La libertad no es placentera

Publicado el 1 de febrero de 2026, 8:00

Por Jesús Trejo y Tombol

 

“No podemos vencer al enemigo mientras enarbolamos su bandera”

 

“Art.13: El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin último de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen” constitución de Cádiz, 1812.



Fieles a nuestro ideario de respeto máximo y promoción de la libertad de expresión y pensamiento, publicamos en el número anterior un artículo donde se enfatizaba la importancia del placer, la alegría y la felicidad en tanto tendencias innatas y consustanciales a la naturaleza humana, que deberían acompañar al proyecto civilizador propuesto desde el ideario que abrazamos de revolución integral. El objetivo, declarado por el autor, era intentar superar las reticencias que nuestro discurso, volcado al esfuerzo y servicio desinteresado, pudiera generar entre ciertos individuos, ante nuestra propuesta demasiado severa y triste.

 

El texto ha generado perplejidad y extrañeza en nuestras filas, y por tanto displacer, por cuanto nos sentimos obligados a tener desavenencias con una persona querida y respetada, pero sin embargo nos causa alegría por tener la convicción de que su publicación era lo correcto, y que ayudará a mejorar nuestra posición ideológica ante las llamadas “pulsiones vitales” y su papel en los movimientos transformadores. Pero a su vez, nos lanza un reto. ¿Podremos conseguir cohabitar en este espacio con aquellos planteamientos que nos chirrían, sin tener que entrar en disputas bizantinas o descalificaciones personales? ¿Seremos capaces de expresar nuestras discrepancias siendo respetuosos con la o las personas que defiendan posiciones divergentes a las nuestras, sorteando las trampas del lenguaje y sus palabras malditas? ¿Tendremos la suficiente inteligencia y bonhomía para querer superar malentendidos, o por el contrario, nos cerraremos en el agradable mundo de las consignas, irrefutables, perfectas, eternas? No dejaría de ser irónico que criticáramos un texto que ensalza el placer precisamente porque atenta a nuestra placentera zona de confort dogmática…

 

Hemos aludido de pasada hace un momento a las palabras malditas que inevitablemente contiene el lenguaje, conceptos “tabú”, anatemas ante los cuales hay que persignarse para no caer en pecado. Todas las cosmovisiones lo tienen. En el nazismo y por extensión los movimientos fascistas, la palabra maldita era “cultura”, que provocaba instintivamente el gesto de desenfundar la pistola cuando se la mencionaba, remarcando el perfil ejecutor e irracional de su propuesta política. Pues bien, en nosotros también existen palabras que nos ponen de uñas, propios de la neolengua del Poder:, democracia, feminismo, pacifismo, lo público, términos bastardos construidos desde arriba para conseguir una mejor gobernanza sobre los de abajo, aprovechando el ingenuo buenismo de los sometidos y su apoyo instintivo a todo lo que suena a solidaridad, justicia y fraternidad.

 

Con el concepto de “placer” ha pasado esto. Al ser el lenguaje una manifestación más de la cultura imperante, una estructura social sin libertad, como la nuestra, ha definido justamente los términos bienestaristas enfrentándolos precisamente a su enemigo, la libertad con responsabilidad. Por eso dicho término está especialmente cargado de negatividad en nuestra concepción existencial, porque está vinculado a experiencias agradables, vinculadas a sensaciones fisiológicas complacientes, fácilmente manipulables desde el Poder y su industria del apetito, creando esclavos felices que retroceden horrorizados ante cualquier proyecto emancipador sin recompensa lúdica.

 

Por eso no nos parece correcto que el texto vincule placer con alegría, porque ésta última puede ser una sensación mucho más relacionada con la satisfacción al realizar una tarea autoimpuesta, que muchas veces conlleva sacrificio, dolor y desazón. En el texto referido, hay una argumentación forzada al vincular el placer con la alegría, cuando en realidad son vivencias diferentes. Hay placer sin alegría, cuando tu bienestar y satisfacción se asienta sobre una injusticia, y hay alegría sin placer cuando realizamos deberes autoimpuestos sufridos y desagradables.

 

Podríamos entrar aquí en esas famosas discusiones sin fin, sobre si la palabra placer significa sólo sensación agradable fisiológica, o si en un nivel más sofisticado se podría ampliar a metas personales más etéreas, pero en ambos casos siempre se vincula al gusto y la autocomplacencia, y repudia todo aquello que se haga a desgana. En nuestra sociedad del confort, todo lo que suponga salir del sofá será un atentado a la máxima impuesta desde las alturas: “la vida son cuatro días, así que haz lo que te gusta”.

