Por Jesús Trejo
“militat omnis amans” Ovidio, amores I, 9
“el hombre se descubre cuando se mide con el obstáculo” Saint-Exupery. “tierra de hombres”
Hay muchas maneras de negar la vida, de ser nihilista, de ser un suicida. Y en el ser humano, el animal subliminal por excelencia, que tiende a esconder sus verdaderos objetivos, la manera de hacerlo generalmente es de forma indirecta. Hoy día, se ha venido en llamar “muertes por desesperación” a aquéllas producidas por tres tipos de comportamientos autolesivos: la ingesta de alcohol desmedida, la sobredosis y los suicidios. Hay que detenernos en el análisis de esta parte de la guerra asimétrica con que el Poder psicotizado está diezmando a un sector de sus sometidos, especialmente a su versión pálida y popular, para intentar en lo posible recuperar el vitalismo popular de antaño, encontrar un “bálsamo de fierabrás” multiusos contra la atonía y el desamparo.
En el orden de la naturaleza no existe el atentado a sí mismo salvo en la especie homo, aunque en otros animales se han visto conductas erráticas antivirales (como en perros, ballenas o delfines) que con la moda antropomórfica de la fábrica Disney se les ha querido catalogar torticeramente como conductas que atentaban a su propia existencia[1], cuando en realidad esos animales perdían el norte de supervivencia por un deterioro de sus sistemas de orientación, acabando en ocasiones varados trágicamente en alguna playa, o en el caso de mascotas, por un desajuste pauloviano de dependencia alimenticia relacionada férreamente con un único donante ya extinto.
Emile Durkheim escribió una obra señera sobre el tema del suicidio a finales del siglo XIX, apuntando a que era un mal de la base social desestructurada que incidía especialmente entre gentes cultivadas, con cierto nivel académico. Hoy día sin embargo, se ha encontrado un mentís a esa tesis, encontrando que son los hombres de raza blanca, de extracción humilde y sin estudios superiores las que profanan el templo de su corporeidad y por tanto de su existencia con mucha más inquina.[2]
No deja de ser paradójica esta animadversión hacia sí mismos que muestran los supuestos beneficiados del sistema patriarcal[3] y racista , lo cual lleva a preguntarnos si esta explicación en “blanco y negro” del poder no está trasnochada y es más bien mantenida interesadamente para seguir soportando el útil bipartidismo que tanto rédito ha dado al sistema de dominación. Y es que el autoodio a los varones de raza blanca, inculcado desde los altavoces mediáticos y educativos por el feminismo y el exoculturalismo , han llevado a esta situación de abandono personal, junto a un giro conservador por parte de estos sectores vilipendiados, hartos de que sean insultados y estigmatizados. La izquierda construye la derecha…
Pero no todo es culpa del wokismo. El drama de la dejación ya se ha dado en Europa en otros momentos con consecuencias dramáticas, como en los siglos III y IV, en el momento más desquiciado del Imperio Romano en su declive, o la alucinante crisis del siglo XIV coincidente con la pujanza de los remozados poderes estatales, desarticulados desde precisamente la fecha antedicha hacía un siglo. En ambos casos, la crisis existencial y moral se saldó con un acusado descenso de la natalidad o con epidemias devastadoras (como la peste negra de 1346-52). La enfermedad del espíritu se llamó acedia, donde los individuos de esas épocas literalmente no tenían ánimo para tirar del carro de su propio sustento, y se dejaban llevar lastimosamente a un estado de postración propicio para enfermedades y hambrunas.
Sin embargo, en la desolación casi definitiva fue donde también afloraron magníficas oportunidades de cambios sociales y personales. En los siglos IV y V el movimiento cenobitico y la revolución bagauda propusieron una nueva forma de orden social no estatalizado y sin esclavitud que caló profundamente en las futuras generaciones, y el período renacentista, tan pródigo en reyes imperiales y sabios maquiavélicos, también tuvo su contrapunto con la mística castellana y las resilientes formaciones concejiles en la península ibérica y otros países como Suiza, Alemania e Italia, dando nuevas ínfulas al vitalismo alegre y animoso.
Hoy vivimos una de esas épocas oscuras. Nos ha tocado una época indolente, donde nos cuesta un horror apostar por la vida y encomendarnos a las tareas necesarias y urgentes. Incluso dejamos abandonadas las actividades más primarias que aseguran la supervivencia personal y como especie: la reproducción, la salud y el deporte, la alegría, los otros. Esto también es una forma de suicido indirecto, un malestar con la vida que se expresa pasando de ella, ninguneando sus tareas más elementales.. Y esto es producto del plan deliberado de la ultraposmodernidad para implantar la tiránica inmanencia del Estado, dinamitando todos los puentes de apertura hacia los demás y hacia la realidad salvo los suyos.
Simone Weil entendió perfectamente la causa de la postración provocada por la destrucción de los puentes por donde transitaba la vida humana: el hogar, la patría, las tradiciones, la cultura, todo lo que vehiculaba la existencia dándole un sentido al esfuerzo, fueron arrasados[4]. El amor es también un metaxu, un intermediario, un puente hacia el otro y lo otro, dado que el sentimiento afectivo es el estímulo principal para trascender y superar la cárcel del solipsismo. Y también ha sufrido la misma suerte que las instituciones populares.
