Por Jesús Trejo
“video meliora proboque, deteriora sequor” [1] Ovidio, “Metamorfosis”
¿Por qué nos traicionamos? ¿De dónde proviene la endeblez de las promesas que nos hacemos tan firmemente, para incumplirla a los pocos días, o incluso horas? Ya sea para abandonar los vicios fisiológicos enquistados en el cuerpo (tabaco, cerveza, la bollería, el porno), o de aquellos otros más del “alma” o sociales (poseer, envidiar, mentir), lo cierto es que hay una insoportable pandemia de levedad, una generalizada tendencia a no tomarnos en serio, a ser bufones de nuestra propia existencia, actores secundarios en un obra casposa de cine español de los 70.
Tolstoi lo expresó así en su novela “Guerra y Paz”: (cito)
“<<estaría bien pasarme por casa de Kuraguin>>, pensó. Pero enseguida recordó que le había dado su palabra al príncipe Andréi de no volverla a frecuentar. Sin embargo, un instante después, le entraron unas ganas tan irreprimibles de disfrutar una vez más de aquella vida libertina que tan bien conocía que decidió ir. Enseguida concluyó que la palabra dada no significaba nada porque, antes que al príncipe Andréi, le había dado su palabra al príncipe Anatol de que iría. Finalmente, se dijo que todo eso de las palabras de honor son cosas circunstanciales que carecen de un sentido concreto, sobre todo cuando uno tiene en cuenta que quizá al día siguiente muera o le suceda algo tan extraordinario que ya no existan ni el honor ni el deshonor. Este tipo de pensamientos…a menudo dominaba a Pierre”[2] (fin)
Incontinencia, procrastinación, duda, flojera, cobardía, indolencia…Hemos normalizado lo patético, una vez más. A diferencia de la versión acaramelada vertida por la idea del Progreso, lo frecuente en la Historia es que las sociedades y las personas se queden estancadas, empantanadas, sin posibilidad de fluir, por la presencia de un obstáculo político que represa su libre desarrollo: el Estado. Entonces, en ese embalsamiento, la corriente antaño vivaracha es convertida en agua triste y silenciosa, para poder ser succionada por los explotadores de la cosa, bien para irrigar sus propiedades o para convertirla en energía que alimente su poder, y poco a poco todo se va desecando hasta convertirse en lodazal, donde proliferan bacterias elementales que se alimentan de y en esa atmósfera pútrida: los funcionarios.
Una sección de estos organismos anaeróbicos y parásitos se dedican a escribir la Historia oficial, elogiando y encumbrando a los inspiradores de esas obras públicas represantes y represoras de los afluentes montaraces: nos hablan de reyes, césares, nobles, generales, ministros, los grandes prohombres de Estado, presentados en los manuales de los colegios y los folletos de turismo como los hacedores de la paz y prosperidad que hoy día “disfrutamos”. No ha habido otra época más tranquila y próspera, se congratulan las amebas protozoicas mientras retozan en la fangosa quietud de las cátedras universitarias. Sus ilustrísimas se olvidan de un pequeño detalle, que si el río no fluye, tampoco canta. Una sociedad del bienestar es una sociedad de la tristeza
Esa no es nuestra historia. Nosotros queremos recuperar la pujanza de los caudalosos torrentes populares de antaño, que amenacen el dique institucional que lo empantana. El rio de la vida necesita correr libremente por canchales y golpearse en su fluir para que surja el murmullo cantarín de su epopeya, y no estar a buen recaudo en un Estado protector. Por eso es necesario explicar las condiciones que propiciaron elevar esos muros de contención, porque permitirán preparar su derrumbe.
Aquí comienza el relato de los mandatos salvajes[3]
Según el dualismo cartesiano que domina la esfera interpretativa, hay solo dos llamadas instintivas propias de la condición humana: la llamada del cuerpo y la llamada del rebaño o la tribu.
