Por Diego Castaño Cano, colaborador de VyR
Ifigenia García nació en un pueblo de Andalucía el primer día del año 1926. Fue la cuarta hija de su padre y de su madre, una mujer de pocas palabras que dio a luz un bebé rollizo mientras vigilaba el puchero que hervía en la lumbre con el rabillo del ojo. El cura bautizó a la niña con el nombre de Ifigenia, Dios sabrá por qué motivo.
Nunca se ha sentido protagonista de nada, ni siquiera en el momento de su nacimiento, cuando nadie le prestó atención al arrancar a llorar, cosa que hizo por primera y única vez en toda su larga vida. Y todo porque su madre se sorprendió pariendo otra criatura, esta vez con dolor, un cadáver que salió de su cuerpo encarnado en forma de feto silencioso, de tamaño diminuto y piel azulada, un aborto que provocó que se derramara el caldo del cocido y se apagaran las brasas.
Todo el pueblo dio por sentado que Ifigenia sería una mujer fuerte y sana, como efectivamente lo ha sido durante toda su centuria, al imaginarse sus allegados que su hermanito murió en el vientre porque su melliza le arrebató la energía vital en los casi diez meses que duró el embarazo de una madre atareada que no paró de ir y de venir, de agacharse para segar el trigo y de alzarse para varear las aceitunas.
Pasaron los años sin que Ifigenia se acatarrara, se torciera un tobillo o faltara al trabajo. Porque ha trabajado mucho, demasiado, ha trabajado duro, ha trabajado para otros y lo ha hecho sin descanso, salvo los días en los que le tocó enterrar a su padre, a su madre, a sus tres hermanas y a dos maridos que la amaron como ningún otro hombre ha podido amar a una mujer. Pero Ifigenia solo quiso de verdad al primero, un tipo malhumorado y taciturno, de mala fama, con el que le advertían que no se casara porque era un borrachín, un flojo y un tarambana, que para colmo de males nunca consiguió dejarla embarazada.
Ese primer marido murió joven solo para no tener que seguir decepcionando a su adorada Ifigenia, que por sufrir tanta pena no fue capaz de derramar una sola lágrima. Poco tardó en casarse con otro, una bellísima persona por la que nunca sintió más que indiferencia, un hombre bueno y trabajador que le dio tres hijas, un hijo y ningún disgusto, al menos hasta que se precipitó desde el tejado de una fábrica mientras instalaba una antena parabólica porque un compañero torpe resbaló y no tuvo mejor ocurrencia que agarrarse con fuerza a su brazo y arrastrarle hasta el suelo.
Ifigenia jamás habla de política, porque esas cosas no pueden traer nada bueno. Solo confía en sus parientes y vecinos, aunque también se dejaba engatusar por su médico de cabecera del ambulatorio, el doctor Ramón, toda una eminencia; y por su enfermera, Melisa, que tanto se preocupaba por Ifigenia, ahora que ya era anciana y necesitaba de sus consejos y medicinas. Aunque lo cierto es que nunca se ha sentido indispuesta, jamás ha conocido la fiebre ni sabe lo que es guardar reposo en cama. Pero el paso del tiempo no perdona, así que sus hijas y nietas tomaron la decisión de internarla hace cuatro años en una residencia de ancianos, porque cada una vive en una punta y todas tienen su trabajo y sus hijos y sus obligaciones y sus problemas.
En la residencia todas las trabajadoras conocen el nombre de Ifigenia, mujer amable, cariñosa y divertida. Todas le dan los buenos días y las buenas noches, escuchan sus anécdotas de cuando vivía en el pueblo, le traen el yogur de su sabor preferido y bromean con ella, animándola a que acepte las proposiciones de Amando, ese viejo galante que va detrás de ella como si no hubiera otra mujer en el mundo, el mismo que persigue los pañales de las otras treinta internas.
Todos están muy contentos porque Ifigenia, con el año nuevo, cumplirá cien años. Las asistentas, la doctora, el conserje, las administrativas, las enfermeras y las mujeres de la limpieza llevan varias semanas hablando de lo mismo, del aniversario de la decana de la residencia y del regalo sorpresa que entre todas le han preparado. La directora llamó a sus hijas para proponerles el protocolo de actuación en este tipo de efemérides, y las hijas han dado el visto bueno, también el hijo, porque es lo más adecuado para ella, porque es la mejor decisión, un acto de civismo y de gran humanidad; es sin duda lo que Ifigenia quiere pero no se atreve a solicitar para no preocupar a su familia.
La fiesta de cumpleaños se está celebrando en el comedor de la residencia, decorado con globos y una guirnalda con la frase: «Feliz 100 cumpleaños Ifigenia». La cocinera ha preparado pudin y en breve comenzará el baile, donde Amando sacará a bailar a todas las ancianas que puedan levantarse de la silla, ante la mirada envidiosa de Matías y los demás. Han preparado una mesa principal donde se sientan los familiares que han podido asistir a la fiesta junto a la directora de la residencia. La silla central está vacía, pero alguien ha colocado sobre la mesa un marco con la fotografía sonriente de Ifigenia, que no hubiera querido perderse su fiesta de aniversario. Después de unas palabras de recuerdo, la directora abraza a las hijas y a los nietos, los consuela y les asegura que Ifigenia no ha sentido nada.
Diego Castaño Cano
Añadir comentario
Comentarios