Por Tombol
Dentro de la serie de Entremeses que están siendo publicados, se acompaña ahora Viaje a Vrindavan, una suerte de alegoría que nos habla del individuo occidental tipo que opta por acercarse a las filosofías y disciplinas de corte orientalista, buscando un camino salvífico y de autoconocimiento.
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El marco del relato lo establecen un hombre anciano y otro joven. El anciano representa el resquicio de la antigua sabiduría y tradición autóctona. El joven representa a una nueva generación, que busca respuestas.
Astracán es el personaje central, alrededor de quien gira todo el relato. Es un individuo que se deja llevar por cantos de sirena y acude a Vrindavan, típica ciudad india en la que proliferan centros que inculcan técnicas y filosofías de la espiritualidad. Lo que ha empujado a Astracán a ir allí es un vacío existencial, un sinsentido vital, pues la civilización moderna actual de occidente le ha generado insatisfacción personal y podredumbre mental a manos llenas.
Pero vemos el primer punto del autoengaño de Astracán. Busca un camino de autorrealización fácil, cómodo (“…solo voy a tener que perseverar” …), a realizar en pocas jornadas. Este tipo de filosofías orientales, tal y cómo se aplican en Occidente, se llevan a cabo a partir de caminos y fórmulas que prometen éxito siguiendo cómodos y asequibles pasos para cualquiera. Son fórmulas que promocionan las disciplinas individualizantes y aislantes respecto a los demás; y que funcionan desde un sometimiento a la fe y a la jerarquía instaurada en la organización de turno.
El maestro es el cuarto personaje del relato. Aparece constantemente como autoridad omnipotente, como gurú incuestionable. Aunque el retrato está caricaturizado, contiene las características propias de lo que es esta figura en la vida real. Se mueve dando órdenes, su filosofía está prestada de antiguas escrituras orientales o de modernas adaptaciones, de modo que todo discurre desde su “paz y amor”. Hay toda una parafernalia, un marketing, en ese mundo de los orientalismos… y funciona bien.
Son dos figuras que encajan a la perfección: El individuo que, desolado y extraviadas sus raíces, busca que lo salven (se siente víctima); y el individuo con poder (eso es lo que hace creer), un depredador de los que se sienten desasistidos.
En poco tiempo, el alumno Astracán cree que ha alcanzado un nivel espiritual considerable. Se apodera de él una efervescencia irracional, siente que ha alcanzado un estado interior elevado.
Cuando las cosas se ponen mal, Astracán entra en pánico, y corre a pedir socorro al maestro. Y las siguientes escenas muestran la esencia de una realidad, difícil de ver por quienes están imbuidos en aquella clase de filosofías.
El joven que habla con el anciano pregunta, quiere entender la realidad: Le cuesta entender la naturaleza del mal, de la violencia, del poder… todas ellas tienen su germen en el interior del ser humano.
La voz final de Astracán es la voz de quien está buscando libertad interior, coherencia verdadera, y que no tira la toalla a pesar de los errores, y que comprende que los caminos fáciles son delirios de una mente que evita enfrentarse a la verdadera realidad que está ante nuestros ojos.
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