Por José Francisco Escribano Maenza y Jesús Trejo
Cuando el expresidente Rajoy lanzó la bravuconada legionaria sobre que la Selección francesa de fútbol era muy fuerte, pero que no tenía franceses, haciendo referencia a la multiculturalidad sin apego de la que se abastece la metrópoli del hexágono, estaba orquestando una puesta en escena dirigida al espectador medio español. Siendo, como es, una figura bien caricaturizada de la derecha casposa hispánica, sus peyorativas declaraciones buscaban reforzar, a través del rechazo instintivo-emocional que suscita, la aceptación del proceso aculturador que supone el desarraigo migratorio, potenciando la ideología cosmopolita e integrativa que continúan implementando las élites patrias, personalizada en la defensa de “nuestro” joven ídolo por excelencia, “nuestro” imán deportivo, Lamine Yamal.
El joven Lamine es, en realidad, el único español de la Selección; el representante por excelencia del Reino borbónico. El resto de jugadores son navarros, catalanes, extremeños, castellanos, canarios, andaluces, valencianos, gallegos, vascos, etc.[1], Su cariño hacia su comarca pudo constatarse al ceñirse la mayoría a la cintura la bandera de su comunidad en el fasto de celebración, queriendo con ello rendir tributo a sus poblaciones, generalmente pequeñas pero con una rica, aunque ninguneada, tradición cultural, que poco tienen que ver con esa estructura artificial llamada España, creada por Real decreto a partir de 1812. Este invento ideológico del Estado Nación, desde el que se apelaba a una idiosincrasia común entre diferentes territorios y comarcas para afianzar la perversa idea de una unidad de destino, por historia, cultura, lengua y fronteras, fue el vehículo ideológico más eficaz a la hora de asentar la concentración de poder del leviatán estatal moderno. Ser español se resumía en ser fiel súbdito de la Corona, pagar los impuestos, engrosar las filas del ejército por quintas, y acatar la indisoluble unidad del territorio.
El rebatimiento de la idea de Nación, soporte del constitucionalismo y el militarismo de los últimos dos siglos, ha sido eficazmente realizado en varios estudios. Félix Rodrigo Mora[2] y Enrique Álvarez Carrillo[3], en varios de sus trabajos, han mostrado la endeblez de sostener la necesidad del Estado apelando a una mística idea nacional, bajo la que se escondía la intención expansionista de las élites patricias, religiosas y monárquicas asentadas sobre todo a partir de la Baja Edad Media para sojuzgar territorios ajenos a su dominio, en su mayoría de soberanía popular concejil. La dura batalla por vertebrar el solar hispánico en beneficio de tales élites por medio de la maquinaria impositiva, bélica e imperialista estatal tuvo una de sus expresiones señeras en las Guerras Carlistas, que asolaron la Península Ibérica en la segunda mitad del siglo XIX, y culminó con la Guerra Civil de 1936-39.
El Estado español, toda vez doblegada la resistencia a la modernidad de manera expeditiva, tuvo desde entonces que batallar en el terreno de la representación mental, para superar ese cantonalismo endémico, expresión de los ancestrales hábitos de autogobierno que perduraban en la conciencia popular y sus representaciones folclóricas y locales. Lo consiguió de manera casi definitiva: la sección femenina, la radio y la brillante escuela de traductores que permitió la labor de introducir la mentalidad pragmática y mercantil del mundo anglosajón. En ese afán de superar las suspicacias populares ante la macroestructura impositiva y centralista, se lanzó la famosa marca España a principios de los 90, aprovechando la infraestructura turística y las bondades del clima, para formar generaciones de deportistas que pudieran limpiar la insignia rojigualda de connotaciones pijas, de derechas y cuarteleras. Entre la década de los 90 y el primer cuarto del siglo XXI, las gestas en todos los ámbitos deportivos han puesto a España en el mapa y han permitido una parcial recuperación de la desarticulada idea de unidad interterritorial. Los Indurain, Gasol, Fernando Alonso, Nadal, hicieron que la gente popular se congraciara con lo patriótico. Pero eran figuras individuales. Por eso era necesario los éxitos en deportes de equipo, que de entre todas las píldoras de manipulación de la conciencia, son el medio más eficaz de generar esa idea de colectivo unido por una causa.
Hoy día, con el poder del Estado español bien asentado sobre una población confinada en ciudades, donde la brillante historia-cultura popular es manipulada y ocultada por la industria mediática y el sistema educativo, es relativamente sencillo seguir alimentando esa perversa propaganda de “lo español” e implantar nuevos ídolos con los que obligar a identificarse a los púberes. Este maquiavelismo sirve a las élites para instaurar en nuestra sociedad nuevos valores, en verdad, disvalores; así como nuevos perfiles de españolidad.