 

Pero repudiar esta instrumentalización del placer no significa que neguemos su existencia. Los gestos y expresiones de tranquilidad y éxtasis físico lo encontramos en todos los órdenes de la vida, en el ronroneo de los gatos, el despatarrarse de los perros o el orgasmo en el acto sexual, por poner ejemplos claros y distintos a la manera cartesiana. No nos podemos sustraer a esas sensaciones agradables provocadas por la constitución fisiológica, especialmente en los mamíferos.

 

No obstante, hacer una apología del placer simplemente por la pujanza de su presencia en la naturaleza sentiente, además de incurrir en lo que se llama falacia naturalista, es decir, en justificar moralmente una situación simplemente porque se constata su facticidad, nos parece que no es oportuno ni táctica ni estratégicamente.

 

En la táctica, porque el combate hoy día pasa por conjurar la enfermedad de lo placentero que se ha instalado en el cuerpo social, favorecida en occidente por dos generaciones que no han tenido que encarar penurias ni guerras, y que han vaciado de sustancia al individuo actual, sustituyéndola por mapas dopamínicos impuestos, en forma de compulsividad consumista y actividades evasivas. En lo estratégico, porque una excesiva atención a actividades lúdicas y agradables pueden provocar una relajación en la tensión esencial que supone el autogobierno, llegando a comprometer la pervivencia del proyecto civilizador de democracia directa.

 

El punto esencial radica entonces en el papel que el placer debe ocupar en la propuesta revolucionaria de transformación integral, especialmente cuando ésta se basa principalmente en la necesidad de una revolución interior que el sujeto de la modernidad debe acometer, para poder llevar a término cualquier intento de recuperar la convivencia, la civilización y el propio dominio de sí, ahora devastados por el sistema hiperadoctrinador de las cúpulas mandantes. Desde la Revolución francesa, los sistemas de dominación de las elites se reconvirtieron e incidieron en la felicidad para asentar la tiranía política sobre el cuerpo social, llegando a incluirla como artículo constitucional. Abandonaron el discurso clerical del Antiguo Régimen por un discurso fisiologicista que apelaba a la satisfacción de los instintos elementales del hombre como justificación de la presencia del ente estatal, en tanto proveedor bienestarista.

 

El cerebro está programado para buscar el placer y evitar el dolor”. Esta sentencia “científica” la recoge el autor sin cuestionarla. Pero la ciencia no es neutra. Está cargada de influencias ideológicas, especialmente en la época contemporánea, y para el caso que nos ocupa, estas ideas provienen de la filosofía hedonista, y su versión vergonzante epicúrea. Aquí es donde viene la polémica con el texto aludido, por cuanto parece validar esta tendenciosa opinión, al indicar que el placer es una pulsión innata de la naturaleza humana y que vertebra toda su actividad1, y por ende, que la vida se trata de satisfacer esa búsqueda del placer y ese repudio de lo ingrato. Nosotros negamos la mayor, es decir, que la vida consciente tenga al placer como objetivo principal que regula toda acción individual o colectiva. No negamos que exista como instinto y que dicha pulsión sea manipulada por el Poder para afianzar su dominio, pero afirmamos que la naturaleza humana puede sortear el destino fisiológico y crear su propia finalidad, al margen e incluso en contra de los chutes de dopamina que experimentamos cuando nuestras necesidades primarias son satisfechas. Retocando la frase aludida anteriormente, podríamos decir que el Poder instituido, especialmente en su última versión, ha inducido al cerebro humano a buscar el placer y rehuir el dolor, y que la ciencia, como tantas veces, avala a su pagador.

 

El placer forma parte de las inclinaciones propias de la condición humana, pero ni es la única ni es la principal. Hay otras tendencias, como el amor, el deber, el saber, etc. y lo que caracteriza al ser humano es su facultad de decidir en cada momento a cuál prestar más prioridad. Si Descartes asentó el pensamiento como la base de la existencia, nosotros sin embargo ponemos la libertad: “elijo luego existo”. En cada momento la capacidad moral nos coloca en la tesitura de hacer un orden de importancia y saber a qué dedicar nuestras fuerzas. El placer necesita ser ubicado en la polifacética versión integral postulada por la RI, pero siempre reconociendo su papel gregario supeditado a las grandes metas a las que aspirar, y tal vez sea esto lo que el autor quería indicar apuntando en las conclusiones que los estímulos placenteros deben supeditarse a conceptos superiores2, que deben comandar nuestra actividad, aunque también introduce que estos valores dirigentes han de acompañar al sentido de lo plácido, con lo que no acabamos de entender muy bien cómo se consumaría ese maridaje, cuando entre ellos surja un conflicto…

 

El placer está asociado al instinto de supervivencia, reconoce el autor del texto. Cierto, todos los organismos tienen incorporado un resorte de supervivencia que les anima a buscar recursos. El objetivo principal de todo ente vivo es perdurar. La sensación de gratificación después de hacer un acto que busca prolongar la vida, como beber, comer, descansar o procrear, es un proceso fisiológico de recompensa que la naturaleza sofisticada de los seres sentientes han desarrollado para premiar conductas vitales y rehuir aquellas conductas que atenten a su subsistir. Bien, pero el autor se olvida de que en el animal hombre cohabita una vertiente axiológica, y que a veces decide no beber, no comer o no dormir, porque elige libremente la renuncia por un bien superior en la jerarquía interior que en nada está relacionado con su bienestar personal e individual, ni mucho menos con la búsqueda de sensaciones agradables, sino todo lo contrario.

