Por Jesús Trejo
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” Me preguntas Cíclope, mi nombre ilustre…Mi nombre es Nadie” canto IX, Odisea
“Y Circe, haciendo entrar a mis compañeros, les obligó a sentarse en sillas y sillones. Mezcló luego vino de Pramnio con queso, harina y miel dulce, pero puso veneno en el pan, con el fin de hacerles olvidar el suelo de su patria. De todo les ofreció; ellos comieron y bebieron, y tocándoles con una varita, los encerró en una pocilga” canto X, Odisea
“Así habló Euríloco, y mis compañeros aprobaron (su propuesta)…y le dije estas palabras: Euríloco, gran fuerza me hacéis, porque estoy solo…” canto XII Odisea
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Hace poco leí una reseña sobre una nueva traducción de la obra de Homero “La Odisea”, realizada por una mujer, donde incidía en el carácter manipulador y astuto de Ulises, y que según ella habría sido suavizado por traducciones benevolentes, de una clara tendenciosidad patriarcal. Ahora que en breve va a salir una nueva película inspirada en el héroe de Itaca, quiero aprovechar la ocasión para exponer la importancia de la literatura como instrumento de transmisión de valores y en concreto del legado homérico como portador de la semilla del heroísmo individual, el gran aporte de los griegos al espíritu occidental.
Mas allá de los lógicos anacronismos sociales, como el doméstico papel femenino, la obra La Odisea tiene dos lecturas, una ética y otra política. La interpretación moral fundamentalmente muestra cómo una individualidad bien forjada que desarrolla todas las capacidades humanas puede hacer frente a cualquier desafío. La interpretación política enseña que el peor mal para una sociedad son los excesos ambiciosos, lo que los griegos llamaban “Hybris”,
Veamos primero el tema del “ethos” griego recogido en la obra.
Ulises no es un macho alfa al modo como era representado Aquiles. Lejos del arquetipo de soberbia guerrera, Ulises rehúye en principio la llamada a filas de Agamenón, haciéndose pasar por loco ante los reclutadores del rey, simulando que esparcía sal en sus campos a modo de semillas mientras los surcaba con el arado… Sabedores de que era un padre amantísimo, los reclutadores pusieron delante del carro a su hijo Telémaco para que, si es cierto que estaba loco, pase por encima de él. Ahí quedó al descubierto su treta, y con ello se anuncia la otra gran faceta de nuestro protagonista, su lado doméstico y familiar, su condición como persona enraizada, con afectos irrenunciables hacia sus seres queridos.
En la Odisea, Ulises es representado como una versión ajustada del arquetipo humano, alejado de las míticas figuras de héroes de leyenda… Expresa la gran versatilidad que los griegos, en su libertad, habían logrado conseguir: era agricultor, ganadero, guerrero, constructor de barcos y de hogares… sabía hablar locuazmente. Una cosa que parece nimia, y sin embargo ejemplifica claramente la diferencia con el despotismo oriental es ésta: todos sabían nadar. Los imperios que dominaron el mediterráneo basaban su fuerza naval en el esfuerzo de galeotes esclavos y engrilletados a los remos, que poco importaba que supieran sobrevivir a un naufragio, pero los griegos sí, porque su vida importaba. Por eso uno de los valores bien asentados en la Hélade era lo que se conocía como “filautía”, amor propio y autoestima, huyendo de la vergüenza y el oprobio de acciones viles[1], no aptas para la posteridad.
Odiseo representa como he dicho un griego medio, pero no mediocre. Su fortaleza, sin menoscabo de su energía corporal, radica en la inteligencia práctica estimulada por el coraje y animada por una insaciable curiosidad que no se arredra por la dificultad de las empresas a la hora de descubrir la realidad. De hecho, su proceloso camino de retorno está marcado por los problemas que esa inquietud por conocer le ocasionan, atestiguando con ello que la Verdad es arriesgada y requiere valor. Su contrapunto narrativo son generalmente los compañeros de expedición, taimados y oportunistas, que rehúyen en lo posible los compromisos si ello conlleva algo de riesgo, representados en la figura de Euriloco, cuya opinión se impone varias veces a lo largo del relato, dejando la opción de Ulises en minoría y por tanto desestimada en varios momentos. Esta contraposición que anida en el seno de toda comunidad, entre tendencias audaces y arriesgadas, y las conservadoras y pragmáticas, es un leitmotiv inspirador que ha tenido oportuna réplica a lo largo de la literatura, singularmente reflejada en nuestra novela por excelencia, entre don Quijote y Sancho Panza. Lo resaltable del asunto es que en la Odisea la presunta prudencia que presenta la opción conservadora se convierte en un mal, en el momento en que se dejan llevar por los instintos básicos de satisfacer al cuerpo, y con ello provocan trágicos desenlaces.
El retorno al hogar que relata la Odisea es un compendio de metáforas vitales. La manera que enfrenta al imponente cíclope, trasunto de un poder omnímodo y brutal, mediante una combinación de seducción, coraje y engaño, ilustra muy bien lo que los griegos más adelante pusieron en práctica frente al Imperio persa. Ulises se presenta como Nadie ante el monstruoso gigante, no solo para poder confundir al resto de cíclopes cuando aquél solicitara ayuda, sino también para mostrarse como algo insignificante, solo un hombre, pero con la capacidad de enfrentar con su astucia al gigante más terrible.
