Por Tombol
Adéntreme, sin saber cómo ni por qué, en El castillo de Kafka, obra literaria aclamada y ensalzada por muchos y muchas como la más grande en la historia escrita. Y no discuto sus méritos, que sin duda los tiene; y el podio sí lo pongo en duda, que eso resulta más que discutible.
El castillo es el Estado, mayormente. Es lo que mejor calza en el análisis de ese símbolo, tal como se pergeña en la obra, a pesar de las dispares interpretaciones que se hacen y se han hecho, todas ellas demasiado trémulas, que no se atreven o no quieren mencionar al ente estatal, que aquí nadie quiere significarse, oyes, que eso puede traer problemas.
El Estado, o el castillo, todos saben dónde está, pero cuando uno parece querer acercarse a él, resulta inaccesible. El Estado tiene infinidad de manifestaciones en todos los niveles sociales, pero su centro nucleico, de donde emana su energía motora, es algo impenetrable para el ciudadano común.
Seguramente Kafka andaba demasiado deprimido para ser capaz de acercarse a un análisis un poco más certero de lo que es el estado. Pero sí fue capaz de vislumbrar lo que une al Estado con el pueblo; sus normas y reglamentos, la coerción punitiva y el ejército de funcionarios.
Vivimos en un sistema, bajo una estructura de poder, que está desintegrando todo lo que un día fue humano.
Normas por aquí y por allá, que todo es prohibible, y ahora el pueblo anda inseguro y tiene miedo de dónde pone el pie, no sea que salten las alarmas, y además te puede grabar con cualquier cámara camuflada entre los laberintos férricos que engalanan todas las modernas arquitecturas.
Cuánta más ley, menos ser humano, como dijo el filósofo. No te queda espacio para tener tu propia cosmovisión, que con tanta legislación ya tienes bastante en qué ocupar la mente. Hay tanta ley que necesitas a un profesional para desenvolverte dentro de ese mar, tú solo estás perdido. Es el absurdo de la actual existencia, tan insegura respecto a tamaño desbarajuste, en la que todo lo que hagas puede estar bien o mal, según el Estado con qué se mire.
Necesaria para la aplicación de todas las normativas es la presencia de miles de funcionarios. Una jerarquía implacable bombea su funcionamiento, a pesar de que éste carbura de manera tan irregular. El funcionario no necesita pensar, solo aplicar los reglamentos. El funcionario va a ser el primero en menguar su materia gris, pues apenas la necesita para su rutinario laborar.
Hay un castillo, pero fuera de él está todo lo que ha emanado. La sombra de aquel se extiende con amplitud, y alcanza a tocar con su varita millones de facetas de la sociedad. La gangrena lo ha infectado todo. Por eso sabemos que el colapso habrá de llegar en algún momento no muy lejano.
Para aplicar sus normas, el Estado ha armado todo un sistema coercitivo que asegure la ejecución efectiva de sus mandatos. Con funcionarios expresamente adiestrados para la ocasión. Antes de que el funcionario ejerza su acción coercitiva, el sistema ya ha facilitado la difusión de la amenaza. La amenaza siempre late, porque todo el mundo la conoce, aunque no conozca la ley.
Hoy todo es dislate. Muchos identifican fuerzas coercitivas con patria. Regulación legislativa constante con orden necesario. Estructura laboral fosilizada con buen funcionamiento organizativo.
El castillo no deja de ser visionario. El pueblo, particularmente en algunos de esos países del este europeo (es solo una referencia a la Checoslovaquia de Kafka), ha perdido su condición de tal. Ahí estaba el propio Kafka, tan aislado, tan acobardado, tan entumecido. Escribió sus verdades y luego las quiso destruir, no fuera que llegara a perjudicar a otros.
En El castillo solo ves lo humano, en pequeñas dosis, en la relación entre sujetos en el ámbito privado, sujetos comunes. Cuando están en grupo no hay ningún signo que nos permita definirlo como comunidad. Y en el trato personal queda reflejada la contaminación de las relaciones, con una pérdida absoluta del sentido de la vida.
Sí, el castillo es el poder, como dicen algunos, el poder concentrado, el poder descomunal, el poder hecho orden devastador. La ecuación es “mayúsculo poder- minúsculo ser (humano)”. Y, el poder concentrado en su realización material más hipertrofiada, es el estado.
Más que hacer un análisis de la realidad, Kafka dejó garabatear la pluma para que plasmara sensaciones, intuiciones, estados de ánimo. Y sus diagnósticos son certeros en cuanto a lo inmediato, sentía la asfixia que provoca esa burocracia que lo aliena todo, esa desazón de un ser humano que no encuentra su sitio en el mundo desorientado por la falta de sentido de lo que ve a su alrededor. Probablemente estaba demasiado asustado para querer ver más allá.
Kafka lo veía todo tan negro que ni siquiera pudo dar un final a esta obra. Ahora la negrura está más cerca, pero también tenemos más cerca las respuestas. Hay que esforzarse, avanzar en el trabajo personal. Empezar algo desde abajo implica empezar de nuevo a formar lazos comunitarios, solo lo comunitario da sentido a la existencia y da fuerza al ser humano a nivel individual, el ser humano aislado no es más que una pieza enclenque fácil de derribar, el grupo humano, en comunidad, es lo que permite también su desarrollo particular.
Añadir comentario
Comentarios