a la destrucción, literal y metafóricamente.

 

Jesús Trejo

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