Por Félix Rodrigo Mora
El desmoronamiento múltiple del actual modelo de sociedad, por los preparativos bélicos, la guerra mundial, la descomposición económica, el desastre demográfico, el declive dramático del individuo, el desplome del civismo, así como de la moralidad y otros factores de gran fuste está sirviendo como impugnación ateórica y experiencial de los sistemas de ideas que han gobernado las mentes pensantes desde la Ilustración y el liberalismo, desde hace más de tres siglos. El desplome experiencial de sus fundamentos objetivos opera a modo de riguroso acto refutador.
Las ideologías institucionales están siendo arrinconadas y negadas por la experiencia. Esto, por el momento, genera increencia, confusión y paralización, pues ya no queda en qué creer con confianza y relajamiento para comprender, explicar y afrontar las grandes cuestiones de nuestro tiempo. Pero, en un segundo momento, resulta ser el acontecimiento más decisivo, más trascendental, de esta primera mitad del siglo XXI.
Porque desde el siglo XIX hasta hoy las grandes crisis, guerras y catástrofes han sido pensadas, vividas y tratadas desde ideologías que derivan del ente estatal y que, por ello, lo afirman y desarrollan. De ahí que toda actividad transformadora, aparentemente antisistema, se convirtiera en un nuevo salto adelante del sistema, de un régimen político y social de ese modo revitalizado, robustecido.
Eso es lógico y es lo esperable cuando al orden constituido se le pretende combatir desde él mismo, desde su arsenal de ideas y su sistema de valores.
Veamos los casos concretos más notables. El ideario progresista, aparentemente tan humanista y benefactor, delinea la fantasía sobre un mejoramiento ilimitado paso a paso del vigente estado de cosas. Su meta implícita es negar la revolución, declarándola innecesaria, no sólo por inútil sino también por perniciosa, al perturbar esa pretendida maduración ilimitada de lo que existe, ese perfeccionamiento inevitable, etapa tras etapa, de lo que es. Tal convicción se está desmoronando hoy, cuando, al comparar el presente con el pasado inmediato se concluye que la situación ha empeorado, no mejorado, y al pensar o simplemente intuir el futuro todo se hace negror y temor, demandándose simplemente que no sea demasiado negativo.
Por tanto, la teorética del progreso y el progresismo militante, con su carga de anti revolución, conformismo y fantasías políticas pacatas, está tendencialmente liquidada.
Pasemos a contemplar la ideología estrella del siglo XX, el marxismo. Miles de millones, sin exagerar, de personas pusieron en él sus esperanzas de redención, cuando es una elucubración sobre el capitalismo perfecto, un supercapitalismo que puede crear, dice, una sociedad de abundancia material ilimitada. Dejando a un lado unas escasas cuestiones más acertadas, como la teoría de la plusvalía y la explotación, el marxismo es una acumulación asombrosa de errores, despropósitos, ignorancia, imaginaciones, alejamiento de la realidad, incomprensión de la historia y desconocimiento del presente. Pero desde que en 1848 fue publicado el Manifiesto del Partido Comunista ha hegemonizado el pensamiento radical en todo el mundo, hasta que en el último tercio del siglo pasado se desfondó y autodestruyó, con el fracaso múltiple de las experiencias socialistas.
Algo similar es dado afirmar sobre el anarquismo. Su meollo es el logro de la libertad, social y personal, sin revolución, con la única estrategia de “resistir” al Estado sin destruirlo, resistirlo para conservarlo. Ciertamente, no es más que la versión idealizada del ideario liberal sobre que el Estado constitucional proporciona libertades al pueblo, como derechos que se deben exigir y pelear. Eso es todo. Por ello, allí donde ha tenido el poder, el anarquismo ha construido un Estado, o se ha incorporado a él junto con otras fuerzas, izquierdistas por lo general.
El sindicalismo remacha el clavo de “la libertad de trabajo” en la sociedad liberal, llevando implícito que el problema está en conseguir un “salario justo”, no en que el salariado sea en sí mismo una forma de servidumbre camuflada. Eso y su veneración por el dinero, por la venta de la propia fuerza de trabajo en el mercado laboral en las condiciones óptimas y con las mayores ganancias monetarias, es el todo del sindicalismo, apologético del capital y del dinero hasta la médula.
