El origen del patriarcado

Publicado el 1 de julio de 2026, 14:31

Una reflexión surgida a raíz de la lectura de la obra       Diosas y dioses de la Vieja Europa (1974)

Por Antonio Hidalgo diego

Diosa madre. Sobre el 5.000 a.C. Escultura neolítica de terracota propia de la cultura de Sesklo. Hallada en Drenovac (Serbia). Museo Narodni (Belgrado)

La lituano-estadounidense Marija Gimbutas (1921-1994) es una de las más importantes arqueólogas de la prehistoria europea, pero sus brillantes y visionarias conclusiones han pasado desapercibidas, en el mejor de los casos. Mientras oportunistas y paniaguados como Eudald Carbonell, Juan Luis Arsuaga o José María Bermúdez de Castro (por poner tres ejemplos actuales y locales) acaparan todos los focos mediáticos[1], Gimbutas se ha convertido en un fósil historiográfico, sus libros acumulan polvo en las vitrinas de las facultades de historia y solo unas pocas ancianas burguesas adeptas a la Nueva Era adoran a Marija como si fuese una de las diosas a cuyo estudio consagró su carrera profesional. 

   

Sus muchos detractores la acusan de haber idealizado nuestro pasado preindoeuropeo al imaginar una sociedad utópica, pacifista y matriarcal. Incluso se han realizado costosos estudios con el objetivo de demostrar que Gimbutas exageraba cuando hablaba de sociedades alérgicas a la guerra, unas investigaciones que han evidenciado la existencia de conflictos bélicos y matanzas humanas ya en el Neolítico y Calcolítico europeos, como atestiguan los testimoniales hallazgos de murallas, armas ofensivas y cadáveres con señales inequívocas de violencia[2].

 

En realidad, Marija Gimbutas jamás defendió la existencia de un matriarcado prehistórico. Las sociedades del este de Europa que estudió, y que vivieron entre el 7.000 y el 3.500 a. C., adoraban a deidades femeninas, pero también masculinas —aunque en menor medida—; reverenciaban el cuerpo de la mujer (vulva, pechos, vientre, nalgas) y sacralizaban el embarazo, la lactancia y la maternidad. Eran gentes humanistas que celebraban la mera existencia, tanto la de la mujer, dadora de vida, como la del varón, presente en la iconografía neolítica a través de la presencia de numerosos símbolos fálicos; también de la infancia, paradigma del futuro y la regeneración de la naturaleza y la sociedad.

 

Las excavaciones arqueológicas correspondientes a este período demuestran que las poblaciones europeas eran no jerárquicas, tanto desde el punto de vista socioeconómico como sexual. No hay palacios suntuosos ni objetos de lujo; el ajuar funerario de las mujeres es indistinguible del de los hombres; las figuras femeninas suelen aparecer dignamente engalanadas. Más que un matriarcado, las fuentes materiales recopiladas y comparadas por Gimbutas atestiguan que el estatus de la mujer era equiparable al del hombre. La investigadora hace hincapié en distinguir el culto neolítico europeo del de la Pachamama, o Madre-Tierra americana. Las deidades femeninas de Europa oriental estaban asociadas al agua y al aire, siendo su animal fetiche cualquier tipo de ave marina[3]. La mujer europea no se identifica con la tierra que se cultiva, no es un elemento pasivo a merced de la voluntad del arquetipo masculino sembrador. La fémina que representa el arte prehistórico analizado por Marija Gimbutas no se contenta con ser un simple recipiente, portador de la futura descendencia patrilineal, sino que es, en sí misma, elemento creador de vida. 

