Editorial 38 - Busco a un hombre

Publicado el 30 de abril de 2026, 22:41

Invitación a la lectura del libro "Manantial del buen estoicismo"

Por Jesús Trejo

 

A mediados de los ochenta se hizo famoso (en aquella época aún no se usaba el término viral) un anuncio de colonia donde una exuberante mujer en moto, embutida en un sensual mono rojo ,se detenía, y entreabriendo su escote decía: “busco a un hombre llamado Jacq´s:  es un hombre alto, fuerte, muy especial, no retrocede ante nada…”[1]

Igualmente Diógenes el cínico, en torno al 380 ac, aunque algo menos sugerente que la muchacha, recorría a plena luz del día el ágora de Atenas con un candil encendido, gritando desesperado: “!busco a un hombre!”. Digamos entonces, que desde hace 2400 años, las cosas han cambiado poco.

Se trata de la rareza de lo humano en la historia.

Crisipo, el tercer maestro de la Stoa y compilador oficial de la primera fase de la escuela, enumeraba los cuatro vicios que dominaban los deseos de la gente común de su tiempo:

-Orthygomanía: pasión por las codornices

-Oinophlygía: pasión por el vino

-Ginekomanía: pasión por las mujeres

-Doxomanía: pasión por la gloria[2] 

Hoy día, en un mundo de sobrepeso, alcoholismo, porno e influencers, podemos igualmente poner el grito en el cielo junto con Diógenes y la motera espectacular. ¿Dónde hay siquiera un hombre de verdad?

Los estoicos, esos cínicos con camisa como solían llamarlos en la antigüedad, bebieron efectivamente del lema “vivir conforme a la naturaleza”, asilvestrando la vida, tal y como escenificaron sus mentores “perros sabios”. Y su filosofía se resumía en ser dignos del don natural con que la humanidad habitaba en el mundo, el logos, y en responsabilizarse de su posesión.

Para ellos, el logos lo inundaba todo. Era la vieja frase de Tales de Mileto: “todo está lleno de dioses”, donde el pneuma divino habitaba en cada cosa, tanto inanimada como viviente. El hombre vendría a ser el guardián y a la vez el beneficiado de esta maravilla cósmica, hasta el proceso cíclico final , la ekpirosis, cuyo fuego calcinaría  el universo entero para volver a repetir al milímetro este milagro de la existencia.

Dejando al margen esta pasada de frenada mística del estoicismo, lo cierto es que lo [3]más recuperable de su propuesta es ese énfasis en que las capacidades humanas no son un medio con el que solazarnos como proponía Epicuro, sino una responsabilidad que obliga a exponernos a lo aparentemente arriesgado, principalmente la lucha contra la tiranía y sus dos grandes instrumentos de sometimiento: la amenaza del dolor, y la tentación del placer.  Y digo aparente, porque  la cosmovisión de la stoa contenía un elixir axiológico en su ética para prevenirnos de las coacciones, haciendo que  los estímulos corporales de dolor o placer, con que pretende el sistema imperial disuadirnos de adoptar una actitud insurgente, fueran algo indiferente respecto de la valoración de lo importante, que era el atenerse a la recta razón que dictaba el logos frente a las coacciones.

El estoicismo fue la respuesta beligerante al epicureísmo, el cuál proponía precisamente poner como mayor bien alejarse de todo dolor y en lo posible conseguir placeres que no conllevaran riesgos.  En definitiva, era la propuesta antropológica más acorde con el hombre temeroso y cobarde que buscaba promover el Estado para que fueran eficaces su gobierno con amenazas. Se dice que cuando Zenón de Citio estaba ojeando volúmenes en una librería de Atenas, buscando una guía espiritual entre las diferentes propuestas filosóficas, se acercó a un círculo donde se estaba leyendo el segundo volumen de los Memorabilia de Jenofonte, recordando la figura de Sócrates, y cuando escuchó el fragmento llamado “la elección de Hércules” quedó profundamente impactado. En ese relato, Hércules debe elegir entre dos doncellas, una que le ofrece un camino fácil y regalado, mientras la otra le conmina a ejercitar su cuerpo con esfuerzo y sudor para servir a su conciencia. Conmocionado por la claridad entre las dos propuestas, el joven mercader fenicio preguntó al librero si conocía a algún hombre que le haga seguir el camino difícil, y éste le señaló a Crates, que ocasionalmente pasaba cerca.

