Por Tombol
En su libro La democracia y el triunfo del Estado, dice Félix Rodrigo Mora, en la página 185:
Quien delega en otro o en otros la tarea de pensar se hace un esclavo imposible de ser emancipado o de emanciparse.
Si lo fundamental es crear, lo decisivo es pensar. Si lo que cuenta es ampliar la capacidad de nuestro espíritu, se concluye que lo cardinal es pensar. Pensar aparte, pensar al margen, pensar en el silencio, pensar desde la propia existencia. Pensar. Pensar siempre y construirse un mundo interior que no pueda ser debelado por nada ni nadie, inexpugnable. Pensar es superior a saber, y a menudo uno y otro están en oposición. Pensar es desarrollar las propias capacidades intelectivas desde la realidad, que es el fundamento y la piedra de toque de la verdad, no desde lo libresco, lo doctoral, lo informacional, lo virtual o lo espectacular. Ello demanda una revolución interior, que incluya forjarse paso a paso el hábito de pensar en soledad, de manera regular. De ese modo, se pueden acumular fuerzas para derrocar, con una gran revolución democrática y rehumanizante, la sociedad del no-pensar obligatorio, la actual. Nuestras mentes gimen hoy bajo montañas de palabrería y verborrea, de un número infinito de imágenes con ruidos, órdenes e incluso rugidos aterradores, por ello necesitamos construir una sociedad silenciosa, en la que el espíritu pueda realizarse y llegar a ser, en la que la persona alcance a escuchar su propia voz interior. Para ello tenemos que empezar por aprender el hábito de cavilar, tarea individual, sí, y también colectiva, constituyendo comunidades para practicar la ayuda mutua en el dominio de esta dificilísima disciplina que, conquistada, puede darnos la victoria sobre la sociedad del adoctrinamiento así como sobre lo que resta de la sociedad de las teorías y los dogmatismos. Con ello, el sujeto será construido desde dentro, autoconstruido, y será por ello cualitativamente superior al sujeto actual.
¿Qué es pensar? Se habla poco del pensar, aun siendo una actividad humana tan cardinal. Vivimos en una sociedad que piensa poco, o que piensa mal; contrasta con que es una sociedad que, paradójicamente, no para de pensar, piensa continuamente. Me refiero a que hay un pensar a partir de lo que otros han pensado, y es entonces que se delega el propio pensar; y también hay un llenarse la cabeza de contenidos prestados, para así solo pensar en ellos y de paso, no pensar.
No estoy seguro de si “lo decisivo” es pensar, lo que sí es claro es que es decisivo.
Hay, entonces, dos aspectos a atravesar: Pensar y pensamientos. Uno es el acto cavilativo que lleva a cabo la mente, su función cognitiva. Los pensamientos serían el efecto o concreción del acto cavilativo, a nivel cognitivo. Hago esta distinción tras comprobar que, en el diccionario de la RAE y otras fuentes de erudición, no hay apenas diferencia entre los dos términos, lo que no deja de resultar sorprendente. En psiquiatría definen el pensamiento como la capacidad que tienen las personas de formar ideas y representaciones de la realidad en su mente, relacionando unas con otras. En el diccionario de la RAE, asocian pensar a juzgar u opinar, mayormente. Los filósofos definen lo que es el pensar, pero dan tantas opiniones como filósofos hay. La ciencia nos habla de procesos electroquímicos, que conectan neuronas.
PENSAR
Pensar es propio del ser humano. Es una capacidad suya. Todos pensamos. Unos tienen más desarrollada la capacidad de pensar que otros.
Prácticamente, no puedes no pensar. Desde ahí, pensar es como un mecanismo desatado. Como el respirar, no puedes no respirar. Quizás puedes detener el pensar durante poco más de un instante. La respiración también la puedes detener, aunque tampoco mucho tiempo.
Pensar tiene su automatismo, y también su mecanismo. Analizar el pensar implica analizar su mecanismo, y también analizar cómo se forma el contenido que lo nutre.
El mecanismo del pensar no lo puedes parar, pero sí ralentizar. No pensamos igual después de subir una montaña que después de escuchar un discurso político. Hay, entonces, momentos que impulsan a pensar más que otros. Es decir, que según escojamos los “momentos”, determinaremos el mecanismo del pensar. Otro ejemplo: Si trabajamos más con las manos, tal y como difundía el cristianismo primitivo, pensaremos a un ritmo distinto que si trabajamos todo el día con el ordenador.
Luego están los contenidos del pensar. Desde pequeños nos han inoculado diferentes contenidos en la cabeza, para determinar nuestra forma de pensar. Y ahora, en la contemporaneidad, nos bombardean con mil y una informaciones, para que nuestro mecanismo cognitivo no pare de pensar.
Podemos discriminar los contenidos que nos llegan y que nos hacen pensar. Hablo de discriminar, no de censurar. Hay que comprender lo que es “el pensar”. Es como el alimento. Si tú comes solo un tipo de comida, tu cuerpo responderá de una manera. Un contenido variado de información nos permite comprender qué resulta más adecuado para “el buen pensar” y en qué cantidad.
