Navidad y vanidad. Rica pobreza, pobre riqueza y mentiras interesadas

Publicado el 1 de enero de 2024, 7:30

Por Jesús Trejo

Tiempo estimado de lectura: 10 min

 

 

“Bienaventurados los mansos, pues ellos heredarán la Tierra” (Mateo, 5,5)

“Los débiles y fracasados deben perecer…y se les debe ayudar a perecer” El Anticristo, Nietzsche, edaf pg. 22

 

 

Digámoslo abiertamente: el cristianismo ha sido el grano en el culo de las elites occidentales, que ha impedido su desenvolvimiento más completo y despiadado. Por más intentos de descafeinarlo, tergiversarlo, corromperlo, y encauzarlo dentro de los cánones acomodaticios del Sistema, la llama insurgente del Espíritu Santo se ha mantenido instalada en el interior de la conciencia popular europea, como un pepito grillo que nos recordaba que todos somos «hijos de Dios» y «pecadores», es decir, que nadie es más que nadie y que somos falibles, y por tanto, tenemos que saber disculparnos y tratarnos con la más alta dignidad entre nosotros, los desposeídos, y dar al César lo que es del César, o sea, la espalda. El cristianismo ha ensalzado lo pequeño, lo humilde, porque de eso se trata: de pequeñas cosas, pero tan rocosas e inquebrantables, que pueden llegar a cuestionar a Imperios formidables y a sus gigantes fornidos; la constante alegoría de lo débil venciendo a la tiranía vertebra el relato del nazareno, que se empieza a fraguar desde el mismo momento de su nacimiento, que la Navidad conmemora.

 

El nacimiento de Jesús es un verdadero homenaje a las gentes del campo y de lo rural. El pesebre entre paja, con las bestias familiares de la mula y el buey, los pastores, la intemperie…son lugares familiares del imaginario campesino, que hasta hace nada era el reservorio de la religión cristiana. Sus tradiciones y sus fiestas estaban siempre íntimamente relacionados con los ciclos estacionales, pero principalmente, con actividades convivencialistas, que propiciaban el reencuentro y la resolución de conflictos o al menos su apaciguamiento en el seno de las comunidades. La Navidad, al igual que las cofradías (co-frater), o la celebración dominical de la eucaristía, son una exhortación al contacto y al perdón con la palabra (“daos fraternalmente la paz”, “no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”), que hacían salvables las relaciones vecinales, siempre expuestas a desencuentros cuando se comparte la vida en espacios comunes.

 

Por eso, dado su potencial rebelde y aglutinador de la cosmovisión fraternal y solidaria de las clases humildes, desde muy temprano los poderosos buscaron formas de combatirlo, primero con persecuciones masivas, y más tarde manipulando su mensaje para integrarlo al Imperio y constituyendo la Iglesia oficial jerarquizada. Con todo, la perseverancia tozuda en el seno del pueblo de los hábitos sodalicios, misericordiosos con el prójimo y recelosos de la Autoridad, obligó a que desde arriba se siguiera socavando los ideales de buena vecindad y alegre sobriedad, al tiempo que se venía trabajando primero en su desacreditación y derribo, asociándolo a lo más casposo de la tradición, lo beato y lo represor, para después plantear posibles alternativas (islamismo, orientalismos), más eficaces y menos disonantes con los planteamientos del Poder. No es casual que el ataque de la Modernidad al campo y sus estructuras ancestrales asamblearias coincidiera con el ataque a la religión cristiana, y que el anticlericalismo militante, del que hacían gala los republicanos, escondiera en realidad un ataque demoledor a los vestigios de autogobierno local que residía en el corazón de lo rural concejil y comunal.

 

Frente a esta propuesta tranquila, equilibrada y modesta en lo material, del ideario popular cristiano, se alza la hybris, la exaltación de la desmesura y la ambición, del progreso y la acumulación. El superhombre. Dice mucho acerca de la influencia de la propaganda ideológica el que sea un lugar común caracterizar la “filosofía” nietzscheana como vitalista y anticlerical, cuando realmente una lectura desprejuiciada de sus textos nos muestra una vocación profundamente tanática y eclesiástica de sus propuestas. Veámoslo.