El bueno de Zenón, el primer maestro estoico, proveniente de una  familia acomodada y pudorosa, tuvo que sufrir los envites de su maestro, que le educó en perder la vergüenza ante los convencionalismos sociales, provocando (la esencia del cinismo era provocar) que se desparramaran por todo su cuerpo unas lentejas hervidas, al romperle la tinaja que le hacía portar llevando ese humilde alimento, cuando se dio cuenta que evitaba las calles más transitadas de Atenas para no ser señalado por los ciudadanos ilustres.[4]

Esta anécdota, como otras muchas,  son de un valor inmenso, porque guardan en una imagen la clave del asunto y es que desde el momento que los hombres abandonan el camino de la justa razón que la Naturaleza nos dicta con su logos, como por ejemplo que solo lo necesario es lo suficiente, nos perdemos en trivialidades y somos vulnerables a la opinión pública y las campañas de desprestigio.   Por eso el significado de llevar las lentejas, ese alimento para pobres, y que sin embargo poseen casi todos los nutrientes necesarios para mantener al organismo equilibrado. Crates no era un rufián, era un artista de la didáctica, al obligar a Zenón a exhibirse en la alambicada Atenas totalmente cubierto de la humilde leguminosa, porque era la manera de vindicar la dignidad de lo necesario, y la vanidad de los banquetes.

Si nos desviamos hacia las extravagancias del gusto y del deseo, entonces perdemos el norte de la existencia, y entramos en el camino de la insatisfacción, porque  una vida espoleada por lo novedoso no tiene punto de saciedad. Es como un tonel lleno de agujeros que constantemente tuvieras que rellenar para mantener su capacidad, tal y como magníficamente asemejaba Sócrates a la vida dedicada a los placeres recogida en “Gorgias”.[5]

No es baladí la referencia a los orificios. Diógenes se burlaba de quienes encerraban sus tesoros bajo llave y precintos, mientras dejaban abiertos, de par en par, las puertas y ventanas de sus cuerpos: la boca, el sexo, los oídos y los ojos[6].

Porque lo que estaba en juego es si el hombre es un bestia o es un ser divino. Los epicúreos optaban por la primera idea, y por tanto, su propuesta era holgar despreocupadamente por su idílico jardín, como cerdos sabios que supieran elegir los alimentos que luego no les dieran problemas, hasta el día de san Martín. Los estoicos por contra, proponían que el hombre estaba emparentado con la divinidad, y que lejos de representarles como holgazanes autocomplacientes sin intervención en el mundo, para los estoicos ser un dios era algo esforzado y corajudo, de intensa tensión y actividad, que requería el ejercicio de todas sus potencias para encontrar la plenitud existencial, haciendo de la libertad de conciencia su principio más sagrado, aunque ello le granjeara penurias, exilio, cárcel o muerte.

Los epicúreos hicieron famosa la máxima “vive ocultamente”, que es precisamente el principio rector de las elites y el Estado, como ha mostrado una vez más el caso Epstein, donde las camarillas de poderosos llevan una vida en un universo paralelo a salvo de miradas y olor a trabajo que destila la gente común, tramando las nuevas revoluciones que renueven sus métodos de dominación.[7]

Por contra, los estoicos eran unos severos publicistas de sí mismos, porque entendían que la única manera de mejorar era que toda su actividad salga a la luz, y de ahí la importancia que le daban a la reflexión nocturna, apuntando hasta el más mínimo detalle de su comportamiento y pensamientos a lo largo del día, haciendo que la conciencia fuera el público de aquellos actos que nadie ha visto, y por tanto su censor más severo.

