Por Antonio Hidalgo Diego
El hombre de moda del año 2026 no es otro que Jeffrey Epstein. Pero esta desproporcionada fijación de los medios de comunicación masivos resulta sorprendente en base a dos circunstancias: la primera, es que este criminal está muerto desde hace años, así que es tan inimputable como el rey de España; la segunda, es que todas las revelaciones que publican los noticieros a modo de primicia ya se habían dado a conocer, como muy tarde, en el año 2019. Parece como si hubiera un interés concreto en airear los trapos sucios y perjudicar, justo ahora, la reputación de unos pocos de los cientos de clientes VIP del financiero, proxeneta y espía judeo-estadounidense. El foco mediático se centra en el presidente Donald Trump, el antiguo príncipe Andrés de Inglaterra y, en menor medida, el magnate Bill Gates, pero pasa de puntillas sobre una infinidad de personajes relevantes del ámbito de la farándula, las finanzas y la política, como Bill Clinton, por poner solo un ejemplo. Parece como si hubiera violadores de menores respetables y otros que lo son menos.
Para entender la naturaleza de este tipo de crímenes debemos explicar brevemente el modus operandi de extorsionadores profesionales como Jeffrey Epstein. No voy a descubrir nada nuevo. Los peces que muerden el anzuelo son dirigentes políticos, ejecutivos de las grandes empresas proveedoras del Estado y figuras mediáticas de la industria del entretenimiento, todos ellos altos funcionarios bien remunerados que realizan un trabajo por encargo por un tiempo determinado. Los primeros, como el primer ministro israelí Ehud Barak, elaboran las leyes, administran la «justicia», cobran los impuestos y toman las decisiones que afectan gravemente a nuestras vidas, haciéndonos menos libres y más dependientes de las instituciones estatales; los segundos, como Elon Musk y Richard Branson, dirigen la economía con los objetivos de seguir concentrando la riqueza en pocas manos y maximizar la explotación de los trabajadores; los terceros, estrellas mediáticas como Jay-Z o Woody Allen y científicos como Stephen Hawkins o Noam Chomsky, son los sacerdotes del siglo XXI sobre los que recae la importante misión de elaborar las mentiras oficiales, lavar cerebros, vender falsas ilusiones y degradar la voluntad y la moralidad de la población, anulando nuestra libertad de conciencia.
El poder político y económico se sostiene gracias a la labor que realizan estas celebridades, razón por la que son cuidadosamente seleccionadas y supervisadas por otros altos funcionarios, en este caso Epstein y sus secuaces. ¿Quién quiere ser presidente, ministro, fiscal o CEO de una gran empresa? Única y exclusivamente individuos marcados por una desproporcionada y patológica voluntad de poder, sin olvidar su inmensa codicia y ambición económica. «Lo ejerza quien lo ejerza, el poder es malo en sí mismo»[1]. El poder solo atrae a los peores, sujetos carentes de cualquier tipo de ética personal, capaces de lo que sea (matanzas militares, atentados terroristas, envenenamientos masivos, esterilizaciones forzosas, hambrunas, explotación laboral, órdenes de encarcelamiento y tortura, migraciones masivas, etc.) con tal de conseguir un poquito más de poder y un poquito más de dinero. Estos individuos también son capaces de cometer las mismas fechorías en su esfera privada, así que suelen tener cierta inclinación por el sadismo y la violencia sexual: son psicópatas. ¿Qué felicidad se puede obtener de forzar y violar a una niña? Obviamente ninguna. Si lo hacen es única y exclusivamente porque pueden hacerlo.
