Por Félix Rodrigo Mora
La reciente edición en castellano del último libro de Edgar Morin “Lecciones de la historia ¿Podemos aprender de nuestro pasado?” es motivo para recapacitar sobre la filosofía de la complejidad. Con tal objetivo, tomo como fundamento “Introducción al pensamiento complejo”, su obra más lograda y, sin duda, mucho más breve que las cuatro partes de “El Método”.
Empezaré señalando que la filosofía de la complejidad es una notable aportación a la metodología y al pensamiento, quizá la última gran corriente filosófica producida inmediatamente antes de la práctica extinción del quehacer creador filosófico y de la misma filosofía, situación en que nos encontramos.
Morin, con elegancia y vigor, ajusta cuentas con los sabelotodo de la mala filosofía, Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino, Descartes, los “filósofos” franceses, Voltaire, los positivistas, Nietzsche, Heidegger[1] y algún otro, aferrados a la quimera contrarracional del saber absoluto, perfecto y definitivo. Lo hace fijando un “principio de incompletud e incertidumbre”, que, bien analizado, posee una sólida base experiencial. Arremete contra el simplismo y el reduccionismo, arguyendo que la complejidad reside en la esencia misma de lo real, siendo uno de sus atributos inerradicables. Acuña, además, la expresión “hipercomplejidad”, asestando un apropiado varapalo al cartesianismo, pedestre entelequia que emana de las elementalidades e infantilismos, explicados de manera intencionadamente oscura, contenidos en “Metafísica” de Aristóteles.
Ciertamente, eso, aunque magnifico, es menos novedoso de lo que parece, pues ya John Locke, en “Ensayo sobre el entendimiento humano” (1690) arguye que el conocimiento cierto no logra estar exento de una dosis de imprecisión y desacierto, de manera que nuestros saberes son parcialmente inseguros, incompletos y finitos. La verdad real, según Locke, está determinada por unos específicos atributos inherentes, la finitud, la imperfección y la impureza. Con ello, libera a la mente de la camisa de fuerza paralizadora que resulta de identificar verdad efectivamente lograda, verdad objetiva, con verdad total, perfecta y completa.
Al presentar el asunto de esa manera no es negada la objetividad de la verdad, sólo se relativiza su naturaleza, lo que Morin argumenta aseverando que “no podremos escapar jamás a la incertidumbre y … jamás podremos tener un saber total”. Indiscutible. Estamos en condiciones de conocer con objetividad, de aprehender la verdad, pero de manera impura, inconclusa e imprecisa. Sólo la teología de todas las religiones proporciona un “saber” tenido por completo, absoluto, perfecto, no contradictorio y eterno. En oposición, la filosofía que ha roto con la teología se sitúa en la complejidad admitida, la fundamentación experiencial y la objetividad conexa.
Para remachar el clavo añade una frase de notable significación, “la acción es una decisión”. Arguye con ello que, puesto que es imposible saberlo todo y de manera absoluta, sobre cualquier ente o asunto particular, la toma de decisiones debe adoptar la forma de elección parcialmente insegura, problemática pero necesaria e incluso inevitable, lo que demanda escoger un actuar considerando “el riesgo y la incertidumbre”.
Morin admite la realidad fáctica permanente del azar y la casualidad, de la fortuna y de lo que se denomina el destino, refutando el racionalismo epistemológico absolutizante, para el cual todo puede conocerse y puede determinarse, por tanto, integrase en un plan de actuación, planificarse. Advierte que no es así, que siempre queda un espacio para el indeterminismo y lo azaroso, para lo incomprensible e inesperado.
Hasta aquí los aciertos de Morin. Veamos ahora sus debilidades, sus zonas de oscuridad.