Los adoradores de la bestia estatal han insistido que las épocas más florecientes de las sociedades han coincidido con imperios pujantes. Pero estos idólatras del becerro de oro no querían ver que detrás de tanta monumentalidad y tanta obra pública se escondía el esquilmamiento de la parte más luminosa de cada persona, la libertad en forma de sujetos omnifuncionales, pletóricos y con voz propia para reflexionar (voz interior) y decidir (voz exterior), de consuno con los demás, sobre su destino como comunidad y como individuos. Sujetos que se querían entre ellos y a sí mismos, que se amaban, y al amarse, todo lo podían, todo lo soportaban. Porque como dice el verso de Ovidio, “todo amante se convierte en guerrero”.
Para desactivar la parte combatiente que todos los enamorados adquieren, y asegurar su hegemonía, las estructuras de Poder de la ultraposmodernidad ha entrado en un paroxismo destructivo contra el amor, en sus diversas formas: el erótico (de pareja), el filial (de amistad), el de especie ( bonhomía), el universal (cosmofilia). Con todas las sospechas vertidas hacia las relaciones de pareja hetero, con toda la inquina vertida contra amigos y vecinos en telecomedias baratas, todo el odio generado hacia la raza humana, llamada cáncer de la tierra por ecologistas y animalistas, y toda la posverdad propiciada por el pensamiento débil, ya no sabemos ni queremos querer, y sin amor somos débiles, somos inconstantes, indolentes, somos vulnerables a la Nada, nos convertimos en nada. Perdemos las fuerzas y no queremos combatir. La labor de intermediación, de puente entre nuestra individualidad y el resto del mundo se ha desintegrado, por la incansable labor de zapa institucional. ¿qué hacer?
Volver a construir
El estoicismo remarcó la importancia del ejercicio contínuo y repetido de actividades que nos preparen para la vida virtuosa. La palabra askesis significa precisamente eso, ejercicio, un hacer cotidiano, especialmente concretado en la prosoche, la vigilancia y alerta constante ante la propia vida, incidiendo con énfasis en su fugacidad y su fragilidad, que exigía no procrastinar las tareas que mantienen y dan valor a la existencia, y así evitar caer en la vanidad de una vida lúdica sin proyecto. Este dilema entre lucidez de nuestra precaria existencia y ociosidad inauténtica lo retomó la corriente existencialista con mucho boato y sofisticación lingüística, propia del filosofar académico, pero sin ningún aporte de relevancia, más allá de constatar el problema.
“Hacer por la vida”. Esta magnífica frase popular esconde, al igual que la forma espartana de hablar, un máximo de verdad con un mínimo de lenguaje. Se usaba y aun se usa en el mediodía gallego para referirse a aquellas actividades que aseguran el sustento, como el trabajo, la comida, la crianza, las relaciones. Todas ellas se realizan con la alegría de sentir que eres parte de un engranaje en la gran cadena del ser consciente, que estás apostando por el milagro extraordinario de la razón encarnada, y que la vida es una actividad, y no la contemplación de un espectáculo.
Hoy el heroísmo pasa por el cuidado de uno mismo y de la especie. No es solo cuestión de gestos grandilocuentes, sino de actos recurrentes y mínimos que se ejecutan incluso a pesar de estar cuestionada la supervivencia para el día de mañana. Es la logística del militante vital: hacer la cama, asearse, hacer actividad física, ser solícitos, reflexionar, hablar, convivir, perseverar, perdurar dejando semillas biológicas y espirituales.. En definitiva, ejercer como hombres, organizando la república independiente de ti mismo, desde las tareas más básicas hacia las más complejas. Esto lo saben y lo practican en las academias militares y en los centros de rehabilitación. En “el mito de Sísifo”, Camus exponía cómo hay que atacar el sinsentido de la existencia en épocas de crisis, precisamente aceptando como reto ese absurdismo, mediante el relleno de contenido de la vida cotidiana.
El amor es una destreza del sentimiento, que si no se practica se pierde. Recuperar la capacidad amatoria implica volver a crear pacientemente puentes con el objeto amado, empezando por el amor propio, mediante la comunión/comunicación que proponía el estoicismo más subversivo, con la reflexión diaria de lo realizado, y la autocrítica nocturna para mejorarse. Implica también participar en proyectos convivencialistas, para romper la arrogancia del solipsismo y así corregir nuestras imposturas arrogantes en la confrontación fraternal, implica publicarse y exponerse.
Hay que cuidarse. La raíz latina de cuidado es la misma que la de corazón: cor. Pues eso, a cuidarnos, a recuperar nuestra dignidad y cordialidad, y volver a enamorarnos de la vida, para ser intrépidos guerreros en su defensa frente a las elites insaciables, nucleadas todos alrededor de la estructura más morfífera y letal: los Estados.
Notas
[1] En 1958 la fábrica Disney difundió un documental titulado “White wilderness” donde supuestamente se filmaba el suicidio de lemmings precipitándose al ártico mientras hacían su emigración anual. En 1983 se denunció a esta multinacional de la persuasión por maltrato animal, al haber adquirido cientos de estas aves y llevadas a un lugar ajeno a sus migraciones para forzarlas a arrojarse en masa desde acantilados.
[2] Anne Case, Angus Deaton: “muertes por desesperación y el futuro del capitalismo”. En esta obra los autores estudian las estadísticas de mortalidad en USA, encontrando que se multiplica por cuatro los suicidios indirectos en el sector de población masculina blanca menos academizado y menos exitoso a nivel social.
[3] https://www.elconfidencial.com/salud/2026-03-24/no-queremos-ver-hombres-suicidio_4319292/
[4] Simone Weil : “la gravedad y la gracia”
Añadir comentario
Comentarios