Las relaciones sexuales se circunscriben en el ámbito del erotismo, del eros creador de vida[2], cuando el yo queda anulado por un tiempo para construir un nosotros, un acto de amor marcado por la intimidad y el altruismo. Para esta gentuza, en cambio, el sexo se reduce a una representación simbólica de la voluntad de poder, es decir, el sometimiento. El sexo ya no busca crear vida, sino destruirla; ya no pretende complacer, sino sacrificar al otro en pos de su egoísmo; no se basa en la igualdad entre dos seres humanos, sino en la obediencia; la relación sexual ya no es privada, sino pública, dando lugar a orgías concertadas y multitudinarias donde se imponen el intercambio económico y el dolor, una teatralización del poder temporal llevada a cabo en un escenario donde el violador representa ante su público el estatus que ha logrado, todo ello a costa del sufrimiento de una víctima que debe ser todo lo contrario que su victimario: cuanto más joven, más pobre, más narcotizada y más indefensa, mejor; cuanto mayor sea la distancia entre ambos, más se reforzará la sensación de dominio del poderoso[3].
El tipo de pornografía de moda y su consumo gratuito masivo, así como las constantes referencias a casos como el de Jeffrey Epstein sirven de espejo al que mirarse para muchas personas del pueblo llano que, desposeídas de cualquier tipo de humanidad y moralidad, pretenden emular este comportamiento sexual. Muchos, hombres y mujeres, ya no entienden la intimidad sexual si esta no incluye la práctica, en mayor o menor grado, de la violencia[4]; los casos de abusos y agresiones sexuales a niños y menores de edad no hacen más que crecer[5]. Como escribieron Prado Esteban y Félix Rodrigo, «el Estado, para maximizar su poder, necesita una sociedad completamente inmoral, entregada a los vicios más absurdos y extravagantes»[6]. Una sociedad sin valores, hedonista, asocial, clasista y jerarquizada tiende a engendrar relaciones sexuales estériles, violentas y asimétricas. Resulta sobrecogedor escuchar a niños y adolescentes bromeando sobre las peripecias de Epstein, así que normalizando este tipo de abusos; resulta poco gracioso que los humoristas de la industria del entretenimiento, como el británico Ricky Gervais, realicen parodias en las que la risa la debe provocar la historia imaginaria de un niño que está siendo forzado a practicar una felación[7].
En la trama de Epstein aparecen tanto hombres como mujeres. En cada uno de los tentáculos de la hidra hay víctimas, clientes y traficantes de seres humanos de ambos sexos. Entre la selecta clientela, se encontraban (presuntamente) mujeres de luz de diversas razas como Hillary Clinton, Beyoncé Knowles, Whoopi Goldberg, Emma Thompson, Naomi Campbell o Diana Ross. Pero también había mujeres en el otro lado, en el de los explotadores sexuales. De hecho, la que llevaba el negocio de lenocinio, más que Epstein, era Ghislaine Maxwell; la persona que actuaba de enlace entre Nueva York y las islas Vírgenes —donde se llevaban a cabo la mayoría de las orgías— era la política afroamericana Stacey Plaskett; el silencio y la complicidad de la Casa Blanca durante el mandato de Obama se conseguía con los sobornos que Epstein ofrecía a la asesora jurídica Kathryn Ruemmler; el blanqueo de dinero corría a cargo de la banquera suiza Ariane de Rothschild y del banco JP Morgan Chase. Lo más sorprendente sea, tal vez, la afición que tienen algunos ilustres miembros de la realeza europea por casarse con prostitutas que actúan como proxenetas y conseguidoras de mujeres y niñas a las que sus poderosos maridos pueden violar; tenemos los ejemplos de la duquesa de York, Sarah Ferguson, la futura reina de Noruega, Mette-Marit Tjessem, o la princesa de Suecia, Sofía Cristina Hellqvist, todas ellas implicadas en el escándalo que nos ocupa.
Al poder llegan los peores y los más degenerados. Pero el sistema de poder se rodea de una pátina de falso eticismo, una doble moral que condena públicamente la pederastia, el consumo de drogas o la corrupción económica, prácticas a las que la élite está consagrada. Ahora entendemos mejor por qué se habla tanto del caso Epstein. Los acusados son señalados en público a modo de recordatorio: estáis en nuestras manos, sois simples marionetas, si no hacéis las leyes, las políticas, los negocios y los espectáculos que nos interesan, si os atrevéis a ser autónomos y librepensadores, si nos traicionáis, os quitaremos de en medio porque tenemos imágenes y grabaciones vuestras en las que estáis violando, torturando o asesinando a una adolescente. Nuestro presidente, Pedro Sánchez, no aparece en esta lista, pero llegó a la política gracias a los contactos de su suegro, propietario de una red de burdeles para hombres homosexuales, «saunas» que también regentaban ricos y poderosos[8].
Epstein solo era el guardián de los secretos, otro alto funcionario bien pagado a cambio de realizar una misión, que no era otra que la de proporcionar carne fresca con la que atraer y filmar a todos estos indeseables, y así poder chantajearlos. El conspiracionismo está convencido de que hay un poder por encima del poder y, en parte, no les falta razón, ya que el poder concentrado se materializa, no en forma de logias secretas, clanes familiares e iglesias satánicas, sino de instituciones estatales y grandes empresas con cargos públicos, organismos jerarquizados en los que todos los jefes siempre tienen un jefe por encima. Pero el poder no es una pirámide, sino una tupida e interconectada red de cuerpos armados, gobiernos, ministerios, bancos, embajadas, parlamentos, tribunales, corporaciones empresariales, partidos políticos, lobbies, sindicatos, mafias criminales, cuerpos de funcionarios, etc. que conforman un único organismo vivo cuyas células actúan al unísono para alimentarse a costa del sacrificio de «sus ciudadanos», a los que parasita, un organismo que vive en constante pugna con otros organismos, también llamados «Estado».
Todos los poderosos son esclavos de sus oscuras ambiciones y, al mismo tiempo, de los intereses corporativos del organismo-Estado al que sirven. Y dentro del Estado, la institución más poderosa siempre es el ejército, institución a la que, parece ser, pertenecía Jeffrey Epstein, espía del Mossad, sección de información e inteligencia del Estado-ejército de Israel[9].
No quisiera acabar este artículo sin recordar a las víctimas, las grandes olvidadas en este tipo de casos. Los medios hablan de los alcahuetes y de sus clientes, pero ninguno presta atención a que para que esos cientos, tal vez miles de violadores pudieran viajar a la Isla de las orgías, el burdel caribeño tenía que estar repleto de adolescentes, niñas y niños engañados o secuestrados que, si consiguieron sobrevivir, nunca podrán tener una vida libre y plena por culpa del trauma psicológico y las secuelas físicas que les han ocasionado. Desde que asesinaron a Epstein en su celda de Nueva York, han desaparecido unos cincuenta millones de niñas y niños en todo el mundo[10].
¿Sirve de algo denunciar los crímenes de todos estos indeseables que no van a ser condenados por sus actividades delictivas? ¿Muerto Epstein morirá una manera vertical de hacer política basada en la existencia de una élite de psicópatas que establecen entre ellos fuertes lazos de solidaridad mafiosa cometiendo violaciones y asesinatos en comunión? ¿Sustituir a políticos malos por políticos buenos acabará con una sociedad inmoral, injusta y basada en la explotación de otros seres humanos? De nada sirve la indignación o el mero hecho de compartir información en las redes sociales.
La única manera de acabar con el crimen sádico es destruyendo las estructuras que soportan la impunidad de los poderosos, es decir, las instituciones de Estado y de la gran empresa capitalista. Un proceso revolucionario que debe centrarse en la construcción de una sociedad moral donde el poder y el dinero se desvelen como un mal a evitar y combatir; una revolución que edifique una sociedad democrática que garantice el respeto a la libertad individual con responsabilidad, fundamentada en la toma de decisiones a través de asambleas de vecinos y vecinas que eviten la concentración del poder y de la riqueza en manos de personajes como Epstein y su numerosa clientela.
