Mariconazos y mariconazis

Publicado el 1 de febrero de 2026, 8:00

Por Jesús Trejo

 

El mítico Fabio Mcnamara, referente de la movida madrileña, íntimo de Pedro Almodóvar, Alaska o Mario Vaquerizo, entre otros iconos pop de la “acultura” patria, ha salido del armario. Sí, ya sé que nunca estuvo dentro, si con ello nos referimos a la pudorosa situación que han tenido que subvertir aquellas personas timoratas y sensibles cuyas inclinaciones sexuales no se correspondían con la moral hetero institucionalizada antaño dominante. No. Él nunca tuvo pudor. Me refiero que ha mostrado por fin su verdadero rostro político: “Viva Cristo Rey”.

 

Fabio de Miguel, su apellido oficial, tiene todo su espléndido y luminoso piso lleno de cuadros de Franco. Su vena artística no le deja otra inspiración que la del salvador de la patria, el caudillo, para mayor gloria de la santa madre iglesia, sirviendo coño, como dicen ahora, y lo pinta con los colorinchis típicos del mundo LGTBI+/-, que ya inauguró su mentor Andy Warhol con otro gran sociópata, en este caso oriental, Mao Tse Tung.

 

El ejercicio del Poder siempre se ha valido de la hipocresía linguística, la neolengua como lo llamaba Orwell, para ejercer su tiranía sobre la conciencia. Para el caso que nos ocupa, hicieron relacionar al legítimo movimiento homosexual con estas figuras histriónicas, que confundían libertad con libertinaje, y que encumbraron la infancia como el mejor “estado del mundo”, al modo como hizo el movimiento dadaísta en los inicios de los años 20, y que fue la puerta de entrada al irracionalismo fascista. ¿Qué relación tiene el infantilismo con el fascio? La frivolización de la vida y de la muerte, la exigencia de que todo sea un juego, una pose, una caricatura divertida. La vida desustanciada requiere la pantomima para ser soportable. Por eso los nazis eran devotos del cabaret.

 

Resulta cuanto menos llamativa la afinidad, para mí no casual sino estructural, entre el mundo gay espectacular y el castrense. Les encanta lo brillante y la parafernalia, a unos las lentejuelas y a otros las medallas. A ambos les fascina la fantasía y lo megalómano, el colorido, los temazos y los himnos (unos del pop y otros militares). Les apasiona el estrellato, uno en los escenarios bien subvencionados y otros en los puños y hombreras de sus uniformes. Ambos comparten guetos y cuartos oscuros donde orquestar sus perversidades más estimulantes, unos en los bares de ambiente y otros en el CNI. Ambos comparten igualmente ese desdén por la chusma trabajadora y procreadora, a la que utilizan como público o como carne de cañón. Por último, el común denominador de ambos es la fatua ansia de trascendencia, que encuentra su expresión más consumada en la devoción por estampitas de santos y héroes, que les asegure el billete al paraíso celeste o al de los hombres ilustres. No es de extrañar por todo lo dicho la asidua presencia de nuestro “alegre” ministro del Interior, Grande muy grande marlaska, con el coronel de turno de la benemérita, bien acicalado y condecorado.

 

Yo viví en el mismo barrio que Fabio, la Alameda de Osuna. Coincidíamos con él en el bus, volviendo de Madrid mientras él supongo que vendría de alguna fiesta en el piso que tenía Almodóvar por Goya, o tal vez del Rock-ola, o mientras paseábamos alguna tarde, cuando yo iba a buscar a mi amigo del alma juan Carlos, que vivía cinco bloques más arriba en la misma calle que Fabio. Era fácil reconocerle. Llevaba todo el pack del punk, con un toque sibarita a lo Bowie: cresta rubia o roja, labios pintados, igual que los ojos, chupa de cuero y pantalón ajustado, contorneando su esbelta figura. Era guapísimo el cabrón, absorto en sus historias, con ese aire de ausencia supremacista que dimanan los nietzscheanos: el ensimismamiento “en sus cosas de famoso” como diría el humorista David Guapo.

 

Hay que reconocer al “chaval” su apego a la prosaica realidad de los pobres mortales. El solía ir en transporte público, en el 115, el autobús que salía de Diego de León hasta Barajas, y se bajaba en la parada del segundo puente de la vía, como así solíamos llamar a la que quedaba más cerca de la calle de la Rioja que compartían mi amigo juan y él, y no hacía mientes ni se regodeaba de su fama, aunque tal vez fuera porque para él la gente normal no importábamos nada, o porque iba tan puesto que no se percataba de la realidad de carne y hueso que inhalaba aire y profería sonidos articulados a su alrededor.

 

Sea como fuere, el divo McNamara desarrolló la entrevista más coherente que yo he leído de la mariconería oficial, sin filtros. Reconoce que la vida solo merece la pena si hay diversión, y la diversión solo la da el dinero (“si no hay dinerito, no me divierto”); que ahora más que nunca hay que reivindicar a Franco, que hay que ir a misa para lograr la salvación, y que solo puede hacer “arte” si se toma “cosas” .1

 

Esto es la esencia de la transgresión, estimulada por las subvenciones institucionales. La gran farsa de la movida de los 80 fue solamente eso, un monumental teatro de postureo, lleno de ruido, pintillas estrafalarias y mucha droga, para infantilizar a un sector importante de la juventud desencantada con el nuevo collar democrático puesto al mismo perro tiránico de siempre. Mientras La Polla Records, Eskorbuto, o Hertzainak cantaban las excelsas bondades del nuevo régimen y su reguero de tortura, paro, desesperación y represión, los chicos malos y traviesos de la movida hacían coro al unísono con el docto alcalde de Madrid, Enrique Tierno Galván, y su grito de guerra: “a drogarse, a drogarse”.

 

Fabio es infantil y es un drogadicto, y como los niños y los borrachos, dice la verdad. La Movida era eso: Viva Cristo Rey .

 

Jesús Trejo

 

1 https://www.vanitatis.elconfidencial.com/estilo/ocio/2025-12-31/fabio-miguel-mcnamara-franquista-catolico_4276709/

 

 

Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios