Por Ruth Barberán García, lectora de VyR
En 1995 mi compañero argentino quiso comprar unos vídeos que sacaba el diario El País los domingos sobre La Transición Española.
Mirando uno de ellos, donde salían unas imágenes de la calle, al fondo reconocí un cartel del PSOE donde se podía leer “OTAN, de entrada, NO”.
Me bofeteó en la cara leer ese eslogan, que recordaba perfectamente, con la perspectiva que el tiempo y los acontecimientos transcurridos, me daban.
Porque me di cuenta que cuando lo había leído en aquel entonces, lo que entendí (y como yo, creo que muchos más) fue: “NO a la entrada en la OTAN”.
Pero no era eso lo que nos estaban diciendo. Pérfidamente nos estaban diciendo la verdad. De entrada, no, pero luego sí.
La manifestación del NO a la OTAN fue la primera que fui, siendo adolescente, allá por los años 80. Y no me gustó lo que viví. En definitiva, un acto festivo. Nadie parecía realmente preocupado.
No volví a participar en otra hasta muchos años después y casi a mi pesar. La del No a la Guerra de Irak del 2003.
Por aquel entonces anualmente tocaba en unos conciertos didácticos de música tradicional catalana , para escolares, en el Auditori de Barcelona.
Uno de los músicos propuso sumarse a alguna iniciativa reivindicativa en ese sentido. Que Bush pare la guerra, era lo que se pedía. Pero entonces, cuando ya todos dijimos que nos parecía bien parar la música en el momento de la convocatoria, un momento, simbólicamente, salieron varios músicos objetando que debíamos buscar un sitio adecuado (musicalmente hablando) para dejar de tocar. Nos enzarzamos en discusiones al respecto y ya ni recuerdo qué decidimos. Lo que sí recuerdo es la sensación de banalidad primermundista a mi alrededor. Queríamos que Bush parara la guerra a pesar de sus negocios y objetivos, pero nosotros no podíamos interrumpir bruscamente la música por si a alguien le sonaba mal…
Otro recuerdo de esa misma época fue que siendo secretaria de una escuela de música, quise sumarme a una huelga promovida por los anarquistas y promocioné que los profesores hicieran lo mismo. Al final sólo se sumó mi compañero argentino, que daba clases de bajo. Yo no trabajé pero sí fui a la escuela y estuve toda la tarde en el patio, en silencio. Me dio por ahí. Estaba muy apesadumbrada y desesperanzada porque el día anterior, un alumno de trompeta muy alternativo y con rastas, me dijo que si su profesor de trompeta hacía huelga él exigía que se la recuperara otro día. Una vez más, todos queríamos que Bush renunciara a sus planes pero él no podía perder su clase.
Cuando se convocó la manifestación del No a la Guerra, no pensaba salir a la calle pero finalmente y por mi estado de ánimo, decidí salir. Fui sola. En silencio. Me impactó ver tantísima gente en las calles. Pero el ambiente era parecido a mi primera manifestación. Días más tarde, un buen amigo mío me contó que a él le pasó lo mismo. No pensaba ir, pero al final salió, solo y en silencio.
Al respecto, recomiendo la lectura del artículo de Antonio Hidalgo de Diciembre de 2023 en Virtud y Revolución.
Pero, volviendo al principio, subrayo la importancia de no caer en la trampa de las palabras porque pueden ser muy engañosas. Realmente uno entiende lo que quiere entender, aunque sea muy evidente la trampa, por estar encerrados en nuestras propias opiniones, nuestras prisiones esquemáticas, de las cuales no vemos ni las rejas.
Las del pasado son fáciles de ver.
¿Cuáles me encierran ahora?
PD: Escribo este artículo después de la escucha de la 3ª entrevista a Félix Rodrigo Mora sobre Euskal Erria, en la que me entero que el concepto de Derecho de Autodeterminación lo inventó EEUU para poder ser ellos quienes neocolonizaran las antiguas colonias europeas. Esa, al menos, no me la colaron, pero era un dato que desconocía.
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