Por Jesús Trejo
“Vivan las caenas y muera la Nación” apócrifo andaluz pocos años después de la aprobación de la constitución de 1812.
“El motín de la Trucha”, Zamora, 1158, donde las gentes concejiles se conjuraron para ajusticiar a la nobleza que estaba reunida en la Iglesia Santa María (la Nueva), quemándoles a todos en el interior del templo.
A la hora de interpretar la Historia, los investigadores universitarios parten para confeccionar su narración de unos hechos y de unas gafas conceptuales, con las que los leen. Es la aplicación del método axiomático a las ciencias sociales, donde se parte de unas hipótesis de trabajo que se dan por supuestas. Los hechos en principio están recogidos en crónicas, diplomas, encomiendas, actas, memorias, etc., y también en otro tipo de escritos, los arqueológicos, como asentamientos, monedas, armas, enterramientos, construcciones, carreteras o caminos, portillos montañosos o restos biológicos. Y luego está la mente del historiador institucional, conformada por los paradigmas de la ciencia normal que dominan tanto el proceso curricular académico, como el posterior proceso investigador.
La “historia de España” oficial, al igual que el resto de historias oficiales de cada nación, está transida de un principio axiomático incuestionable que dirige la mirada del investigador ortodoxo: el pueblo no es el sujeto de la historia, sino solo una masa sobre la cual los maestros panaderos del Poder, a base de apalearla, aplastarla, dejarla en reposo y volver a moldear (a veces con formas suaves, a veces con barras y barrotes marcando su superficie), confeccionan el decurso de sus dominios. Todos los ingredientes de esa masa, se nos dice, eran sabiamente combinados por los “prudentes” monarcas que han regido la tahona hispánica, y junto al porcentaje exacto de mezcla de harina, sal y agua, los eruditos cronistas incidían en la importancia de la levadura que hiciera crecer y resaltar la hogaza social, añadida por la elite aristocrática, hombres y mujeres (tanto monta, monta tanto). De tal forma, que los libros de historia se parecen a los libros de postres de Eva Arguiñano. Son “res gestae”[1], o en nuestro símil, “res posteriae”, que nos hablan de la maestría en la manipulación de esta pasta popular, informe y pasiva, haciendo las delicias de los consumidores actuales de cuentos felices y aletargantes, como nos advertía poéticamente León Felipe.[2]
Uno de estos cuentos sobre la necesidad que tiene el populacho de ser amasado y educado, y de la justificación de maestros panaderos que sepan cómo hornearnos, es la frase que encabeza el artículo: “!que vivan las caenas y muera la nación!”. Parece ser que tuvo su nacimiento en Sevilla, pero seguramente sea más gaditana por la sorna que contiene. Una frase donde la bruma del tiempo nos la hace vagamente situar en 1823, tras el tenebroso y sanguinario trienio liberal del general Riego, pero que a mí me da más bien que ya se paseaba desde 1814 por las calles de Cádiz y allende de la Puerta de Tierra[3], tras haber sido los primeros en probar in situ los expeditivos métodos con que la Pepa campaba por sus respetos en el puerto y la campiña gaditana. No es casual que el fenómeno del bandolerismo, una respuesta popular al robo vía impuestos y a la represión de las libertades municipales que implantó el nuevo Estado liberal, arraigara especialmente en esta zona del reino, por la serranía de Ronda, los cerros de Úbeda y la sierra de Grazalema.
Para la historia oficial, la que se transmite en todo el sistema educativo formal y digital, el vítore jocoso a los birretes, era una muestra del atraso del populacho, de su tradicionalismo cateto y mojigato, de la ascendencia que tenía la Iglesia en el seno de las gentes humildes, que dominaban la mente popular. Poco importa que los datos apunten a que precisamente fue el clero quien tuvo un papel decisivo en la aprobación del texto constitucional, precisamente en el oratorio de San Felipe Neri, y que fue obligatorio leer en todas las iglesias un artículo cada domingo del texto liberal impuesto.