   

¿Por qué el feminismo actual no reivindica la figura de Marija Gimbutas? La feminista norteamericana Cynthia Eller (nacida en 1958) acusa a Gimbutas de inventar un pasado idílico para justificar su ideología pacifista y ecofeminista, de moda en los lejanos y jipiosos años 70 del pasado siglo. Los argumentos en los que se apoya la filósofa son los mismos que han usado los historiadores críticos con la obra de la arqueológa nacida en Vilna: Gimbutas yerra al etiquetar como «religioso» cualquier muestra de arte prehistórico que reproduzca el cuerpo de la mujer, cuando esas figuras femeninas podían ser simples elementos decorativos o incluso juguetes, una especie de muñecas prehistóricas. Además, la representación del cuerpo de la mujer no implica que este arte esté producido por mujeres libres. Cynthia Eller da por cierta la teoría del progreso, una premisa equivocada, pues cualquier tiempo pasado no tiene por qué resultar peor, por muy antiguo que sea[4].

 

Gimbutas demostró que durante varios milenios existió —y fue viable— una sociedad no patriarcal. El feminismo hegemónico culpa a los hombres de la existencia del patriarcado. Al parecer, la totalidad de los hombres se han visto favorecidos por esta organización ancestral de la sociedad basada en la dominación del cuerpo de la mujer, así que todas las mujeres son, por fuerza, víctimas de la preeminencia sexual, social, económica y política de los varones. Pero la evidencia arqueológica de la existencia de sociedades europeas no sexistas durante al menos 3.500 años, 40.000 si añadimos el Paleolítico Superior, entra en contradicción con el discurso del feminismo actual.

 

Que la mitad de la población sea masculina no impone un modelo de sociedad necesariamente patriarcal. La dignidad social de las mujeres no la ha propiciado la «lucha» feminista, ni ha sido consecuencia de la modernidad o del progreso cultural, científico y tecnológico; la igualdad de sexos no la hemos aprendido de sociedades exóticas de la selva del Amazonas o los desiertos del Namib y el Kalahari; la destrucción del patriarcado no se conseguirá por obra y gracia del Estado o por las bondades del trabajo asalariado, supuestos elementos redentores de la mujer, ancestralmente sometida a los hombres según el discurso feminista hegemónico. Las conclusiones de Marija Gimbutas parecen confirmar la veracidad de la frase de Madame de Staël, esa que dice «La libertad es antigua y el despotismo moderno»

 

La cultura de Sesklo (Egeo y centro de los Balcanes), la cultura Vinca (Adriático), la cultura de la cerámica de bandas (Danubio Medio), la cultura de Starcevo (Balcanes orientales) y la cultura de Cucuteni-Tripolije (Moldavia y oeste de Ucrania), estudiadas por Gimbutas, fueron cinco sociedades caracterizadas por la no existencia del Estado, la ausencia de propiedad privada concentrada, la inexistencia del trabajo esclavo o asalariado, la carencia de leyes sexistas y la ausencia de ejércitos profesionales. Es decir, no existía un Estado que garantizara, promoviera o subvencionara la igualdad de género; no existía la riqueza que, al parecer, empodera a las mujeres; no existía el trabajo asalariado que supuestamente las libera y evita su dependencia de los hombres; no existían leyes como la LIVG que aseguran proteger su integridad física; y tampoco existían el ejército o el sistema educativo, dos instituciones que presumen de velar por la inclusividad de mujeres y otras «minorías» marginadas.

 

Lejos de estar sometidas desde el principio de los tiempos, las mujeres constituían el pilar fundamental de la Europa prehistórica, y así fue durante milenios. El machismo no es una condición natural masculina que el feminismo debe combatir a base de leyes parlamentarias, cárceles y policías. El Estado y el capitalismo no pueden ser la solución a la discriminación de la mujer. Las conclusiones de Marija Gimbutas demuestran que fueron las sociedades guerreras protoestatales de la Edad del Bronce (3.500 a. C.) las que impusieron en Europa un feroz patriarcado que, además de someter a las mujeres, exterminó a casi toda la población masculina preindoeuropea.

 

Tras estas reflexiones, me propongo resumir de forma ordenada mis conclusiones.

