Por Tombol
Dentro de la serie de trabajos denominados como treatextos (y que pasaré a denominar a partir de ahora como entremeses) acompaño “Días perfectos”, retrato de un modo de vida urbano muy común, caracterizado por su cúmulo de disfuncionalidades.
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Confluyen en este trabajo tres dimensiones: Una que observa el interior de un individuo (cómo piensa y siente realmente); otra que observa a ese mismo individuo desde su acción externa; y una última que representa la presencia de la estructura de poder ejerciendo un influjo constante.
El individuo, a nivel personal, anda desorientado. Busca una salida a su desazón interior, y por ello se apega a anestésicos “espirituales” que alivien o maquillen su desesperanza. No se está criticando las técnicas meditativas por lo que son, sino el uso que se hace de ellas. Uno es capaz de agarrarse a filosofías cuyo origen está a miles de kilómetros, sin entender cuál es la esencia y el fundamento de las mismas. En cualquier caso, en las condiciones en qué vivimos, es prácticamente imposible que esas técnicas nos puedan dar algo sólido a nivel interior.
Las circunstancias que rodean al sujeto, sus modos de vida, abundan en disfuncionalidades. El sujeto pierde su energía en medio de un caos de estímulos, distracciones, nocividades varias. Lo artificioso le rodea por todas partes. Es un esclavo de un sistema que lo explota, y no entiende la razón de su existencia. Las nimiedades lo desestabilizan con facilidad. El sinsentido de la vida le habla en infinidad de momentos durante el día.
El Estado se hace presente en la vida de las personas a través de todos sus mecanismos de difusión, ejerce su presión constante para lograrlo y así determinar su comportamiento. Tienen sus altavoces sonando las 24 horas. Es la desnaturalización total de la vida. La destrucción de lo humano. El mundo de lo virtual, de lo tecnológico, es el dulce caramelo que ha logrado “el milagro”.
Verlo es el primer paso para no formar parte de él.
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