Por Tombol
En la primera parte de este artículo, publicado en el anterior número, se hizo un leve acercamiento al acto de lo que llamamos pensar. Quiero recalcar que las reflexiones que se realizaron, tanto en ese artículo como en éste, solo son ligeras aproximaciones al tema que se trata, por lo que el objetivo de ambos es simplemente fomentar la introspección y la propia escucha respecto a lo que se habla; por tanto, el acercamiento no es ni cientifista ni academicista, sino meramente experiencial.
En el capítulo 8, punto 8, de las Bases para una Revolución Integral, se refiere lo siguiente:
“En suma, la libertad de conciencia determina la libertad. Solo el pensamiento libre y la libre voluntad, así como la emoción del corazón, pueden orientar una conducta que realice las demás libertades”.
PENSAMIENTO
Se recalca aquí algo que ya se refirió en la primera parte de este artículo: Que el pensamiento combinado con la emoción conforma los elementos necesarios que apuntalan el que podamos tener una cosmovisión personal libre y equilibrada.
Habla este punto de las Bases de “pensamiento libre”. No se trata de un concepto absolutista, sino de una referencia clara al trayecto a seguir, al deseable desarrollo de la libertad de pensamiento, hasta donde sea hacedero.
En un primer acercamiento al concepto que tratamos, se define a los pensamientos como procesos cognitivos efímeros, subjetivos e impermanentes; es decir, son una creación de la mente, que surge y desaparece, que moldea nuestra experiencia y conducta.
¿Son nuestros los pensamientos? ¿O los hacemos nuestros? Conocer la naturaleza de los pensamientos nos ayudaría a entenderlos. Los “expertos” se desgañitan soltando sus teorías al respecto, pero lo cierto es que, es ésta, una materia que se pierde en su insustancialidad.
Pero de lo que sí podemos hablar es de la forma de relacionarnos con ellos.
A lo largo del día tenemos cientos, sino miles, de pensamientos; unos parecen ciertamente lúcidos, otros, más bien, banales o absurdos. Es entonces, que, si podemos sumergirnos en tal variedad de pensamientos, el problema surge cuando nos fusionamos con ellos sin realizar ninguna clase de discriminación. Es decir, la propia identificación con los pensamientos nos lleva fácilmente a perder la objetividad frente a, por ejemplo, la experiencia objetiva.
Hay que entender que un pensamiento, por su carácter tan fácilmente mutable, no debería tener una relevancia absoluta. Sin embargo, también es cierto que un pensamiento afianzado puede resultar muy poderoso, ya que nos puede guiar a alcanzar grandes logros (y lo contrario, a hundir en penosos desatinos).
Entra aquí otro concepto clave para ayudarnos a concretar lo que es la libertad de pensamiento: la verdad. Al poder dominante le interesa construir un discurso que moldee el pensamiento de la población, y para ello necesita manipular todo conocimiento que nos permita acercarnos a la verdad. Conocer la verdad (o lo que nos acerque a ella, a una verdad suficiente) es necesario para tener un pensamiento amplio, abierto, saneado.
Ya Orwell nos habló de la policía del pensamiento. Él se dio cuenta de la centralidad de esta cuestión. Y, por la misma razón, también lo sabe la gran estructura de poder, el Estado. Los pasos que va dando el Estado hacia el control total de la población van en esa dirección, esa es su meta: El dominio de la mente, de sus pensamientos. En la novela de aquel, 1984, el que ejerce de torturador en favor del Gran Hermano, así lo dice: “Nosotros no destruimos al hereje porque nos resista; mientras se resista a nosotros nunca lo destruimos. Lo convertimos, capturamos su mente interior, lo remodelamos”.
Desde sus órganos de poder, el Estado corrompe el pensamiento con mentiras y manipulaciones constantes, todo ello sólidamente organizado. Orwell aprendió esta verdad observando lo sucedido en lo que hoy llamamos España durante los años de la Guerra Civil, en el actuar del ala izquierdista (especialmente el comunismo), y por eso dijo que “el concepto mismo de verdad objetiva se está desvaneciendo en el mundo”.
Por tanto, hay que tener claro que debemos revisar todos los pensamientos cuyo origen proceda de planteamientos difundidos por el Gran Hermano. Hay autores que, incluso, han afirmado que “las instituciones piensan”. Piensan y actúan.