En cierta medida, elegimos lo que vamos a pensar; o, mejor dicho, lo determinamos, en base a las decisiones que tomamos.
La filosofía oriental habla de la mente como de “el mono loco” que está dentro de nuestra cabeza. De alguna manera, vulgariza lo que es pensar. Pero pensar nos define. Nos personaliza. Incluso nos eleva.
El problema no es pensar. El problema es no saber pensar. Nadie nos enseñó a pensar. Nadie habla del pensar.
Las funciones básicas en la vida de los seres humanos, esto es, comer, respirar, andar, defecar,… pensar, no nos las enseñó nadie, el ser humano las desarrolla de manera natural, sin intervención exterior. Se puede enseñar, desde fuera, a mejorar esas funciones, a optimizarlas. Pero será difícil aprender algo, si las condiciones en las que se desenvuelve el humano son disfuncionales (por ejemplo, si está sometido a fuertes presiones o está bombardeado por múltiples estímulos que lo distraen).
En el acto del pensar se entrecruzan y combinan otros elementos cognitivos, como son la memoria, la experiencia, la capacidad analítica y de síntesis, la personalidad de la psique y la relevancia del aspecto egocéntrico, capacidades intuitivas y emocionales, etc. Son muchos los elementos, lo que convierte al acto de pensar en una actividad compleja y de difícil disección.
Lo que sí está claro es que si “el terreno” en el que se desenvuelve el pensar está cuidado, se facilita un pensar más optimizado. El terreno son las condiciones en las que se desenvuelve. Un terreno favorable es aquel que permite que las capacidades cognitivas se asocien para alcanzar el mejor rendimiento. Cuando hablamos de cuidar el terreno, hablamos de lo que depende de nosotros para favorecer ese cuidado.
En contra del buen terreno hay elementos que lo perjudican, como las ideas preconcebidas, los prejuicios, la emocionalidad desmedida, la pereza mental… Y, a favor del buen terreno, hay elementos que lo benefician, como la capacidad de distanciamiento, la capacidad de escucha e introspección, el deseo de aprender…
Dentro de las filosofías y doctrinarios New Age, hay una corriente muy difundida que acostumbra a denostar el pensar. Es como si colocaran al pensar en una segunda categoría, en la primera estarían las emociones. Quizás por eso se ha fomentado tanto la emocionalidad, el “sentimiento profundo”, o como se lo quiera llamar. Al pensar se le ha colocado bajo sospecha, parece servir para poco.
Coincide esta cuestión con el uso manipulador de la población a través de la emocionalidad. En la vida social y política, en el mundo del entretenimiento, en todos los ámbitos, cuando el discurso se regodea en lo emocional, se hace más sencillo controlar la voluntad del sujeto, pues un fuerte componente emocional tiende a bloquear el pensar.
En mi opinión, el sujeto puede alcanzar un óptimo funcionamiento del pensar cuando se equilibran sus capacidades intelectivas, emocionales e instintivas. Un equilibrio que dependerá de las tendencias del sujeto, pero que ha de servir para contrarrestar los impulsos desequilibrantes. Son importantes las 3 capacidades. Pero hay que entender que, cualquiera que sea la propensión personal del sujeto (unos tienen más desarrolladas unas que otras), el filtro final, para expresarse en el exterior, ha de hacerlo la mente, por lo que el factor cognitivo siempre será clave. Igual que será clave el factor emocional para no perder nuestra cualidad de humanos.
Las emociones influyen en los pensamientos. Y pensar construye emociones. Para comprender el mundo emocional y el mundo de la mente hay que comprender su interrelación. No los puedes separar. No los puedes confrontar. Las espiritualidades de nuevo cuño y ciertas ideologías como el feminismo lo han hecho, atribuyéndose desde ahí una especie de superioridad moral.
Muchas veces se identifica a la persona que piensa con que es una persona inteligente. Pero entiendo que esta asociación no es completamente fidedigna de la realidad. Utilizar bien el pensar es un arte, y un aprendizaje constante.
Se acostumbra a ubicar el acto del pensar (en el ámbito científico) en la corteza cerebral. Pero pensar intercomunica todo el cuerpo, no se pueden disociar de un organismo complejo sus infinitas conexiones. Aunque en la corteza cerebral esté la “sala de máquinas”, el buen funcionamiento de todo el conjunto psíquico-fisiológico es decisivo para lo que resulte de la actividad pensante.
Retomo, de nuevo, el citado texto inicial de Félix Rodrigo, cuando dice: “… el hábito de cavilar, tarea individual, sí, y también colectiva…”. El acto de pensar es una labor individual, pero ¿puede ser colectiva? También creo que sí, creo que “podemos pensar juntos”. Pensar juntos es diferente de pensar lo mismo. Pensar juntos es unirnos a la hora de pensar, para encontrar juntos las respuestas a lo que la comunidad de iguales demanda. El cavilar juntos no será solamente la suma de los pensares individuales, sino que alcanzará el punto que dé el equilibrio exacto a la relación entre el individuo y su comunidad.
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