En tanto que ser biológico o cuerpo, el mandato salvaje se llama búsqueda del placer (bien en su versión hedonista-disfrutar a calzón quitado- o en su versión epicúrea -refrenar el consumo para evitar un malestar posterior) y su correlato es evitar el dolor. En cuanto ser social, el mandato tiránico que condiciona el comportamiento se llama búsqueda de prestigio y aceptación, mientras que su modo reactivo sería evitar la soledad y el estigma.
Ambas tendencias supuestamente innatas explicarían la vulnerabilidad de las posturas virtuosas frente a las estructuras de dominio, dado que su enfrentamiento conlleva dolor físico por represión, o dolor social en forma de aislamiento. De ahí la dificultad de mantenerse de pie impertérrito, como exigiría la palabra dada a uno mismo, cuando se ven amenazados estos bienes, tenidos como los más valiosos.
Pero esto es una versión cargada de ideología. Las corrientes filosóficas nacidas de la actuación de Sócrates, en especial los cínicos y los estoicos, pusieron al desnudo la trampa conceptual del instinto placerista en su versión individual o social. En realidad, y lejos de ser irreprimibles, estos mandatos no tienen nada de salvajes y sí de construcción prefabricada que reduce el vivir consciente a una existencia gozosa, ninguneando el papel decisivo de la razón y la moral en las decisiones personales. La importante enseñanza de la filosofía cínica acerca de la dictadura de la convención[4], permitió la constitución de la escuela estoica y su desapego hacia los bienes, como el dinero, la salud o el prestigio, que no dependen de tu libre actividad consciente, catalogándolos como indiferentes (“adiaphoron”), hasta el punto que Ariston propuso no aceptar ninguna preferencia entre ellos, frente a posturas más conciliadoras como la del propio fundador de la stoa, Zenón, que admitía conceder un valor relativo a algunos bienes como la salud o un modesto bienestar, para facilitar algo el camino hacia la vida virtuosa.
En nuestros tiempos, la corriente sensualista gozosa volvió a introducirse en el ambiente cultural a partir del siglo XVIII con la Ilustración, y adquirieron el status de mandato al incorporarse como decreto en las constituciones liberales, empezando por la declaración de derechos norteamericana, dando por sentado que todos los seres buscamos solo lo que agrada a nuestro organismo, para acto seguido postularse el Estado como garante de dicha aspiración..
Toda vez que el constitucionalismo liberal había cerrado de un plumazo el fin existencial, se llegó entonces a la inversión del esquema del objetivo vital, focalizando todo hacia el cómo, y no hacia el porqué. El industrialismo capitalista fue propulsado por esta alteración en el orden de los factores entre medios y fines, en el momento que un medio de vida, la producción, se convirtió en un fín en si mismo, haciendo que el ser humano se rebajara a instrumento, y no objetivo, de la estructura social. Con ello aumentó la productividad a la par que se perdía la visión panorámica de la existencia, y se concentró todo en el día a día, en un presentismo sin futuro, pleno de incoherencia.
Del mismo modo, los mecanismos de refuerzo, y que eran simples medios que la vida generó para potenciar aquellas actividades que la hacen perseverar, como son las secreciones dopamínicas después de satisfacer necesidades vitales básicas, cambiaron su carácter propiciatorio y se buscaron como objetivo principal. Ahora la alimentación olvidó su papel instrumental al servicio de un proyecto vital y se convirtió en gula, y el placer asociado a lo reproductivo se abandonó en favor del instante espasmódico sexual.
En general podemos decir que todas las desviaciones placeristas tuvieron su epicentro en los salones del trono, y que desde ahí se promocionaron a bombo y platillo sobre la población, presentando como deseable y excelso, como naturales, los mandatos salvajes a los que se dedicaban con fruición los poderosos y sus sirvientes, en forma de placeres momentáneos corporales, o en forma de medallitas o títulos. La sensación de estar a merced de fuerzas poderosas, inculcadas por estos esbirros intelectuales de los tiranos, encontró su mejor expresión en la imagen debilitada del individuo, al que se le negaba por principio su capacidad de erigirse sobre esas tentaciones connaturales.
