Por Diego Castaño Cano
Bambi era un cervatillo feúcho, enclenque y bastante estúpido. De todas las crías que nacieron en primavera, fue el último en ser destetado por su madre, y todavía le llevó más tiempo aprender a ponerse de pie sobre sus cuatro patas. Su paso era errático, y su trote desgarbado, pero Bambi compensaba su debilidad física con un gran sentido del olfato que le permitía descubrir las castañas más sabrosas que se escondían bajo la hojarasca y comérselas con voracidad para no tener que compartirlas con ningún otro ciervo.
La infancia resultó todo un suplicio para el pequeño Bambi. Sus compañeros le asestaban coces e improvisaban ingeniosos chistes sobre sus extrañas cejas y sus balidos, demasiado agudos para un ciervo macho. Por si fuera poco, nunca consiguió entender nada de lo que explicaban los profesores de la escuela del bosque, empeñados en desmerecer sus trabajos y compararlos con los de su padre, toda una eminencia académica y un ciervo anciano y perspicaz que siempre esperó demasiado de su vástago, mucho más de lo que un animalillo pusilánime y corto de entendederas podía ofrecer.
Si bien no estaba a la altura de su progenitor, la sombra que proyectaba la gran cornamenta de su abuelo todavía era más alargada. El abuelo había sido un fornido cérvido que pronto desafió al macho alfa de los bosques del norte para proclamarse jefe y montar a todas las hembras de las inmediaciones. Pese a ser temido por todos los de su especie, el abuelo de Bambi presumía de ser un líder justo y solidario con los animales más indefensos y necesitados, prometiéndoles repartir a partes iguales la hierba más fresca, las bellotas más dulces y los brotes más tiernos, incluso en tiempos de escasez. Pero ningún animal se sorprendió cuando el abuelo de Bambi hizo una alianza contra natura con los lobos, un triste episodio que comportó la gran matanza de ciervos de octubre de 1934. Algunos testigos llegaron a presenciar cómo su abuelo extraía su hocico manchado de sangre de las entrañas de un cérvido al que había dado muerte con su poderosa cornamenta. ¿Desde cuándo los ciervos son animales carnívoros? Pero los mismos lobos que se aliaron con el rey de la República del bosque acabaron devorando a su abuelo en agosto del 36. Desde entonces, la manada vivió con miedo, atemorizada por los aullidos de los lobos y los ladridos de las zorras de camisa azul.
El joven Bambi soñaba con emular a su abuelo y convertirse en el macho alfa de la manada de ciervos. Así se lo anunciaba a sus compañeros, que le miraban con una mezcla de asco e incredulidad cuando les prometía que sería un jefe justo y compasivo.
—¿Cómo vas a ser tú el ciervo jefe, si eres el cervatillo más débil de todo el bosque?, le advertían.
—Haciendo una gran alianza con todos los animales del ecosistema, herbívoros y carnívoros, irracionales y humanos, terrestres y acuáticos, peludos y con plumas...
Pasaron los meses y Bambi se convirtió en un joven macho adulto. Pese a que su cornamenta era minúscula y su berrido casi inaudible, consiguió aparearse con una hembra y ser padre de un par de gabatas. Cierto es que la hembra parecía más un reno que un ciervo, y que sus dos crías eran unas cervatillas extrañas que lamían y masticaban los huesos de los cadáveres que encontraban en el bosque, antes de retozar en las noches de luna llena.
Pero lo más sorprendente no fue su éxito reproductivo, sino político. Bambi hizo realidad su gran ambición de ser elegido jefe de la manada de ciervos. ¿Cómo lo consiguió? Algunos animales dicen que llevaba mucho tiempo reuniéndose en secreto con los treinta y tres animales más grandes y poderosos del bosque en unas tenidas que se celebraban debajo de un árbol con hojas en forma de triángulo. De lo que se trataba en esas reuniones, poco o nada sabían los demás habitantes del bosque, pero esos grandes animales pusieron sus grandes cornamentas al servicio del apocado Bambi, que se alzó como ciervo jefe.
Tras un tiempo de esforzado liderazgo, Bambi dejó de chocar los cuernos con otros machos y cedió el poder a nuevos jefes, igualmente infames. Durante su reinado la comida había sido especialmente escasa, las crías de la manada nunca estuvieron tan delgadas y las manadas de lobos se multiplicaron, el bosque se llenó corzos y gamos llegados desde muy lejos, a las ciervas les crecieron grandes cuernos y los machos se empeñaron en quedarse preñados, pero casi todos le recordaban como un jefe bastante inofensivo, incluso aceptable. Los ciervos son animales majestuosos y rápidos, pero tienen poca memoria.
Liberado de sus quehaceres políticos, el experimentado ciervo se dedicó a cruzar el charco del bosque para tener tratos con un macho alfa de la otra orilla, un despiadado cornúpeto que tenía a su manada aterrorizada y muerta de hambre. Algunos empezaron a sospechar que Bambi llevaba mucho tiempo almacenando las bellotas que sus amigos Tambor, el conejo, y Flor, la mofeta, les sisaban a los otros ciervos. Pronto empezó a circular un cuento de terror que los animales se explicaban en secreto por las noches, el cuento de Las malvadas hijas de Bambi, un par de brujas que se llevaban a los cervatillos recién paridos y los sacrificaban al Dios Lobo, para luego comerse las bellotas que les proporcionaba su padre.
Pese a la mala fama que estaba adquiriendo Bambi, el anciano mamífero estaba tranquilo. ¿Qué podía sucederle? Un día estaba dormitando, amagado en el sotobosque, cuando le despertó con nerviosismo el ciervo Falcón, el actual macho alfa de la manada. Estaba en apuros y pidió ayuda al anciano Bambi, explicándole que había dos ciervos de la zona derecha del bosque que amenazaban su liderazgo. El ciervo Dorado había descubierto el depósito de frutos que la hembra de Falcón había acumulado; el ciervo Franco cuestionaba que el bosque se hubiera llenado de animales llegados de otras comarcas.
—¿Qué podemos hacer, Bambi? ¡Quiero seguir siendo el ciervo jefe hasta que me muera!, le dijo Falcón.
— ¡Aguanta, Falcón, aguanta!, le contestó Bambi.
Y mientras los dos ciervos mantenían esta conversación, ignoraban que a unos 100 metros les apuntaba con un rifle el cazador Isidoro, uno de los hombres encargados de gestionar el coto de caza del bosque. Pese a que Isidoro simpatizaba con estos dos ciervos porque su casa se encontraba a la izquierda del bosque, comprendió en seguida que necesitaba hacerse con las pieles de estos dos animales. Levantó el arma, observó por la mira telescópica, apuntó a los pulmones de Bambi y disparó un tiro certero que provocó la muerte en el acto del esmirriado ciervo. Pese a que el ruido del disparo ahuyentó a Falcón, que salió disparado con el objetivo de abandonar ese lugar tan peligroso, el cazador Isidoro mantuvo la calma y apuntó con serenidad a Falcón, un magnífico ejemplar de gran belleza que podría proporcionarle más de 50 kilos de carne. La luz infrarroja se reflejó en el pelaje del jefe Falcón, antes de que pudiera alejarse lo suficiente.
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