En “Lecciones de la historia” no enfatiza lo suficiente la posibilidad, realidad y necesidad de un saber cierto sobre el pasado, vale decir, de su conocimiento verdadero, con los limitantes y condicionantes expresados, que en la historia son aún más pertinentes. Tampoco se ocupa de indagar la relación mutua existente entre necesidad, libertad y azar, los tres elementos que forman el basamento del quehacer de la humanidad, en el pasado, por tanto, en la historia, y también en el presente. Morín otorga excesiva importancia a la indeterminación y a la impredecibilidad, minimizando e incluso ignorando las relaciones parciales de causa-efecto en el acontecer histórico.
Pero existen regularidades en la historia y en las sociedades de hoy, que operan como elementos causales objetivos, aunque siempre con las cautelas mencionadas, aplicadas en su mayor expresión. Me atrevo a enunciar tres. Una, la calidad de las personas suele ser el factor más decisivo. Dos, ninguna sociedad puede sobrevivir a la degradación de sus costumbres, a su desintegración moral. Tres, los imperios se autodestruyen siempre, y al hacerlo originan una situación dinámica de indeterminación, azar, caos y complejidad, en la que casi todo es posible, incluida la revolución, como posibilidad, no como necesidad.
En sus obras Morin no presenta con el necesario rigor y énfasis el significado epistemológico de la acción, de la experiencia, del compromiso, pues su filosofía, a pesar de sus muchos aciertos, es meramente académica. La libertad en la historia, y en el presente, proviene de las decisiones de intervención suficientemente libres que toman los diversos actores sociales, sobre todo las clases populares, atreviéndose y arriesgándose, constriñendo a la necesidad, a lo que es en sí y está ahí, a subordinarse, y encarando la actuación causal del acaso y el azar. Al no comprender esto, Morin, entre otros desaciertos, deriva hacia la teorética de los “grandes hombres” como factor decisivo de la historia, algo bastante pueril…
Precisamente porque la filosofía de la complejidad pone en solfa lo endeble epistemológicamente del simple razonar, de los debates palabreros, del blablablá profesoral, requiere de la acción, de lo experiencial, más que ninguna otra. Puesto que el saber total nos es inaccesible y, a pesar de ello, estamos empeñados en ser y en vivir, tenemos que dar el salto a la acción, para lograr en ella la sabiduría suficiente y, al mismo tiempo, probar nuestras ideas en la experiencia, para ser afirmadas, corregidas o refutadas.
Pero Morin no transita por ese camino. Se refugia en la locuacidad pura, como todos los malos filósofos. No asume el riesgo físico personal de la acción, de la épica, del compromiso, del esfuerzo. Y de esa manera se autolimita, se hace unidimensional, se mutila. Por ejemplo, cuando señala como factor decisivo de la decadencia y derrumbamiento de Roma “la extensión desmesurada del Estado” está exponiendo una categórica y seminal verdad… que no aplica a nuestro tiempo, con la que no se compromete. Porque si la expansión maligna del Estado es causa decisiva de catástrofe social, lo apropiado es levantarse contra ese aciago hecho, y contra su raíz, el autocrecimiento patológico de todo ente estatal, siempre lanzado a acopiar más poder y más riqueza para sí, a costa de la masa popular. Pero no, Morin no se pronuncia a favor de una revolución antiestatal democrática y comunal, para instaurar una sociedad sin aparato de Estado ni clase patronal, toda ella autogobernada, libre y civilizacionalmente superior. No, no lo hace. Prefiere seguir acumulando galardones, premios y condecoraciones…
Dado su intelectualismo y quietismo, esto es, su elitismo y clasismo gnoseológico, sólo admite como sujetos capaces de pensar filosóficamente a “profesores, filósofos y pensadores”. No a la gente común. Esta división en pensadores y pensados, en sabihondos y plebe, no puede ser admitida. Quizá si lee el Quijote con atención, logre curarse de tal dislate[2].