Es por eso que Lamine, y su íntimo amigo Nico Williams, son la nueva marca España. Son elevados al olimpo desde los soportes publicitarios en los grandes centros comerciales, puestos por las nubes por los comentaristas deportivos, idealizados como expresión de una segunda generación de migrantes que han venido a “sumar y tributar”, a hacer realidad “el sueño primermundista”[4], con sus fiestas disparatadas, su descarada forma de vestir, su individualismo bien aplicado a lo competitivo, y en el caso de Lamine, con su reverencial adoración del islam.[5]
Porque no es, en absoluto, baladí que Lamine Yamal se haya convertido en la estrella de este Mundial de fútbol 2026, junto con su adorable hermanastro, que ha chupado pantalla hasta lo indecible, apelando a la ternura que generan los niños y transmitiendo subliminalmente esa idea de lo entrañable que es el multiculturalismo, pues lo que se busca es continuar imponiendo a la plebe prototipos que vehiculen las ideologías a patrocinar.[6]
Ahora bien, las élites del Estado español, igual que el resto de élites occidentales en sus respectivos dominios, no sólo aspiran a implantar una nueva forma de ser, pensar y actuar en las gentes nativas peninsulares. No, también pretenden facilitar e impeler la integración de todos esos millones de inmigrantes que traen como mano de obra barata, desarraigándoles vilmente; particularmente a los marroquíes, que son una gran parte, si no la mayor.
Así pues, el relato que se busca inculcar entre la juventud inmigrante es, si Lamine lo ha conseguido, si él ha triunfado y es admirado “por todos los españoles”, nosotros también podemos enriquecernos y triunfar. Si él puede abanderar las “bondades” del islam, nosotros también podemos.
Resulta evidente que los poderhabientes españoles, desde hace tiempo, se esfuerzan en destruir los principales valores, costumbres, libertades e ideales civilizatorios que han caracterizado a las gentes populares ibéricas. De hecho, ahora necesitan aumentar nuestro nivel de explotación, aherrojamiento y esclavitud ante las progresivas crisis sistémicas en desarrollo. Y en este siniestro plan, el desarraigo migratorio y el islam son alguna de las herramientas ideológicas predilectas para llevar a cabo tal aculturación y destrucción interior del sujeto.
En definitiva, Lamine, y su amigo Nico, son los únicos y auténticos productos españoles; es decir, artificiosos productos de mercadotecnia política e ideológica, utilizados para imponer la España líquida 2.0 del consumo, la moda, el egoísmo, el dinero y la pérdida de identidad cultural. Los demás futbolistas de la selección, a pesar de estar igualmente idiotizados e infantilizados, como corresponde a la deformación alienante de todo atleta de élite, son mantenidos con un perfil bajo, con el marchamo de jugadores buenos, de calidad, que juegan en bloque como equipo. No obstante, los focos mediáticos apuntan de forma descollante a Lamine; a quien le gusta hacer a veces el gesto de ponerse una corona de rey cada vez que marca un gol. Lo dicho, Lamine I de España.
Notas
[1] https://www.marca.com/futbol/mundial/2026/07/17/seleccion-espanola-comunidades-autonomas-jugador-aporta-espana.html
[2] Véase, en especial, su obra Democracia y triunfo del Estado.
[3] Nacionalismo y revolución. El Estado nación y el Paradigma de la Revolución Integral.
[4]Veáse el tratamiento paternalista y elogioso que le brindan en este reportaje a las familias de ambos futbolistas https://www.bbc.com/mundo/articles/c6294plwxejo
[5] En este sentido, también debe subrayarse que, en la actual guerra de EE. UU. contra Irán (chiita), el Estado yanqui tiene una estrecha alianza, que viene de muy lejos, con los principales Estados islámicos sunnís de Medio Oriente, como Arabia Saudí, Jordania, Kuwait o Emiratos Árabes Unidos; donde mantiene muchas bases militares, que utiliza, entre otros menesteres, para lanzar misiles balísticos al territorio iraní. Así mismo, cabe citar a otros grandes aliados suníes de EEUU, y, por defecto, de sus aliados lacayos de la OTAN, entre ellos España, como Marruecos, la recién conquistada Siria o Turquía; ésta última, incluso, pertenece a dicha organización militarista “occidental”.
[6] Otra ideología que se está promocionando desde arriba, también a través de la Selección de fútbol del Estado español, es el estoicismo “malo”, reaccionario e imperialista. Los dos últimos seleccionadores, Luis Enrique y el actual De la Fuente, se han convertido en propagandistas masivos de tal estoicismo; por lo que cada vez más jóvenes seguirán acercándose a tal “filosofía”. Para una mejor comprensión de estos asuntos, puede consultarse una obra que publicamos este mismo año los amigos de Editorial Bagauda (www.editorialbagauda.com), Manantial del buen estoicismo. Tabla de Cebes. Manual de Epicteto. Disertaciones de Musonio Rufo.
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