 

La vida humana individual tiene en sí una forma paradójica de negación de su propia existencia: lo universal, lo trascendente. En el hombre se solapan los intereses que velan por su propio bienestar y el de los suyos, con otros proyectos mucho menos complacientes a nivel de organismo, que son dictados por valores que trascienden su marco vital. Inmanencia y trascendencia han estado a la greña en las peripecias personales de cada cual, y aquí también se pone en entredicho la primacía del placer como pulsión eminentísima. No solo hablamos de sacrificios cotidianos, como la falta de sueño crónico que tienen los padres en la crianza, o la desnutrición y deshidratación que muchas personas en la historia de la humanidad eligieron padecer en beneficio de sus hijos, padres, parejas, amigos o camaradas, sino de posiciones políticas y vitales que, lejos de segregar buenas sensaciones, precipitan angustia, dolor, soledad y alejamiento de tus seres cercanos.

 

Apostar por la vida tiene sus recompensas, y sin embargo, pueden ser regalos envenenados, cuando estas prebendas son subvenciones del Poder. Las pulsiones vitales, naturales e impepinables según el autor, seguramente no sean el mejor consejero a la hora de actuar, porque pueden confundir y condicionar, optando por la seguridad que ofrecen los Estados bienestaristas frente a la libertad precaria. La libertad es arriesgada, es costosa, es sufrida, es patética, es mórbida. No es nada apacible ni placentera. Pero es vida integral, que acepta la muerte y la busca, sin que ello signifique que la desee. Como recoge la sabia sentencia del primer cristianismo: “Todo el que quiera salvar su vida, la perderá. Y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará”3 En la división excesivamente prejuiciada entre eros y tánatos, entre las supuestas pulsiones de vida y las de muerte, hemos cargado demasiado las tintas en su dicotomía, sin querer ver que quien ama profundamente la vida está cavando su tumba más profunda. Si defendemos el cristianismo primitivo, el revolucionario, es porque asociaron indisolublemente a la cosmovisión del amor el instrumento de tortura por excelencia como era la cruz, que usaba el Imperio romano para con sus enemigos internos, es decir, afirmamos que el amor se expone al sufrimiento horrible que los sistemas de dominación ejercen sobre todos los que denuncien y ataquen su tiranía. Aquí no hay placer ninguno, no hay dopamina secretada. Solo hay valor.

 

“Vengo con tres heridas: la del amor, la de la muerte, la de la vida”, fue la condensación de la existencia humana, cantada por un hombre-poeta que la experimentó plenamente, Miguel Hernández. Son heridas porque son tensiones internas, es el estado de guerra civil interior que todo ser consciente arrastra en su quehacer. Y si las hormonas segregadas por el núcleo accumbens recompensan la vida, y el amor nos vincula a nuestros iguales, la conciencia moral acepta la muerte y el rechazo de las recompensas vitales. El poeta pastor pudo perfectamente haberse dejado llevar por sus pulsiones de placer y haberse doblegado a las propuestas redentoras de su consejero espiritual que le visitaba en la cárcel, para que aceptara el régimen de Franco y entrara a formar parte de su intelectualidad4. Con ello hubiera sido desplazado a un sanatorio para tuberculosos, hubiera abrazado a su hijo y vivido amorosamente con su mujer. Pero él optó por quedarse, a pesar de que se le partiera el corazón, rodeado de podredumbre, frío, desnutrición y sobre todo, rodeado de perplejidad, la que destilaban los miles de replesaliados con los que compartía suerte de presidiario.

 

La conciencia del hombre es lo más displacentero y desasosegante que existe, con lo cual aquí encontramos un problema en el planteamiento innatista del placer, porque parece que la naturaleza se contradice en el hombre haciendo que cohabitan dos principios antagónicos, el placer y la conciencia. Dado que ésta se enfrenta con frecuencia al placer, lo único que nos quedaría, según el planteamiento de la primacía de la pulsión placerista, es dejar de pensar. “Si el vino perjudica los negocios, deja los negocios”, pues aquí lo mismo: si la conciencia ataca al placer, deja la conciencia. Si se acepta que el placer es lo decisivo, el corolario inevitable sería abandonar los valores morales y sus exigencias deontológicas de lucha y sacrificio, lo cual se asemeja a la propuesta de la filosofías orientalistas de diluir el yo para no sufrir.

