Por Antonio Hidalgo Diego
Es verano y muchos tenemos vacaciones, así que más tiempo para leer. Ya que la mayoría de nosotros no tiene apenas vida social (y los pocos que sí la tienen poseen una vida relacional de muy poca calidad, basada en las apariencias o en la puesta en común de distintas adicciones); ya que no somos creadores de cultura (solo consumidores de productos diseñados por la industria del ocio); ya que no estamos en contacto con la naturaleza (en tanto que prisioneros de esos campos de concentración y lento exterminio llamados «ciudades»); y ya que no hemos recibido de nuestros ancestros una transmisión siquiera incompleta de nuestra ya cadavérica cultura popular (en forma de refranes, canciones, rituales, cuentos, leyendas, saberes prácticos, recetas, buen ejemplo y una reflexionada manera de entender el mundo)… solo nos queda leer. Un mal menor, incluso un bien, pues últimamente no hago más que ver a zombis lobotomizados que contemplan vídeos muy cortos durante horas y horas en su dispositivo móvil.
Y como yo no soy de esos que consejos vendo y para mí no tengo, leo, y no siempre acierto. Desde hace años hice mía la sentencia de Josep Pla, esa que decía: «Considero que un hombre que después de los cuarenta años aún lee novelas es un puro cretino». Yo dejé de leerlas antes de conocer la provocadora frase del escritor del Empordà y antes de llegar a esa edad, pero un amigo se empeñó hace un año en que volviera a leer novelas, y eso estoy haciendo, como buen cretino que soy, alternando ensayo y relato de ficción, y no me arrepiento. La poesía, eso sí, me la dejo para otra vida, para cuando me reencarne en un ser más sensible y ensimismado. Así que os voy a hablar de la última novela que ha caído en mis manos: Mi idolatrado hijo Sisí (1953). Cuando murió Miguel Delibes en 2010 pensé: «me he quedado solo», tanto me gustaban los textos del prosista vallisoletano. Y uno de sus pocos títulos que no había leído en mi juventud me está sirviendo para preparar mi próximo ensayo, que versará sobre educación. Pese a que el final no me ha gustado, como casi todas las novelas de Delibes, es magnífica.
Cecilio Rubes (hijo), Sisí, es un Frankenstein creado por su padre, una especie de juguete roto al que el rico comerciante de bañeras utiliza para llenar su vacío existencial. Poco le importa a Cecilio Rubes que su vástago crezca sin educación, sin formación intelectual y sin principios éticos, mientras disfrute de todos los caprichos imaginables, y siempre y cuando Sisí sea feliz, algo del todo imposible (una infeliz contradicción), en tanto que el propio padre, obsesionado con la felicidad de su hijo, es quien le impide llevar una vida plena y autosuficiente a causa de la no-educación que le proporciona. Sisí, hijo único, es un niño mimado, caprichoso, llorica, cruel, que pega a su madre cuando no consigue lo que quiere y que acaba convirtiéndose en un joven que no estudia, no trabaja y se pasa las noches de fiesta, bebiendo vino y alternando con mujeres de mala reputación, merced al dinero que le facilita su padre.
Supongo que ya le han puesto cara a Sisí. ¿Es su sobrino? ¿La hija de un compañero de trabajo? ¿La amiguita insoportable de su hija? ¿Tal vez su propio hijo? Aunque esta manera de maltratar a los niños basada en no poner límites y en no decir nunca que «no» ya se daba cuando Delibes escribió la novela (hace 73 años), solo existía a modo de rareza y en el marco de familias burguesas. Lamentablemente, esta manera de afrontar la crianza de los hijos se ha convertido hoy en mayoritaria en todos los segmentos sociales, por mucho que Cecilio Rubes (padre) afirme: «La educación debe reservarse para los pobres».
Cuando en el instituto adopto a los hijos adolescentes de los demás con el fin de enseñarles algo de historia y geografía tres horitas a la semana, y ya el primer día les digo que no hagan eso, muchos niños me miran ojipláticos, totalmente descolocados, y puedo leer en su pensamiento: ¿este tío al que no conozco de nada y que no es mi padre se ha atrevido a decirme que no haga lo que llevo haciendo toda la vida? Y mientras el chavalito se esfuerza en adaptarse a la nueva coyuntura, yo me digo a mí mismo: ¿es que nunca un padre, una madre, un vecino, una maestra o un monitor de actividades le ha dicho a este mocoso que eso no se puede hacer? Y entonces comienza el difícil juego de ser docente hoy en día, consistente en surfear las olas, a veces tsunamis, para poder hacer lo que tengo que hacer sin que nadie se me ofenda, se me rompa o se me subleve. Conseguir un clima de silencio en el aula para que los que quieren aprender aprendan sin que los que no quieren estar allí encerrados molesten; despertar el interés de la mayoría por las cosas que explico a una generación que nunca ha escuchado a nadie más de un minuto seguido; fijar unos límites, ser justo con todos ellos y que haya represalias proporcionadas cuando se incumplen las normas; y todo ello sin que las mamás de las criaturas vengan a quejarse del profesor o lo haga la jefa de estudios de turno, más pendiente de guardar las apariencias que no de velar por la buena educación o por la salud mental de los empleados del centro. En todo caso, siempre tendré que escuchar el discurso teórico de la orientadora, que me dirá: Fulanito se porta de esa manera porque tiene TDAH, TEA, OTAN, COMECON, RENFE o SARS-CoV-2, cuando en mi clase acabará teniendo una actitud ejemplar, como todos los demás.