He bajado unos días a la provincia de Cádiz. En el viaje pasé por el lugar aproximado donde tuvo lugar la épica batalla de las Navas de Tolosa, el 16 de Julio de 1212, cerca de la actual villa La Carolina, donde la narración institucional ningunea el papel decisivo que las milicias concejiles y la caballería villana tuvieron para dar el golpe de gracia al dominio musulmán almohade. Luego recalé en Úbeda y Baeza. Me asombró el paisaje rodeado de una impresionante cordillera, pero más aún me anonadó la riqueza arquitectónica de ambos enclaves, casas concejiles, de gremios y señoriales, de estilo renacentista por doquier, catedrales ampulosas, murallas soberbias, muestras de una pujante soberanía municipal dada la situación fronteriza frente al todavía no doblegado reino nazarí. Poco o nada se habla de estos fueros concedidos por los distintos monarcas desde Fernando III, que a pesar de estar ya muy condicionados por el fortalecimiento de la corona y su presencia en la ventricuatría[4], aun preservaban viejas tradicionales autosoberanas. Después me dirigí a Ronda para enmudecer de nuevo ante su vega y su puente imposible sobre el tajo del río Guadavelín, y por cuya serranía se asentaron partidas carlistas contra el desahucio liberal de las aun persistentes libertades municipales, y poco después visité Setenil de las Bodegas, pueblo asombroso construido en tres alturas, la más baja directamente debajo de las rocas, y que sufrió el expolio terrible de sus campos, molinos, batanes e industria en el proceso desamortizador... Me adentré por último en la sierra de Grazalema, refugio de bandoleros, donde en uno de sus pueblos, Benamahoma, se celebran las famosas batallas de moros y cristianos, reviviendo las constantes tomas y abandonos de plazas que sufrieron esos lugares en el proceso de emancipación sobre el dominio musulmán, representándose la captura por parte de los moros de una joven, y su posterior liberación por los cristianos, en clara referencia al rapto masivo de niñas y mujeres jóvenes que caracterizaron la presencia de las huestes islámicas en la península.
Que un pueblo como el andaluz, con esta ilustre y digna tradición de libertad, independencia, virtud y desafío al poder que tiene tras de sí, tenga que soportar los insultos de los ilustrados apoltronados en cómodos sillones universitarios, tildándoles de zafios, mojigatos, reaccionarios o retrasados, porque en su lúcida e ingeniosa expresión de “vivan las caenas y muera la nación” hagan mención a la elección por la suave tiranía del impotente antiguo régimen frente a la despiadada imposición de tasas y conscripción militar a que obligaba la construcción de la nación constituyente, es algo tan bochornoso que da vergüenza ajena. Los agudos andaluces desnudaron con psicología inversa lo que suponía la supuesta libertad con que se llenaban la boca los voceros del nuevo régimen constituyente. Si la libertad era ejército, levas, impuestos asfixiantes, represión y robo de propiedades concejiles, entonces preferían las cadenas de antaño, menos agresivas[5].
Cambiando de tercio geográfico, en Zamora, ciudad testigo de las luchas fratricidas de la dinastía castellana, entre Juana la Beltraneja (bando proluso) e Isabel (bando proaragonés) en 1475, nos encontramos con otro hecho soslayado por la historiografía, como fue la revuelta o motín de la población zamorana contra la nobleza ciudadana, en 1158, trescientos años antes de este choque entre facciones del poder. Se conoce como el motín de la Trucha, porque alude a un supuesto encontronazo entre un joven del pueblo y un sirviente de un noble, por el motivo de hacerse con la última trucha del mercado. Parece que se formó un tumulto, y que la nobleza se reunió en la iglesia de santa maría, para deliberar qué castigo imponer a los cabecillas. Mientras deliberaban, el pueblo cerró las puertas del templo y quemó a todo el estamento de la nobleza local. Igualmente, este suceso cae en la tiniebla alevosa del olvido institucional, porque rompe algunos esquemas típicos de la sumisión del pueblo hacia la nobleza y la corona. Lo que latía aquí eran las tensiones provocadas por el doble poder entre instituciones concejiles y estructuras estatales, que ya estaban decantándose en favor de estas últimas, pero que aún mantenía una inercia en la dignidad de las gentes populares frente a la sustracción de sus libertades de autogobierno. El hecho de que quemaran al conjunto de la cúpula mandante dentro de la iglesia dice mucho del poco respeto que se tenía aun al clero y a la nobleza, frente a lo que nos dicta el paradigma oficial del feudalismo.
Ejemplos de estos están por doquier diseminados en los márgenes de la historia oficial, porque precisamente el marchamo de ciencia implica que ésta se hace bajo presupuestos teóricos, a los que luego se incorporan los datos empíricos. Thomas Kuhn[6] estudió cómo detrás de la supuesta objetividad aséptica de las teorías científicas se esconden cosmovisiones, ideas y prejuicios que condicionan la actividad de los profesionales, y que hoy día son verdaderas religiones políticas impulsadas de los púlpitos universitarios y sus divulgadores digitales.