Frente a este planteamiento victimista, nosotros abogamos por escuchar la voz censurada, la otra llamada imperativa que igualmente subyace a la condición humana, la llamada de la conciencia, de la virtud, de la recta razón, la que posibilita encaramarse frente las presiones seductoras de lo confortable, y enfrenta con entereza y dignidad la desigual relación de fuerzas entre la reacción y el pueblo, carácter heroico de la contienda. El término estoico “asentimiento” (synkatathesis) recogía la fundamental diferencia entre los estímulos recibidos, forzados por el exterior, y su libre aceptación por el individuo. Ante un universo pretendidamente determinado por impulsos y coerciones, el sujeto siempre tiene la “última palabra”. [5]
Tanto la satisfacción, como la insatisfacción, deben ocupar un papel como sensaciones consortes y secundarias en la actividad consciente, y no ser las protagonistas. El tercer mandato, este verdaderamente “salvaje”, la conciencia, del que tanto se olvidan las teoréticas filosóficas sobre la condición humana, debe recuperarse, porque es la única que preserva una posibilidad de futuro al experimento humano, esa rareza cósmica. El resto son callejones sin salida.
Superar los mandatos “salvajes” pasa por reconocer su condición de conceptos prefabricados. No hay un instinto que nos condene a buscar el placer o el reconocimiento, solo hay una conciencia susceptible de ser manipulada por estas ideologías o de esforzarse en construirse a sí misma y encontrar juicio propio. Una lectura reflexiva de la filosofía clásica ayudaría precisamente a recorrer ese camino personal de autoconstruccion, poniendo entre paréntesis todo lo que nos han dado por sentado sobre el sentido de la vida. Pero también hay que llenar la vida de proyectos, personales y sociales, de tareas cotidianas que nos alejen de la especulación pasiva, que nos hagan libres precisamente por estar construyendo(nos). El refrán “el ocio es la madre del vicio” nos previene ante el tiempo desocupado. Y una vez más, podemos entender la perversión que la quietud bienestarista ha generado entre las gentes del común, y porqué ésa ha sido la forma de mantener controlado y degradado al movimiento popular, evitando que tenga el empuje necesario para derribar la presa urbana que lo domeña.
En la película “El indomable Will Hunting”, el amigo proletario del protagonista le confiesa que su mejor momento del día es cuando le va a buscar por la mañana para ir al trabajo, ese breve espacio de incertidumbre que pasa desde que baja del coche hasta que golpea su puerta, porque es en esos pocos segundos donde se sustenta la posibilidad de que su amigo no esté, que se haya ido y deje atrás toda esa vida de esclavo asalariado[6].
Igualmente, mi única esperanza radica en que en un día cualquiera la vida cotidiana llame a mi puerta, y nadie le conteste. Habré dejado atrás los mandatos salvajes.
Notas
[1] “Veo lo mejor y lo apruebo, pero hago lo peor”
[2] “Guerra y paz” Leon Tolstoi, ed Alba 2021, pg 49
[3] Afortunada expresión de la filósofa Agnes Callard utilizada en su obra “Sócrates al descubierto” Kairós, pg 102
[4] “Por eso decía (Diógenes) “desde que Antístenes me liberó, ya no he vuelto ser esclavo” ¿Y cómo lo hizo?; escucha lo que dice “me enseñó a distinguir lo que es mío y lo que no lo es: la propiedad no es cosa mía; parientes, familiares, amigos, fama, lugares conocidos, relaciones sociales, todo esto me son cosas ajenas” “¿Y qué es pues lo tuyo?: la utilidad de las fantasías. Antístenes me enseñó que esto es mi mejor compañía” (Epictecto, Discuros III, 24. 67-69)
[5] “¿Puede alguien impedir que asientas a algo verdadero? Nadie. ¿Puede alguien obligarte a asentir a lo falso? Nadie. ¿No ves que en este ámbito tienes la capacidad de decidir, que es ilimitada, sin coacción y libre?” Epicteto “Diatribas” 1.17, 22-23
[6] https://www.youtube.com/shorts/Ulye8u7qSQA
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