 

Nietzsche se percató de que la compasión que desprendía el ideal cristiano era una rémora para los planes de expansión y dominio, especialmente cuando ese tufo igualitarista “contaminaba” a sectores dirigentes que él apoyaba, y por ello prácticamente toda su obra no es sino un enfrentamiento dialéctico contra la filosofía del Amor y la igualdad.

 

En su obra “El Anticristo”, de 1888, el penúltimo trabajo antes de perder completamente la razón, Nietzsche quiere lanzar su ataque más furibundo a estos ideales de amor y perdón, y lo hace bajo el subterfugio del lenguaje filosófico: según él, lo que atenaza al hombre contemporáneo, al hombre moderno instruido en la fe cristiana, son los ideales trascendentales que le impiden vincularse por completo a la Tierra (es decir, a la dialéctica del amo y el esclavo darwinista que según Ntz. dominaba el mundo natural), dejándole postrado ante una vaporosa metafísica debilitante, que se deleita en el ayuno y en la proscripción de todos los instintos demasiado humanos, concupiscentes, alegres, decididos y arrogantes. Todo ello según Nietzsche, muestra la bajeza y cobardía del cristianismo, al no aceptar el lado profundamente “vital” de la existencia humana, el lado salvaje y animal.

 

Frente a ello, el pensador alemán expone lo que él entiende como hombre superior, que lo es también por haber superado esa fase “negacionista” de su ser, abrazando su animalidad, y todos los instintos supremacistas que la componen, para afirmar sin complejos que la esencia de la culminación del proyecto hombre es dominar, ejercer el Poder, anhelarlo: imperar. Por eso frente a las figuras icónicas del cristianismo, como el cordero, el mulo o el buey, incorporados al Nacimiento, Nietzsche nos ofrece el lobo/la loba, el águila y la serpiente, cuyas características serían respectivamente lo despiadado, lo superior y lo sibilino, como símbolos de la nueva “humanidad”.

 

Para nuestro mostachudo profesor, la debilidad innata que caracteriza a los pseudohombres cristianizados, que no se atreven a imponer por la fuerza lo que su propia voluntad autoescogida demanda, solo merece desprecio y odio, y por tanto exterminio. Un poco más adelante, sus más fieles seguidores en el III Reich se emplearon a fondo en la tarea. He aquí que el supuesto vitalismo de esta corriente se muestra como lo que es, aniquilación y destrucción masiva de la vida y su diversidad.

 

Ahora bien, el mismo Nietzsche incide en que una de las características de los “hombres superiores” es su inteligencia, que saben usar con argucia, sobre la masa, para que les sirvan de forma obediente y complacida. Si esto es así, entonces el estamento eclesiástico pertenece también a este selecto grupo de “Ubermenschen”, dado que con su artero uso del miedo y las terribles imágenes infernales que fomentan para los pecadores que no se sometan a su dogma y prescripciones, consiguen dominar y someter a las infelices gentes del común, y así empoderarse sobre ellas. Es por ello que nuestro peligroso pensador se muestra, bajo la apariencia de ser su más feroz crítico, como un fervoroso defensor de los métodos cautivadores de la ascética pietista, que logra carismáticamente enrolar bajo su servicio a las inocentes gentes populares, y domesticarlas. Por tanto, la figura del sacerdote en realidad es respetada por el filósofo prusiano, en su papel de mediador ante las “bestias igualitaristas”. Y por eso lanza sus diatribas contra el movimiento cristiano, porque se sublevó contra el poder de los rabinos judíos: “El cristianismo niega la Iglesia…fue una insurrección contra la jerarquía social” (Anticristo, XXVII).

 

He aquí que el supuesto anticlericalismo nietzscheano se muestra de nuevo en toda su crudeza, como devoción por los señores de la levita y la flagelación, y de su capacidad de convocatoria, de la que “deberíamos aprender” como arte de dominio social “los espíritus libres”, que era como gustaba denominarse.

 

 

Y es que realmente, Nietzsche utiliza torticeramente el repudio que generan las prácticas represivas y castradoras de la mojigatería pietista para cargar contra todo el legado vitalista y revolucionario que contiene el cristianismo, metiéndolo todo en el mismo saco y así poder zafarse de tan incómoda ideología, pero por lo bajo aplaude y valora esa misión pacificadora de los popes eclesiásticos. Prueba de ello es que Ntz fue subvencionado “caritativamente” por el estamento religioso (el teólogo protestante Kaftan le donó 2000 francos suizos en 1888, justo en el momento en que escribía su obra más ácida contra el cristianismo).

