Por Jesús Trejo
“¿Qué jura en realidad el funcionario público, sino observar bien y fielmente las leyes? El juramento cumple una función concreta…conferir ritualidad formal a la inclusión de un individuo en un organismo colectivo, dentro del cual y para el cual obrará a partir de ese momento. Responde, pues, a la misma necesidad que se advierte dentro del sistema mafioso”[1]
El término italiano “omertá” se empezó a utilizar para referirse al código de silencio autoimpuesto entre implicados en actividades criminales, principalmente mafiosas, que impedían destapar el engranaje delictivo y de extorsión que ejercían, evitando denunciarlas por miedo a represalias, generalmente con consecuencias fatales. No es casual que el término provenga de la lengua italiana, pues fue en ese Estado donde principalmente se expandió la actividad delictiva vinculada íntimamente al comercio de heroína hacia EEUU después de la II GM[2].
Para entender estas organizaciones, hay que entender la esencia jerárquica en la que se originan. El Estado es la principal organización mafiosa, “il capo di tutti li capi”, cuya actividad delictiva es la extorsión vía impuestos, a cambio de ofrecer supuesta seguridad. Para ello debe justificarse ante la sociedad creando las condiciones que hagan necesarias dicha tutela, propiciando el crimen, la enfermedad y la ignorancia, desde sus distintas organizaciones paraestatales legales (multinacionales de la alimentación y del entretenimiento) e ilegales (mundo de la delincuencia) para luego postularse como redentor de los males populares, a costa de la “mordida” vía impuestos. Da igual que luego esa sanidad universal se ponga en cabeza de las causas de muerte, que la policía mire hacia otro lado cuando la delincuencia provenga de estamentos o etnias protegidas políticamente, o que el sistema educativo lleve a los jóvenes directamente a los brazos de la droga y el alcohol por su locura curricular. El propósito, la extorsión aceptada resignadamente, está cumplido.
Siempre he deseado que de ese escaso porcentaje de la población que pertenece a la cúpula dirigente de la estructura de Poder, alguno quisiera desquitarse con su conciencia y hablara en sus memorias de los tejemanejes perversos que confeccionan para preservar y expandir su dominio sobre la sociedad, y se explayara sobre las relaciones entre los grupos de poder (económico, militar, político, judicial, mediático, cultural, educativo, etc.), sobre la confección de proyectos biopolíticos, sobre las alianzas internacionales ocultas y el uso de servicios secretos. La mayor parte de sus chanchullos se orquestan en viajes maquillados como eventos institucionales o lúdicos, en viajes de avión compartidos, en fines de semana en campos de golf, o en entregas de premios diseñados ad hoc para que “confraternicen” las elites de cada sección del poder. Pero eso no va a suceder, dada la cada vez más cerrada y hermética vigilancia que los distintos dispositivos de censura imponen sobre el pensamiento. Primero, porque para confeccionar unas memorias sinceras debes estar libre de condicionamientos ideológicos y emocionales, del apego de clase o de clan, cosa ya de por sí excepcional. Segundo, porque para ser publicada, y más tarde distribuida, se necesita de editoriales y distribuidoras que están en las mismas manos de aquellos a los que denunciar. Tercero, porque llegado al inverosímil punto de que llegaran al público, será baneada, ninguneada y adulterada por la legión de influencers y tertulianos que hacen de la posverdad su profesión en beneficio de sus pagadores.
Como sabemos que ese deseo de confesión de las elites es política-ficción, sí quiero incidir en otra cuestión más realista y más importante. Y es la omertá que existe en el seno del pueblo, el otro tipo de silenciamiento del crimen, la autocensura. No nos miramos directamente al interior de nuestra alma, porque la cantidad de pequeños crímenes y de grandes oprobios institucionales padecidos o de los que tenemos constancia nos pertubarían, y como nos han dictado que lo más importante es la felicidad, no interesa sincerarnos y hacer examen de conciencia. Especialmente cuando tu trabajo depende de un pacto institucional, como el firmado por los casi 3 millones de funcionarios, que se asemeja a la confuciana actitud de los 3 monos sabios: ver, oír y callar.