  1. Hace unos 8.500 años llegaron a Europa desde Anatolia y Próximo Oriente poblaciones neolíticas, es decir, gentes que practicaban el pastoreo y la agricultura, elaboraban tejidos complejos y objetos de cerámica, y habitaban en poblados, siendo sedentarios pero también pastores seminómadas.
  2. Estas poblaciones se mezclaron con los habitantes originarios, paleolíticos, dedicados a la caza, la recolección y la pesca, actividades que continuaron resultando imprescindibles pero se dejaron de practicar en exclusiva.
  3. Los nuevos pobladores aportaron su material genético, catalogado por los genetistas con los haplogrupos del cromosoma Y (línea paterna) G2a, E1b1b y J2, y los haplogrupos mitocondriales (línea materna) H (H2, H5 y H1), K1a, T2 y J1c.
  4. Las gentes locales paleolíticas se mezclaron con los recién llegados, aunque estos debieron ser más numerosos en número, razón por la que portamos un mayor legado genético neolítico que paleolítico; en todo caso, los haplogrupos masculinos I (I2 e I1) y C1a2, y el femenino U, sobrevivieron a las migraciones de pastores y agricultores del Este, migraciones que no debieron tener una naturaleza violenta o imperialista.
  5. Las sociedades resultantes conformaron lo que Gimbutas denominó «Vieja Europa», una serie de pueblos que adoraban distintas deidades, a las que la arqueóloga bautizó como Diosa-Pájaro y Diosa-Serpiente (deidades de las aguas, así que de la fuente creadora de vida); Gran Diosa de la Vida, la Muerte y la Regeneración; Diosa Preñada de la Vegetación; y Dios-Año. Estos dioses y diosas no suponían una gran novedad, ya que enlazaban con la tradición preagrícola, al menos con las llamadas Venus paleolíticas originarias del período Gravetiense (elaboradas hace unos 28.000 años).
  6. A partir del 4.500 a. C. se inicia la elaboración de útiles y herramientas de cobre (Calcolítico), innovación tecnológica que no comporta cambios sociales significativos. Las sociedades siguen siendo no sexistas y no jerarquizadas, probablemente organizadas en torno a una economía comunal y una toma de decisiones asamblearia.
  7. Marija Gimbutas fue la primera arqueóloga en remarcar la gran transformación que se produjo en Europa en torno al 3.500 a. C. a causa de las invasiones de los pueblos indoeuropeos, antes denominados «arios» y hoy categorizados con el nombre de «cultura Yamna» o «Yamnaya». Su hipótesis de los kurganes afirma que las sociedades pacifistas y no sexistas del Neolítico y Calcolítico europeos desaparecieron y fueron sustituidas por sociedades guerreras, patriarcales, jerarquizadas y adoradoras de dioses solares, uránicos y masculinos. Los kurganes son los túmulos o montículos de tierra bajo los que los indoeuropeos enterraban a sus muertos, acompañados de ricos ajuares repletos de armas.
  8. Los arios portaron consigo las armas de bronce (más tarde, sobre el 1.200 a. C., nacerá la metalurgia del hierro), rápidos carros y la domesticación del caballo, fundamental como arma de guerra.
  9. Los belicosos yamnaya acabaron con la «Vieja Europa» y exterminaron a casi toda la población autóctona de sexo masculino, emparejándose con las mujeres indígenas. Los haplogrupos del cromosoma Y propios del Paleolítico, Neolítico y Calcolítico solo se conservan, y de manera muy residual, en zonas muy aisladas del Viejo continente, como las islas de Cerdeña y Córcega o algunos valles montañosos, como ocurre en algunas comarcas de Asturias y Cantabria. Casi todos los europeos actuales presentan el haplogrupo paterno R1b, es decir, el padre del padre del padre del padre… fue un guerrero indoeuropeo procedente la estepa Póntica, el mismo que violó a los ancestros femeninos europeos y practicó un genocidio casi completo de los pacíficos hombres que adoraban a la Diosa-Pájaro. Pese al desprecio de la «comunidad científica» por la propuesta de Marija Gimbutas, los actuales análisis genéticos han validado su hipótesis[5].