Malcriar a un hijo tiene mucho que ver con el egoísmo. El objetivo de la crianza debería ser sentar las bases para que el futuro adulto vuele solo, enseñarle todos aquellos hábitos, valores y procedimientos que le permitan ser, algún día, independiente. El egoísmo hace que muchos padres vean a sus hijos como una experiencia (hoy la gente presume de disfrutar de sus hijos), como un juguete (del que se empiezan a cansar cuando llegan a la adolescencia) o como una proyección de sí mismos, nunca como un otro, como un ser humano dotado de libertad y de necesidades espirituales, aunque todavía sin experiencia. Cecilio Rubes le dijo a su esposa la noche de bodas que no quería tener hijos («De todos los martirios conocidos, soportar a un niño es el más metódico y refinado»), pero, unos años después, tras una trivial conversación con uno de sus empleados, cambia de opinión y se propone ser padre por puro aburrimiento.
Nadie puede negar que Rubes no quiere a su hijo. El problema no es la falta de amor, sino la incapacidad para dar el amor filial que Sisí necesita. El padre no ama, idolatra a su hijo («Cecilio Alejandro es ahora aquí lo más importante»). Cecilio cede ante todos sus deseos y caprichos, pese a la incomprensión de su mujer. «Adela entendía que el poseer mucho podía hacer tan desgraciado a un ser como el no poseer nada». Recuerdo cuando los niños de unos parientes cercanos se pasaban el día de Reyes llorando a moco tendido pese a haber recibido más de cien regalos (no es una exageración), pese a tener todo el salón repleto de juguetes, pese a que el valor del montante de chismes y cachivaches superaba el sueldo paterno de tres meses. Yo le decía a la madre, ¿no ves que el problema es que tienen demasiado y no lo valoran? Los niños nunca agradecían los regalos, ignoraban esos objetos o directamente los rompían o extraviaban sus componentes, pero la madre pensaba que el problema era que no se había esforzado lo suficiente, así que el año siguiente conseguiría comprar la felicidad de sus hijos con el último y costosísimo modelo de iPhone. Como escribió Delibes en referencia a Sisí, «Las lágrimas constituían para él las llaves que abrían todas las puertas».
El producto resultante de este tipo de malcrianza es el llamado «niño emperador», que tiraniza a sus padres, es incapaz de esforzarse por nada y acaba por desarrollar cierta tendencia a la egolatría. «Sisí Rubes tenía del mundo, a los siete años, una visión peculiar. El mundo se componía de dos partes; una, Sisí Rubes; la otra: el resto, con la particularidad de que esta última se debía a la primera y giraba en torno de ella de un modo complaciente y continuado». «A Sisí Rubes le ocultaron que los niños del colegio no estaban allí para procurarle a él una complacencia, y que también había allí monjas oscuras y siniestras parecidas a los fantasmas que poblaban sus noches, y que también había allí un abecedario implacable y una numeración cardinal, ordinal y romana contra la que su cabecita rubia y alborotada chocaba como contra un muro. Sisí Rubes receló, tan pronto se vio en el colegio (…) y, entonces, cogió una rabieta y pidió que le llevaran a casa». En buena medida, el sadismo es el resultado de la falta de límites en la infancia, como muestra la novela de Delibes cuando Sisí martiriza al hijo de unos vecinos a base de pellizcos, o como muestra la biografía del marqués de Sade.
En las tutorías y conversaciones con mis alumnos adolescentes descubro que hay jóvenes que son más maduros que sus padres, que hay chicos y chicas con mala actitud en clase que verbalizan su deseo de tener más límites en casa, que consideran que sus padres no se preocupan lo suficiente porque les permiten hacer cuanto les viene en gana sin consecuencia alguna. Por más que se empeñen la publicidad comercial, la psicología infantil, las «nuevas pedagogías» y los divorcios en convertir a los pocos niños que nacen en principitos consentidos, el sentido común se abre camino por pura necesidad. En el caso de Sisí es la guerra, a la par que el vacío profundo que siente en el alma por llevar una vida perezosa, disoluta y carente de todo sentido. «Sisí Rubes pensaba que en la vida gozó de todo, conoció de todo, y que, por lo tanto, la vida, en el futuro, carecía para él de objetivo». Su padre no tiene más remedio que enrolar a su hijo en el ejército en el año 1936, para guardar las apariencias, pero le consigue un puesto aparentemente seguro, en la intendencia, obsesionado como estaba por la seguridad de su único heredero. En la guerra, su hijo deja de ser «Sisí» y se convierte en un hombre, deja de beber vino, ya no va con prostitutas, se echa una novia y se interesa por el estudio de los insectos.
La guerra, ¡qué paradoja!, la misma que acabará con su vida, e indirectamente con la de su padre, ha redimido a Cecilio Rubes (hijo), convertido en sus últimos días en un individuo dotado de principios éticos y un objetivo en la vida, un hombre de calidad, justo lo que su padre nunca quiso ser.
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