Poco después, en la escena de la hechicera Circe, la que convertía a los hombres en animales, y que perfectamente podría representar el estado de bienestar actual de nuestras sociedades granja, es también doblegada por la sagacidad de nuestro héroe, consiguiendo además redimir a los seres metamorfoseados en bestias.
En cuanto a la forma con que afronta el irresistible canto de las sirenas, que hacía enloquecer a todo ser que lo oyera, es otra enseñanza en la historia moral de la humanidad. Atarse al mástil de la nave para no sucumbir a esos sonidos embaucadores, pero a la vez poder escucharlos, y pedir ayuda a los compañeros en caso de debilidad. Si algo ha expresado la actitud virtuosa ante la vida es precisamente ésto: vivir entre tentaciones, sin esquivar los problemas alejándote de ellos como proponía Epicuro, sino afrontarlos aferrado al mástil moral de tu destino elegido y arropado por el apoyo de tus amigos y familiares…
Por último, a la hora de afrontar a las terribles Escila y Caribdis, los expedicionarios deben optar por aproximarse a una de las espantosas hidras más que a la otra, mostrando que a veces la vida no presenta soluciones inofensivas, y hay que elegir un mal menor.
Todo esto lo mamaban desde pequeños los griegos, y conformó el espíritu con el que andando el tiempo se nutrió el imaginario de los fundadores de la democracia moderna, en especial la lección de vida sobre cómo enfrentar en minoría a los grandes desafíos imperiales, poniendo al servicio de una libertad innegociable todas las capacidades prácticas, morales e intelectivas del individuo, haciendo que la calidad de la persona prevaleciera sobre la fuerza bruta y la cantidad esclavizada.
Pero hay otra faceta, y es la enseñanza político-social que destila la obra homérica.
La Odisea muestra artísticamente cómo el equilibrio social es constantemente amenazado por el afán de riqueza o de bienestar, cómo la ambición desmedida, la hybris, atenta al buen orden de la realidad, y cómo estas tendencias ambiciosas, concentradas en los grupos oligarcas, provocan lo que se conocía como “pleonexia”, el ansia de expandir su poder. Más adelante, Tucídides, en su “historia sobre la guerra del Peloponeso”, expuso una de las leyes que regulan las relaciones conflictivas entre estados, la famosa trampa de Tucídides, y es que la ambición y el expansionismo inherente a toda estructura estatal provocan las guerras, que han caracterizado toda la historia de la existencia de las instituciones burocráticas de las elites.
La Revolución Integral ha impulsado la idea de la doble transformación, personal y política, como única opción para una incierta recuperación civilizatoria. El individuo hoy día está “arrojado” a una realidad hiperestatalizada, con estructuras institucionales prácticamente omnipresentes que le inculcan lo que es una vida normal (es decir, con normas comúnmente aceptadas), desde la más tierna infancia, induciendo a las gentes hacia comportamientos prácticamente automatizados, que de tanto repetir creemos innatos y libres. Por eso hoy ya no se recita a Homero, sino que se escucha a Bad Bunny, porque hoy los pueblos están en trance de desaparición y sólo hay cultura institucional.
La enseñanza de la Odisea es que la vida es una batalla que ya está perdida. Tenemos la opción de seguir luchando o de bajar los brazos esperando nuestra suerte como esclavos, mientras comemos y bebemos. Ulises es un canto al atrevimiento y al valor, frente a la opción acomodaticia que proponía Euríloco. Esa fue la “bebible leche” que amamantó el pensamiento insurrecto de los habitantes de las polis, que optaron por mantenerse luchando, rodeados de un mundo inhóspito, sabedores de que ya no hay héroes eternos e inmortales, y cuyo único pertrecho lo formaba las capacidades técnicas,, intelectivas y discursivas del individuo, para convencer a una asamblea de iguales de la idoneidad del combate y la forma de afrontarlo, con la perseverancia de que merece la pena seguir remando hacia una Itaca que se abandonó hace mucho tiempo. Perder la vida remando hacia el pasado es ganar la posibilidad de un futuro, solo su posibilidad.
Y para enfrentar a los cíclopes de turno, las aviesas hechiceras, las seductoras melodías de sirenas asesinas, o los desaprensivos pretendientes devoradores de haciendas ajenas, es necesaria la astucia, la treta, el engaño, el sabotaje. Necesitamos el ingenio de Ulises, el “devastador de ciudades”.. Pero contra ellos, contra los césares, los reyes y sus sicarios intelectuales. Porque ante los iguales, ante los vecinos y compañeros, se trata de dar lo mejor de tu acción, de tu reflexión y de tu discurso.
Hay que recuperar un mundo mítico que remueva el alicaído estado de ánimo, necesitamos una literatura de combate, desempolvar de nuestra magnífica historia popular los acontecimientos que nos aten al mástil de la Revolución, frente a los cantos melifluos en forma de música pseudolatina que hoy conforma el imaginario de aspiraciones y deseos juveniles.
El único progreso está en el regreso a los clásicos, regresar al hogar cultural, para volver a encontrarnos y asaltar el porvenir.
Notas
[1] “Paideia” Werner Jaeger pg 29
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