La teoría política liberal ha estado en prácticamente todas las mentes cuando las gentes se han lanzado a la rebelión e incluso a la insurrección en los últimos siglos. Con sus dogmas constitutivos: tiene que existir un Estado, pueblo y Estado, nunca pueblo a solas, pueblo sin Estado; el principio de representación es una verdad “natural”, pues el individuo no interviene por sí en la vida política sino por otros, a través de otros, sus representantes; las libertades son derechos a reclamar en vez de deberes a realizar; el individuo no cuenta sólo importan las estructuras del poder, del Estado; la sabiduría popular y la cultura popular no existen, de modo que la plebe tiene que ser educada, adoctrinada; la sociedad se organiza de arriba a abajo, desde un centro de poder, donde están quienes mandan, hacia la base, donde se sitúan los mandados; el derecho, las leyes, es cosa de los expertos, no de la plebe; el pueblo tiene que estar desarmado, mientras el ejército y las policías realizan el monopolio de la violencia; la moralidad no cuenta pues sólo vale el poder, la fuerza, la coerción.
La llamada ciencia económica liberal ha llegado a la presente etapa de gran quiebra y catástrofe de las ideologías en condiciones menos boyantes, debido a lo muy erróneo, parcial e interesado de sus formulaciones. Aún así, siguen coleando varios de sus dogmas: la emancipación de la humanidad requiere de una casi ilimitada abundancia material; el contrato de trabajo garantiza la libertad del trabajo y del trabajador; la libertad es un hecho jurídico legal, y solo eso, de manera que no es necesario sostener que la propiedad individual es el fundamento de la libertad individual, en consecuencia, no corresponde que todos sean propietarios para ser libres; la propiedad acumulada de los medios de producción se justifica porque cuanto más concentrados y acumulados están más productivos son; el libre mercado es la precondición de la prosperidad; en el mercado libre triunfan los mejores, los más eficientes, sobre los menos, de modo que quienes arrollan económicamente son benefactores del género humano; el Estado no es un agente económico decisivo, pues los impuestos que recauda no tienen significación económica (sic); la verdad sobre la actividad económica y productiva no resulta de la observación de la realidad sino de la lectura devota de los textos de los ideólogos; la economía es una teoría que triunfa sobre la realidad, de modo que estudiar ésta es innecesario; en condiciones de monopolios los precios se forman libremente, y no pueden ser llamados precios de monopolio sino precios libres; la pequeña empresa y la pequeña propiedad es ineficiente y debe desaparecer; el capital financiero es imprescindible para el buen funcionamiento de la economía, no es parasitario e improductivo. Hay que añadir que, sobre la mayoría de estos principios dogmáticos, tenidos por axiomáticos, con algunas leves modificaciones, se construyeron las llamadas economías socialistas y comunistas, hoy ominosamente caducadas.
En el sistema epistemológico RI (Revolución Integral) existen cinco principios que rompen con el procedimiento dogmático, axiomático, sofístico y deductivo propio del razonar preconizado por el orden social hoy todavía existente. Son: 1) el único conocimiento válido es el experiencial ateórico reflexionado, 2) la sabiduría popular existe, y su validez reside en que es experiencial ateórica, 3) los fundamentos, principios y valores de lo mejor y más positivo de la cultura occidental proporcionan saberes sólidos complementarios con los otros puntos aquí enumerados, 4) la complejidad es inherente a la realidad, y la verdad resulta de la admisión de la complejidad, lo que determina su cómo, el ser de la verdad, 5) apreciar la experiencia y desdeñar los “ismos” doctrinarios y errados, manipulativos y embusteros, que el poder promueve y financia, es el cimiento de cualquier conocimiento suficientemente verdadero.
Por tanto, a partir de lo experiencial ateórico, como comunidad RI estamos en condiciones de ir descubriendo lo que es verdadero y lo que no lo es, lo que es cierto y lo que no lo es, lo que resulta transformador y lo meramente que promueve el orden vigente.
Al enfrentarnos a la colosal crisis actual de todo y del todo, estamos, en consecuencia, en mejores condiciones que quienes vivieron crisis anteriores, quizá menos graves, pero sobre todo interpretadas y afrontadas en la práctica desde las ideologías segregadas por el sistema, con los resultados que a la vista están, lamentables. Ahora ya no tenemos dogmas fundacionales, para practicar el aciago ejercicio axiomático-deductivo.
Ahora anunciamos que sólo y exclusivamente cuentan los hechos, la práctica y la experiencia, todo ello reflexionado.
Félix Rodrigo Mora.
felixrodrigomora.org
Añadir comentario
Comentarios