  10. Damos por bueno el concepto de «lengua materna», cuando deberíamos referirnos a «lengua paterna», ya que son los hombres los que imponen su idioma a sus hijos en caso de matrimonios bilingües, al menos en las sociedades patrilocales, en las que la mujer debe abandonar su lugar de residencia para instalarse en la población de su marido, razón por la que se impusieron en la «Nueva Europa» patriarcal las lenguas indoeuropeas, las antecesoras de los idiomas románicos, germánicos, eslavos, indoarios, iranios, bálticos, griego, albanés, etc.
  11. Los vascos vuelven a suponer todo un misterio. Mientras que el euskera es la lengua más antigua de Europa, así que preindoeuropea, la mayoría de los vascos presentan una genética yamnaya por línea paterna (R1b).
  12. Los nazis eran unos apasionados del estudio de la arqueología y la espiritualidad aria. Su propuesta de Estado militarizado, violento y genocida, basado en la ley del más fuerte, se corresponde con el ejemplo prehistórico de las invasiones indoeuropeas de la Edad del Bronce.
  13. Marija Gimbutas relacionó con acierto los cultos femeninos del Neolítico y Calcolítico con la cultura minoica (3.000-1.000 a. C.) que, en contra de lo que se pensaba, no tiene un origen asiático o africano, sino que floreció en base a los elementos que sobrevivieron de la Vieja Europa en una isla remota como Creta. La mitología y la cosmovisión griega son herederas del Neolítico.
  14. Las utopías solo existen en nuestra imaginación. Las sociedades neolíticas/calcolíticas no eran idílicas. Gimbutas, ciertamente, las idealizó, pero no se equivocaba al señalar que eran pacíficas, o al menos mucho menos belicosas que las sociedades europeas de los últimos 5.500 años. Antes se habían producido guerras y matanzas, pero la mayoría de los poblados carecían de sistemas defensivos y apenas se han encontrado armas de guerra, sino hachas, cuchillos y flechas que se usaban para las tareas agrícolas y cinegéticas.
  15. A diferencia de lo que creen feministas como Gerda Lerner, el origen del patriarcado, al menos en Europa, no se sitúa en el Neolítico a raíz de la aparición de la propiedad privada, pues la concentración de la propiedad es posterior, igual que el patriarcado europeo[6]. No fueron los hombres (en genérico) por el hecho de convertirse en propietarios de la tierra quienes sometieron a las mujeres, sino un grupo de hombres en concreto: los guerreros invasores procedentes de las estepas pónticas, portadores de una cosmovisión distinta que ellos habían naturalizado y consiguieron imponer por la fuerza de las armas.
  16. A diferencia de lo que creen los nazis, la «raza» no es un elemento significativo ni decisorio. La inmensa mayoría de los europeos occidentales portan sangre aria, especialmente en Iberia, pero al mismo tiempo los habitantes de la península son también quienes derribaron el patriarcado y el imperialismo romano en la Revolución bagauda altomedieval, una revolución que lideraron los vascones, un pueblo que habla una lengua no indoeuropea pero en el que predomina el haplogrupo paterno indoeuropeo R1b. Así que fueron arios de sangre los que construyeron, entre los siglos V y X, un modelo de sociedad muy similar al del período 7.000-3.500 a. C. que estudió Gimbutas, no jerarquizado y no sexista, sustituyendo el culto a la Gran Diosa por el culto a la Virgen María.
  17. En nuestras manos está autoconstruirnos como seres humanos de calidad para edificar una sociedad comunal y asamblearia, no sexista y no imperialista, sin jerarquías, propiedad concentrada ni ejércitos permanentes.
  18. También está en nuestras manos no incurrir en la trampa del pacifismo, tal y como nos advierte la experiencia histórica de nuestros ancestros neolíticos/calcolíticos, exterminados por una minoría de hombres violentos y organizados jerárquicamente. El pueblo debe estar armado y alerta para combatir los abusos de los que quieren o detentan el poder, y de todos aquellos que nos quieren someter. El pacifismo New Age no nos va a proteger. Así que cuando nos visiten los nuevos yamnaya, con sus espadas de bronce y sus carros tirados por caballos, podremos combatirlos y derrotarlos, porque nuestra forma de organizar la sociedad y de adorar la vida humana es a todas luces superior.