El jardín de Epicuro necesitaba al Estado para salvaguardar la seguridad de su recinto, con lo que el abandono que proponían de la participación en asuntos públicos era en realidad una de las formas más comunes de tiranía, al exigir que los demás defiendan sus privilegios bien resguardados. Igual pasa hoy día con la vida divertida y emocionante, llena de viajes y experiencias del individuo medio, tan reivindicativo y liberal, que como decía el personaje del coronel Jessup en la película “algunos hombres buenos”, representado magistralmente por Jack Nicholson: “Tú no puedes encajar la verdad…porque en zonas de tu interior de la que no charlas con los amiguetes, me quieres en ese muro, me necesitas en ese muro“[8]

Por contra, el estoicismo solo aceptaba como único dirigente a la propia conciencia, con las cuatro grandes virtudes de valor, sabiduría, templanza y justicia, y por ello eran profundamente refractarios al Poder, enfrentándose a él abiertamente, dado que éste siempre es una imposición de una voluntad no consensuada. Los que han defendido que el estoicismo fue la filosofía por excelencia del Imperio Romano, con dirigentes que se declararon explícitamente partidarios de esa doctrina, como Seneca o Marco Aurelio, aceptando resignadamente las cosas tal cual vengan y viviendo con sobriedad (aunque ni siquiera eso lo cumplió Séneca), se olvidan lo más esencial: que la parte luminosa de la conciencia, el logos, conllevaba una vinculación irrenunciable con la denuncia de la injusticia, la explotación, la mentira y la coerción,  y por tanto era irreconciliable con la mínima participación en las estructuras de Poder del Imperio.

Esta es la verdadera y más pura esencia del estoicismo, su rechazo combativo a la tiranía de cualquier poder, ya sea natural o político. Por eso su insistencia en ejercitarse en la precariedad, primero porque ello fortalece la voluntad, y segundo, y posiblemente lo principal, porque así no dejas ninguna oportunidad de chantaje al Estado para coaccionarte o seducirte.

Volviendo al título, hoy día no hay hombres, y por tanto tampoco nos debemos volver locos buscándolos. Pero sí podemos hacer una cosa: encender los candiles de Diógenes, para cuando la situación sea propicia y de nuevo arrecie la necesidad, sepan buscar el camino más apropiado para reencontrar su ser. Mantener viva la llama que la cultura antigua nos ha legado permite posibilitar una recuperación del hombre sabio, del sophoí, que anida en cada uno de nosotros, y que tenemos que rescatar de tanto detritus hedonista amontonados encima.

Se trata de dejar un aroma en el aire que convoque de nuevo al vivir valerosamente. Eau de Stoa.

 

Notas

 

[1]                  https://es.search.yahoo.com/search?fr=mcafee&type=E210ES850G0&p=busco+a+jack+anuncio

 

[2]                  María Daraki: “el mundo helenístico: cínicos, estoicos y epicúreos” ed. Akal, Madrid 1996, pag 25

[3] Para una breve exposición del epicureismo, léase “carta a Menelao” de Epicuro, con su exposición del tetrapharmakon, como a él gustaba llamar a su propuesta frente a la angustia mental ( el temor a los dioses y a la muerte), y a la insatisfacción corporal ( invitando a aplicar la sensatez y la prudencia en la búsqueda de placeres que no conlleven dolor posterior o dificultad severas en conseguirlos)

[4]                  Ryan Holiday: “vida de los estoicos” Ed Reverté, Barcelona 2021, pg 5

[5]                  Platón: Diálogos II, pg 95, editorial Gredos, Barcelona 2006

[6]                  L. Paquet: “les cyniques grecs” pg 100, Otawa 1975

[7]                  “Análisis sociológico del caso Epstein” le monde diplomatique abril 2026, pg 28

[8] https://www.youtube.com/watch?v=ZsWdlz6xEMY metraje del 5:30” a 5:40”

 

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