Su libro sobre la historia es, a fin de cuentas, decepcionante, por trivial. También, porque se detecta que a Morin le falta conocimiento factico, empírico, sobre la mayoría de los acontecimientos históricos que comenta. Le faltan lecturas, diría que muchísimas, y no es decente, no es ético, hablar, escribir, de lo que no se conoce suficientemente. Además, no ha logrado desprenderse mentalmente de algunas de las lúgubres fantasías progresistas y temibles distopías que le acometieron en su juventud, cuando fue un activo militante de la izquierda.
En conjunto, la filosofía de la complejidad atrae y decepciona a partes iguales. Su manejo de la dialéctica es chapucero, igual que lo es en Hegel y lo fue en Heráclito, de manera que seguimos sin tener un saber cierto, experiencial, sobre la lógica dialéctica, por lo que continuamos bajo la férula de la ramplona metafísica aristotélica, tantos siglos después. Y, así las cosas, ¿qué queda de la complejidad? Bastante poco. Por ahí tenia que haber empezado Morin.
Pero no todo son problemas epistemológicos, también cuentan, y mucho, los morales. Morin ha recibido tantísimos honores, premios, condecoraciones, citaciones, recursos financieros y aplausos institucionales que, no hace falta decirlo, le han impedido avanzar en la búsqueda de la verdad. Se ha dejado degradar por el poder, la fama, el placer y el dinero. No ha seguido la dura senda de los filósofos cínicos[3], construida con pobreza, alejamiento del poder e integridad personal. Hizo lo mismo que los pésimos filósofos, arrimarse al artefacto estatal, aceptar poder, admitir dinero, buscar comodidades, acomodarse a placeres. Esto explica el fiasco que finalmente es su obra, a partir de unos inicios esperanzadores. Porque sin filosofía moral no puede haber filosofía intelectual verdadera.
Hoy, cuando constatamos la muerte de la filosofía, como parte de la feroz aniquilación desde arriba de todo lo que es decisivo para la realización de lo humano, hay que tener en cuenta la lección que nos ofrece Morin, considerando desde ella lo que debe hacerse, a saber, abordar los grandes asuntos de la filosofía evitando lo institucional, mediático, académico, gozador y financiero. Quedándose fuera, extramuros del poder y sus fastos perversos y castradores…
Porque la pobreza, el apartamiento del poder estatal y la indiferencia ante lo placentero artificioso forman el vientre fecundo de donde saldrá la revolución filosófica necesaria, por hacer.
Félix Rodrigo Mora
Notas
[1] Este sujeto no llega ni a eso, pues se queda en timador nazi, que no tiene nada absolutamente que decir, perpetrando con su obra más citada, “El ser y el tiempo” (1927), el asesinato de la filosofía contemporánea por ausencia total de contenidos, inexistentes más allá de verbosear interminablemente sobre el verbo ser. Ahora se trata de reconstruir la filosofía, de volver a ponerla en pie, de levantarla. Es risible que los papanatas, sin cultura ni saberes, sigan vitoreando aquel libro cuyo contenido es ¡nada! Al parecer, lo que les entusiasma es el filosoficidio que perpetra. Como agentes de la aniquilación, la cadaverina y el no-ser entran en trance con él … El régimen estatal y capitalista vigente, en tanto que rotunda dictadura, les beneficia el final de la filosofía, la extinción del pensar en las causas primeras. Por el contrario, a quienes somos partidarios de una revolución civilizadora, necesitamos imperiosamente de la filosofía, de su recuperación y popularización.
[2] Para Morin es más fácil, dado que sus padres eran judíos sefardíes que entre ellos hablaban el castellano del siglo XV, lo que él consideró siempre con admiración y cariño, conociendo algo, o bastante, de aquella lengua…
[3] Como he explicado en otras ocasiones, estos, lo mismo que Sócrates, fueron a la vez filósofos y revolucionarios políticos y sociales, fieles a una interpretación holística, integral, del ser humano y de la sociedad que Morin no logra alcanzar.
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