Por eso una de las tareas revolucionarias más importantes es volver a recuperar la virtud en el interior de cada uno, con tareas cotidianas de introspección, sopesando las bases sobre las que se asientan nuestras acciones y actividades cotidianas, y mirarnos al espejo moral con frecuencia. Descubrir y denunciar la interiorización del Estado, esa cosmovisión de los derechos, que es una manera vergonzante de exigir ser servidos por los demás, local y globalmente, mientras nos olvidamos de los deberes como seres humanos hacia los demás y hacia los problemas de calado en todos los ámbitos de la vida. En el próximo encuentro de la Revolución Integral a celebrar del 10 al 12 de octubre tenemos diseñado un taller específico a la autoconstrucción del sujeto, donde se tratarán estas cuestiones[3].
Tenemos que desfuncionarizarnos, sacar al Estado fuera de nuestros ámbitos, purgarnos de toda ayuda institucional posible, y de toda ideología de la subvención. Ello no obsta que en el plano táctico y funcional, seamos inteligentes y cuando no haya más remedio usar su entramado, entre otras cosas porque todo está transido de su telaraña: el trabajo, el transporte, la información, etc. Hay que saber usar las posibilidades que ofrece, pero sin caer en mistificaciones, sabiendo que todo lo que toca y ofrece el estamento estatal es un regalo envenenado.
Superar la omertá dentro de nuestras cabezas es una de las luchas que el movimiento por la Revolución Integral trata de sostener. Una superación del silencio cómplice que, por miedo a perder cuotas de bienestar relacional o económico, nos imponemos, y nos impide siquiera hablar con sinceridad de las prebendas a las que nos aferramos, las bases sobre la que asentamos nuestro objetivo de vida, nuestros vínculos afectivos y nuestras ideas sociales. La revolución comienza como catástrofe de un modo de vida impostado, para construirse como una versión auténtica desde las ruinas de lo falso.
La Omertá comienza a romperse cuando el pacto de beneficiencia en la que se basa la extorsión mafiosa empieza a fallar. El supuesto bienestarismo con que nos adulaba el Estado para mantener la opresiva máquina impositiva se va a ver cada vez más en entredicho por la demanda de la columna vertebral del Poder, el ejército, interpone al resto de partidas sociales. Estas irán mermando y la gente comenzará a irse de la lengua, mientras los testaferros ideológicos de los capos estatales se quedan sin argumentos. Ahora mismo, la esencia del Estado de derecho, el burocratismo legislativo, se ha visto en entredicho con la cuestión de los incendios, porque la vulnerabilidad inflamable de los bosques está íntimamente propiciada por el solapamiento de leyes e instituciones que impedían de facto su limpieza y preservación, además de habérselos secularmente arrebatados a los legítimos propietarios, los únicos que pueden velar como los padres velan a los hijos en su desarrollo y mantenimiento, los concejos comunales.
El pacto de silencio se va a ir resquebrajando, y luego vendrá una época de torpeza comunicacional, dado que el poco uso del discurso, por tanto callado y tanto que decir, nos han hecho torpes. Pero poco a poco iremos encontrando el discurso, preámbulo de la acción. Ayudemos a superar la Omertá en el seno del pueblo, expresando las verdades del barquero, y animando a que la gente salga a la palestra, aunque sea balbuceando. Un balbuceo de verdad popular vale más que mil discursos remilgados de los sicarios intelectuales del sistema.
Notas
[1] “quien tiene miedo muere a diario” Giuseppe Ayala. Gatopardo ed, pag 199
[2] El estado italiano tras la contienda mundial fue penetrado profundamente por estas organizaciones, aupadas por EEUU para controlar y sofocar al poderoso movimiento partisano, y también para facilitar la entrada de droga a Norteamérica, aprovechando la gran presencia latina en USA. Se mantuvo in crescendo hasta los años 90, época a partir de la cual, se empezó a limitar sus excesivos ámbitos de acción. El ascenso del juez Giovanni Falcone y su íntimo amigo Paolo Borsellino con capacidad plenipotenciaria para desarticular el entramado criminal de la ndrangheta calabresa y la cosa nostra siciliana fue un intento de las más altas instancias del estado italiano por acotar las capacidades operativas que por momentos interferían en los intereses globales de las elites italo-norteamericanas. Los atentados que acabaron con ambos magistrados en 1992 fueron seguramente inducidos desde las altas instancias institucionales porque estaban llegando demasiado lejos en su celo profesional, y sus pesquisas involucraban a sectores del propio engranaje constitucional
[3] “X encuentro por la revolución integral”, 18 al 20 de octubre en La Pobla de Benifassà, alberque Font Lluny. información e inscripciones “decimoencuentrori@gmail.com”
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