Pero este cambio nunca podrá llevarse a cabo si cada uno de nosotros no trabaja constantemente por su propia transformación y mejora individual. Cada uno de nuestros actos debe ser ético y virtuoso. Desgraciadamente, el mal es más habitual que el bien, y el bien resulta ser el camino más difícil y tortuoso; pero solo la práctica del bien puede elevar nuestro espíritu y construir una sociedad mejor. Como ha escrito Heleno Saña, «a pesar del inmenso poder que el mal ha acumulado a lo largo de la historia, su signo y destino irreversible es el de su impotencia para sustituir al bien»[11].
Todas estas ideas, así como las referencias al caso Epstein, aparecen reflejadas en mi libro El Minotauro en Alcàsser. Crimen sádico, voluntad de poder y feminismo de Estado (2020), disponible en Editorial Bagauda.
Notas
[1] Reflexiones sobre la historia universal (1905), Jacob Burckhardt.
[2] Recomiendo la obra Erótica creadora de vida. Propuestas ante la crisis demográfica (2019) de Félix Rodrigo Mora.
[3] Consultar mi obra, El Minotauro en Alcàsser. Crimen sádico, voluntad de poder y feminismo de Estado (2020).
[4] Desde hace años se evidencia un interés evidente por parte de los medios y la industria cultural en fomentar las prácticas sadomasoquistas, como refleja el bodrio superventas Cincuenta sombras de Grey (2011) de E. L. James, o estudios «científicos» tendenciosos y sin rigor alguno como Psychological Characteristics of BDSM Practitioners (16/5/2013) de los doctores Andreas A. J. Wismeijer y Marcel A. L. M. van Assen, publicado en The Journal of Sexual Medicine. ¿Qué dice el «estudio»? Que si no practicas sado-maso estás mal de la cabeza.
[5] Según la Fundación ANAR, en solo cinco años (2019-2023), las agresiones sexuales a menores aumentaron un 55% en España. Si retrocedemos a los últimos quince años, ¡el incremento es del 353%! rtve, 9/4/2024.
[6] Feminicidio o autoconstrucción de la mujer. Vol. I: Recuperando la historia (2012).
[7] Las redes sociales difunden constantemente vídeos del humorista Ricky Gervais presentando la ceremonia de los Globos de Oro y en los que se le presenta como una especie de héroe por atreverse a denunciar la inclinación a la pederastia de la mayoría de los trabajadores de la industria cinematográfica. Una de cal y otra de arena. Gervais hace apología de la violación de un niño en su lamentable espectáculo Armageddon (2023), emitido por Netflix. ¿Era el precio a pagar, Ricky, para poder seguir chupando cámara?
[8] Sabiniano Gómez, a través de su empresa (¡qué socialistas más raros!) «San Bernardo 36 SL.», regentaba seis saunas en las que se practicaba la prostitución masculina. El negocio no solo resultaba lucrativo de per se, sino que se redondeaba con la escucha ilegal de clientes poderosos en el marco de la llamada «Operación Tándem». El Mundo, 10/7/2025. Cuando Pedro Sánchez, el yerno, se postulaba para presidente, Sabiniano traspasó muy oportunamente todos estos negocios.
[9] El secuestro, torturas, violación y asesinato de las niñas de Alcàsser (1992-1993) está íntimamente vinculado al triple crimen de Macastre (1989) y, por consiguiente, al Mossad. Consultar, El Minotauro en Alcàsser. Crimen sádico, voluntad de poder y feminismo de Estado (2020).
[10] Según la organización «Missing Children Europe», cada año desaparecen unos 8 millones de niños en el planeta, lo que representa la desaparición de un menor de edad cada dos minutos. Que apenas se hable de esta terrible realidad muestra que vivimos en un mundo marcado por el odio a los niños, es decir, a la vida, a la inocencia y a la esperanza de construir un futuro mejor. El Sol de México, 25/5/2016.
[11] Breve tratado de ética. Una introducción a la teoría de la moral (2009).
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