 

Otra opinión vertida en el texto es el principio retributivo, y es que el dolor y el pesar tienen sentido si son compensados por la consecución del objeto deseado5: Per aspera ad voluptas, o sea, que el esfuerzo se justifica con la consecución de lo deseado. Esto es legítimo, pero nosotros abrazamos como lema inspirador de la revista otro latinajo: Per aspera ad astra, el esfuerzo por buscar metas imposibles, inalcanzables en una vida humana, que no va a reportar ningún beneficio personal, y por tanto renunciamos al placer de su consecución y abrazamos solamente sus efectos, el dolor y la incomodidad, sin hacernos ninguna ilusión sobre su logro: “La única esperanza para los vencidos es no esperar ninguna salvación”6

 

El autor apela a la fiesta popular y su carácter lúdico como parte esencial de la propuesta convivencialista, y es correcto en el sentido de recoger la pluralidad de la existencia humana en tanto una mezcla de momentos de lucha y momentos de asueto, pero la fiesta tenía también un componente insuficientemente ponderado, el de restañar heridas7, dado que como bien expresa el canecillo aludido en su texto, en el seno del pueblo también se paría la traición y el puñal avieso, y las actividades participativas incorporaban un importante componente de solemnidad en bastantes ocasiones para sellar pactos y compromisos de cohesión, y conjurar la perfidia en el seno de la comunidad.

 

Precisamente una acepción exclusivamente lúdico-festiva de la fiesta y la celebración popular puede que propiciara el ascenso de las estructuras estatales jerárquicas a partir del siglo XI en nuestros lares, al proponer las casas señoriales que ellas se encargarían de la desagradable tarea de la defensa mientras el pueblo podía centrarse en seguir produciendo y divirtiéndose, sin sopesar que al delegar el poder militar en cuerpos ajenos a los concejos llevaría al sometimiento progresivo de su autogobierno.

 

Es por todo ello que la desconfianza y el recelo nos inunda ante la sobrevaloración de la sensación de placer que destila el texto de nuestro compañero.

 

Quisiéramos finalizar con una frase estoica asignada a Séneca que resume bien nuestra posición ante las pulsiones del placer:

“Nadie es más feliz que aquél que no necesita la felicidad”.

 

Aceptamos pues que el placer acompaña a toda estructura orgánica, pero no nos sometemos a su tiranía. Nos declaramos aplaceristas.

 

Agradecemos a nuestro buen amigo Antoan haber abierto el melón de lo placentero y le emplazamos a que nos dé cumplida respuesta a nuestros reparos, con la seguridad de que todo redundará en una más atinada comprensión y ubicación del lugar que las tendencias complacientes deben ocupar en el proyecto revolucionario integral




Jesús Trejo

Tombol



 

1 “La alegría, la felicidad, es la otra cara de la moneda, y la que subyace en cualquier acción humana, tanto consciente como instintiva: la pulsión del placer, del principio de supervivencia”.

 

2 “La cuestión no es ponerse en contra del placer porque haya sido utilizada por el poder para degradarnos, sino de arrebatarle al poder el dominio de la utilización del placer que lo ha acabado despojando de la unión con los valores humanos y éticos que están por encima, y han de acompañarlo, como la libertad, la verdad, la justicia, el sentido de responsabilidad o deber, etc.”

 

3 Mateo 16:25

 

4 El obispo Luis Almarcha, que había sido mentor del joven Miguel en Orihuela, pudo haberle salvado llevándole a un hospital, pero le exigía que se retractase de sus ideas y que se casara por la Iglesia con Josefina, su mujer. Miguel escribe a Josefina en una carta del 26 de abril de 1941, desde el penal de Ocaña: “Dile a los padres que ya les diré si es conveniente hacer algo para el traslado. Creo que no va a ser preciso. Almarcha y toda su familia y demás personas de su especie que se guarden muy bien de intervenir en mis asuntos. No necesito para nada de él, cuando he despreciado proposiciones de otros más provechosas. Ya te contaré, y comprenderás que no es posible aceptar nada que venga de la mano de tantos Almarchas como hay en el mundo”.

 

5 Las incomodidades o sacrificios que uno acepta voluntariamente por algo que desea, se sobrellevan mejor porque la satisfacción del objeto compensa la molestia.

 

6 Virgilio

 

7 “(Entre las funciones de la fiesta popular estaba) generar lazos de sociabilidad…era necesario conocerse, apreciarse y disfrutarse” Aquí echamos de menos esa mención a la necesidad de cohabitar sin apreciarse o disfrutarse, como suele ocurrir cotidianamente. La fiesta tenía ese componente de reafirmar lazos que no eran precisamente divertentes.





 

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