Hay una variedad de pensamientos ingentes con los que nos fusionamos y que hemos “aprendido” por infección de determinadas propagandas sociales. Por ejemplo, ahí tenemos la nocividad de ciertas ideas procedentes de la Nueva Era, que nos obligan a desenvolvernos desde el “pensar en positivo”, que nos han inoculado el pensamiento de querer “estar siempre alegres”. Otro ejemplo es la conocida “ley de la atracción” nuevaerista, que promulga que nuestro pensamiento puede cambiar la realidad, que la podemos moldear a nuestro gusto. Lo que se promueve con ello es un egoísmo enfermizo y la creencia de que, solo nosotros, con nuestra capacidad interior, podemos dominarlo todo, tanto a nosotros mismos como a cuanto nos rodea.
Por supuesto, hay que tratar de mantener un equilibrio interior, vigilar para que no nos arrastren determinados pensamientos que nos hacen daño. Es primordial comprender cómo se desenvuelven esos procesos, para tratar de ubicarse frente a ellos. Muchas veces, cuando lo que queremos es desembarazarnos de pensamientos que nos hacen sufrir, lo que estamos haciendo es reforzarlos.
Convendría, para sanear los pensamientos, hacer una distinción entre lo que es pensar, conocer e investigar. Son tres actos distintos. El pensamiento libre implicaría saber bandearse desde los tres. El pensar, a secas, implicaría que uno puede permitirse pensar cualquier cosa. El conocer implica tener un pensamiento basado en el conocimiento legado por otros o el que adquirimos gracias a la experiencia. Y el investigar es una combinación de aquellos dos, se busca, a través del pensar, alcanzar algo nuevo, hay un objetivo concreto.
Una vez escuché lo siguiente: “Un hombre siembra un pensamiento y recoge una acción; siembra una acción y recoge un hábito; siembra un hábito y recoge un carácter; siembra un carácter y recoge un destino”.
Por tanto, independientemente de si los pensamientos son más o menos acertados, son clave para transitar caminos a seguir. Y vemos que compartir pensamientos es decisivo para impulsar y desarrollar esos caminos.
Conocer y comprender la complejidad del ser humano es central para avanzar en un camino como el que propone la RI, de desarrollo de lo individual y de las relaciones en comunidad. La complejidad de la vida humana y de la naturaleza, en general, significan que hay una relación imbricada entre todos los factores que la sustentan. Por esta misma razón, es lógico pensar que las respuestas o soluciones a la decadente situación civilizacional que estamos viviendo nunca podrán llegar de propuestas fáciles o parciales, sino de planteamientos que integren toda la realidad que somos y que nos rodea, es decir, de un posicionamiento que trate de enfocarse y resolver los problemas desde la base que los genera. Y estos (los problemas que los generan) se podrían resumir, básicamente, en dos: Uno, la existencia de un poder dominante, el Estado, que es la estructura que está destruyendo al ser humano y que está generando una hipertrofia de todo lo existente; y dos, si destruimos el Estado también debemos destruir toda forma de pensar o pensamiento generado desde las cosmovisiones estatistas u oficialistas, esas que hay guiado y afianzado todo el evolucionar del pensamiento humano (esto es una generalización, claro).
Podemos terminar apuntando algunos idearios, a considerar, en torno a los pensamientos:
- Cuánto más fuerte es un pensamiento, más pronto puede fructificar, más nos puede apuntalar en una dirección.
- Cultivar pensamientos que sustenten una ética y una moral, facilitan el asentamiento de una cosmovisión que los integre.
- Evidentemente, todo se puede ejercitar. La ejercitación del pensamiento va acompañada de unos hábitos de vida adecuados, mayormente. Pero hay que tener cuidado con los ascetismos extremos o con las rigideces de la salud.
- Cada individuo tiene su forma de pensar, igual que tiene su propia voz o su propio rostro. Acercarnos a nuestros iguales implica, a veces, permitirse escuchar adecuadamente cómo piensan los demás, es decir, permitirse renunciar a identificarse completamente con el propio pensamiento.
- El pensamiento se transmite de una persona a otra, influye en los demás. Si no formamos nuestros propios pensamientos, los formarán otros por nosotros.
- El pensamiento nos puede esclavizar o hacer libres. El pensamiento y el lenguaje están estrechamente conectados. Es por eso que cuidar el lenguaje tiene sus claros beneficios sobre el pensamiento.
- Hay pensamientos que debilitan el cuerpo, como lo son los pensamientos fruto del temor y la preocupación. Y el cuerpo, a su vez, influye en la mente. Un cuerpo saludable es más propicio a una mente saludable. Y también, cuando la mente se altera, se altera también el cuerpo. El equilibrio entre cuerpo y mente es un arte, no una ideología.
- Un pensamiento que no solo se ciña a lo material, sino que aprecie lo inmaterial, como puede ser el amor, la propia moral, la sublimidad, la magnanimidad, etc., libera a ese pensar, rompe barreras, lo hace menos esclavo de lo exclusivamente sensorial.
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