 

Notas

[1] Sé de buenas tintas que uno de estos tres se apostó algo con unos alumnos y perdió, por lo que se tuvo que tomar un chupito de lavavajillas, motivo por el que acabó en urgencias. Chulerías al margen, la atención mediática que acaparan estos tres señores y los hallazgos de Atapuerca —de gran valor científico, pero no más importantes que otros muchos yacimientos arqueológicos ibéricos— resulta, cuanto menos, desproporcionada. Carbonell es una especie de vedet al que se le ha subido la fama a la cabeza, un buen arqueólogo que pretende convertirse en el Yuval Noah Harari catalán, con un trasnochado discurso transhumanista, neomalthusiano, apocalíptico y misántropo, repleto de frases tremendistas y desafortunadas como «Somos imbéciles». Arsuaga ha convertido la arqueología en un espectáculo circense con el fin de acaparar focos y subvenciones. Bermúdez de Castro se empeñó en hacernos creer que el hombre de Atapuerca era una especie única y original, el pomposamente denominado «Homo antecessor», cuando no es más que el Homo erectus o heidelbergensis de toda la vida.  

[2] En Talheim (Alemania) se encontró una fosa con 34 individuos de ambos sexos y de todas las edades asesinados a hachazos en el 5.000 a. C. También en Alemania, en Schöneck-Kilianstädten, hallaron los cuerpos de 26 hombres asesinados y torturados (les fracturaron los huesos de las piernas en vida), en la misma época. En Vráble, Eslovaquia, hallaron dos cadáveres decapitados del mismo período. En Alsacia, sobre el 4.200 a. C., hubo una batalla que acabó con la mutilación del brazo izquierdo de los enemigos, tal vez a modo de trofeo. También se han encontrado restos óseos humanos con señales del impacto de puntas de flecha de sílex o mazas de piedra pulida en el Calcolítico. Pese a todas estas, y muchas otras evidencias, no se puede negar el interés de la «comunidad científica» por atribuir altos niveles de violencia en el Neolítico y Calcolítico europeos. Pero los poblados amurallados de Los Millares (Almería) o Zambujal (Portugal) son posteriores a las invasiones yamnaya, igual que las guerras endémicas documentadas en Laguardia (Álava), por más que sean calificadas de «neolíticas». ¿Existió la violencia organizada en la Europa preindoeuropea? Evidentemente. La arcadia pacifista con la que soñó Marija Gimbutas nunca existió. ¿Eran las sociedades neolíticas europeas especialmente belicosas? En absoluto. La casi ausencia de murallas, armas de guerra y muertes violentas muestra que la violencia organizada era la excepción, no la norma.     

[3] Ahora entendemos mejor el mito de la cigüeña como portadora de vida.

[4] The Myth of Matriarchal Prehistory (2000) de Cynthia Eller.

[5] El precursor del uso de los análisis genéticos en el estudio de la prehistoria, el italiano Luigi Luca Cavalli-Sforza, ya confirmó la veracidad de las hipótesis de Marija Gimbutas relativas a las dos grandes oleadas poblacionales que sacudieron la Europa prehistórica, la de los agricultores y pastores neolíticos de Oriente Próximo y la de los guerreros indoeuropeos de la Edad del Bronce, procedentes de las estepas del mar Negro y el mar Caspio. Un libro que contiene un gran valor es Genes, pueblos y lenguas (1996).

[6] Consultar La creación del patriarcado (1986) de Gerda Lerner.

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