Por eso hay que ser cautos a la hora de consumir la historia ampulosa, la de reyes y reinas, la insuflada por la levadura introducida por los cronistas aúlicos de todos los tiempos, y saber leer entre líneas, buscando el pálpito popular, sus voluntades y tendencias, sus razones para “apoyar” a un bando o a otro en las tensiones internas de las elites, y no caer en la simplificación de explicar los vaivenes del pasado atendiendo únicamente a las personalidades que eventualmente estuvieran al frente de la estructura del Estado. Y precisamente para no simplificar, y para realzar el decisivo papel de la voluntad de todos los actores sociales en la historia, no obviaremos que una pequeña influencia siempre ha tenido el carácter de los dirigentes, pero nimia respecto al amplio espectro de intereses del grupo dirigente que representan.
Frente a la historia oficial, conviene mirar la otra historia, la de estudiosos locales, sin ánimo de lucro o de medro dentro del sistema educativo, que con menos devoción por los grandes sacramentos ideológicos impuestos con los paradigmas institucionales, nos ofrecen miradas desde el seno del pueblo y no desde las alturas, mostrando cómo las gentes de cada localidad hicieron lo que hicieron según voluntad y decisión propia, atendiendo a códigos que no solo tienen que ver con mejorar económicamente su vida, sino que también tienen que ver con la dignidad, la libertad o la defensa de tradiciones sodalicias. Estas otras historias locales, discretamente silenciadas por las grandes editoriales y centros de difusión, son las que deben servirnos de fuentes inspiradoras y de comprensión, mucho menos ideologizadas desde lo institucional (aunque obviamente con sesgos propios del autor)[7]
He comenzado el artículo haciendo referencia a ese axioma de la historia donde se presenta al pueblo como comparsa y mero agregado en los planes de los dirigentes institucionales, para amplificar así el papel de las elites mandantes y justificar su presencia omnímoda en todos los órdenes de la vida, haciendo de la historia un producto propagandístico. Y he utilizado la imagen de la repostería, asemejando la historia a recetas donde la masa panadera contiene cada vez menos autenticidad en los ingredientes y más aditivos, más edulcorada y contaminada. Tal vez, siguiendo el símil, deberíamos volver al pan ácimo de la primera tradición cristiana, mucho más sobrio, sin añadidos artificiales que lo hagan agradable, inciten a la gula o intoxiquen. Simplemente, que nos nutran. Así deberíamos releer los hechos históricos, sin tanta levadura, edulcorantes o conservantes que embellezcan el papel de la tiranía de los mandantes, y que nos quedemos con lo esencial: harina, sal y agua del pueblo, con sus virtudes y sus defectos.
Notas
[1] La expresión “res gestae” proviene de las memorias que el emperador Augusto escribió, ensalzando su figura y su dirección en las cosas del Imperio. “Res gestae divi Augustus”. Desde entonces, la inmensa mayoría de la producción historiográfica se ha centrado en las voluntades de los grandes hombres o mujeres dirigentes, sin tener en cuenta la voluntad, el ánimo y la decisión de los pueblos que dirigieron.
[2] “Sé todos los cuentos” León Felipe, 1950, en libro “llamadme publicano".
[3] La Puerta de Tierra, o Puerta Tierra, es la entrada a la ciudad de Cádiz desde la parte más occidental.
[4] La ventricuatría o caballero veinticuatro, era una imposición de un representante de la corona al concejo abierto, que anticipaba el ayuntamiento o concejo cerrado, y que fue muy frecuente en Andalucía. Hace referencia a 24 caballeros que a la toma de Granada, estuvieron al cargo de cada una de las entradas a la ciudad.
[5] “ La raíz del Carlismo hay que buscarla a nivel de conflicto social, teniendo en cuenta para ello la experiencia del Trienio constitucional y los intentos reformadores de los últimos años fernandinos. Fue la defensa de unas formas de vida que entonces se deterioraron, lo que impulsó a tomar partido a muchos miles de hombres. No significó la defensa de un orden social, político y económico arcaico e injusto, sino de un orden en el que cada individuo tenía su lugar y el sistema sus propios mecanismos de compensación. Con la ruptura liberal, las clases populares se vieron inmersas en un sistema tan injusto como el anterior, pero sin las compensaciones que aquél ofrecía” García Villarubia;. Aproximación al carlismo andaluz en la guerra de los siete años (1833-1840) Ed EASA, 1979, pág. 179
[6] “La estructura de las revoluciones científicas” Thomas S. Kuhn, 1962
[7] Un ejemplo de historiador honesto es Javier Monjas Blasco: “1936: El rencor en Segovia” que supera las viejas dicotomías izquierda-derechas y profundiza en la complejidad de los sentimientos populares, sedimentados por generaciones tras el expolio desamortizador.
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