 

La razón que subyace a todo esto es mucho más prosaica: Nietzsche fue un paniaguado de los industriales de Basilea, dedicados sobre todo a la industria de la seda, que le sufragaron la suculenta cifra de 3000 francos suizos anuales de renta en su excedencia como profesor de filología en la Universidad, durante 6 años prorrogables para que él viviera esa vida atormentada (entre hoteles, balnearios y pensiones del Tirol, Venecia y la Engadina), y que les suministrara estas “sesudas” deducciones filosóficas sobre porqué las elites debían desembarazarse de los complejos de culpa que les provocaba el dogma cristiano, y dedicarse sin tapujos a explotar, avasallar y disfrutar de su posición privilegiada. Por eso, en la huelga desatada por la I Internacional que logró rebajar las horas de trabajo a…11, y además prohibir el trabajo infantil, la industria más resentida fue la de las casas patricias suizas de Basilea, de lo cual Nietzsche se quejaba amargamente: “a todos los fabricantes de cintas de seda les va mal…”., y todo por culpa del cristianismo, que metía en la cabeza de los desheredados las nocivas ideas de cuidar a sus hijos y de no ser meros animales hablantes.

 

Frente a esta metafísica del sufrimiento y la solidaridad, Nietzsche propone recuperar para Occidente el epicureísmo orientalista, budismo o islamismo, (“No cabe ninguna duda entre cristianismo e islamismo: ¡muerte a la cruz, paz y amistad con el Islam!”, Anticristo, LX) más enfocado en los placeres sutiles propio de un status aristocrático, toda vez que la conquista imperialista permita un suficiente bienestar que haga olvidar el valle de lágrimas a las clases trabajadoras, pero para ello se las debe fidelizar en la tarea de conquista, se las debe inculcar el espíritu de las legiones romanas, que era en lo que en realidad pensaba Ntz como proyecto para Europa, imperar sobre África y el resto del mundo.

 

Esta visión fue lo que andando el tiempo se institucionalizó en Europa, especialmente tras la II GM. El Estado de bienestar no ha sido sino la manera de llevar a cabo estos planteamientos disolventes de la cosmovisión fraternal y solidaria popular que se sublimaban en la religión cristiana, y que ha permitido que la Navidad haya sido convertida en la fiesta del consumo, el derroche y la borrachera. Así que podríamos decir que actualmente el legado de Nietzsche campa a sus anchas, y que la moral “aristocrática” ambiciosa que dice sí a la “vida” atiborra los centros comerciales, buscando con su desmedida voluntad de Poder (adquisitivo) más plasma para su televisor, más langostinos para su mesa, y más champán a su cubitera. Más y más.

 

Pura vanidad.

 

Lo hemos dicho ya, y lo repetimos: el cristianismo es una piedrecita cojonera en la bota imperial, y esa piedra es la misma que en la tradición judía derribó a Goliat, el imbatible campeón filisteo, y esa misma piedra vuelve a ser Pedro, sobre el que Jesús quiso edificar su “asamblea”: sobre piedras-personas, que den consistencia a la “ekhlesía”. Recuperar ese carácter imbatible y rocoso de las pequeñas cosas individuales debe ser el deseo que nos tendríamos que proponer en la onomástica figurada de Jesús. Como en la fábula de los tres cerditos, el lobo/la loba capitolina no podrá derribar un edificio bien asentado sobre piedras-personas, por mucho que sople, mientras que si construimos nuestra comunidad con material endeble se vendrá abajo con la primera brisa. La Navidad nos insufla la esperanza de que el universo siempre comienza de nuevo con cada nuevo nacimiento, y que también podemos renacer cada uno, dejando atrás nuestra vieja vida y sus errores. Porque también eso es el cristianismo, la resurrección y la expiación de los pecados.

 

Recuperemos la Navidad y dejemos la vanidad en lo que es: consumirse en el consumo.

 

Jesús Trejo

 

 

 

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