Por Antonio Hidalgo Diego
Primera parte: CON DIOS
Cada vez que la cantante Rosalía perturba mis ojos y ofende mis oídos sin que yo haya solicitado su presencia, o cuando lo hace su alter ego masculino y compañero de logopeda, el tan aclamado Bad Bunny, me acuerdo de una provocativa frase de la película Borat (2006): «Tiene un muy, muy divertido retraso», porque es así como presenta el periodista kazajo a su hermano gemelo, Bilo, un discapacitado intelectual al que su familia mantiene desnudo encerrado en una pequeña jaula. Una hermana de Borat encabrita por diversión al cautivo y primario Bilo enseñándole el pubis a pocos centímetros de la cara, al otro lado de los barrotes. Natalya, por cierto, presume orgullosa de ser «la prostituta número cuatro de todo Kazajistán», y no sé en qué posición andarán las grandes estrellas de la farándula que, desde la época de Madonna, compiten para ver quién es más zorra, lo mismo que por imitación se están consagrando al puterío buena parte de nuestras jóvenes y adolescentes.
El artículo sobre la prostitución como estilo de vida e ideal femenino del siglo XXI lo dejo para mejor (o peor) ocasión. Pero no es el caso de nuestra Rosalía, válgame el Señor, como decían los gitanos de mi barrio. La cantante de Sant Esteve Sesrovires se ha salido por la tangente y ha puesto de moda entre los más o menos jóvenes la religión, la espiritualidad y el misticismo, así, todo mezclado, como un cóctel veraniego que entra fresquito y te deja mareado y con dolor de cabeza. Tanto se ha alejado del pecado de la carne que, como buena puritana, se nos ha hecho bollera, siguiendo el ejemplo de la mística Juana de la Cruz o doña Pilar Primo de Rivera.
Su nuevo disco, Lux (2025), que, por cierto, no he escuchado, así que hablo sin conocimiento de causa, como cada vez que hablo o escribo algo (tú hazte el tonto, me recomendaba mi madre), ha alumbrado el nacimiento de una de las palabras de moda en 2025-2026: christiancore, algo así como el uso del folklore católico mientras se presume —por puro esnobismo— de creer en Dios, eso sí, a lo Frank Sinatra, a mi manera, desnaturalizando la cosa y convirtiendo la espiritualidad en producto de consumo líquido, religión maleable, como el cobre robado de las catenarias. El último disco de Rosalía se podría haber titulado «El cristianismo es lo que me sale del coño». Un poquito de procesiones de Semana Santa para lucir palmito y echarse unas lagrimitas diciendo lo guapa que es la Virgen, un crucifijo como complemento, confundir el misticismo con un calentón provocado por el monitor del gym, el islam viene a ser lo mismo que el cristianismo —sobre todo cuando es sufí— y un discurso pseudocatólico vagamente provocativo que rompe con las muchas décadas de ateísmo obligatorio, políticamente correcto.
Aunque no me apetece, voy a intentar ponerme serio. ¿A qué se debe esta deriva religiosa, involución diría algún que otro profesor de instituto de ciencias naturales? Supongo que todo nace en un laboratorio de ideas de mercaderes de la industria «cultural». El «arte», desde hace décadas, es extravagarte, así que el «mejor» artista es el más provocativo, el que desafía más tabúes y sacude con más fuerza los pilares de la moral (que siempre es de raigambre popular, a diferencia del «arte» y la «cultura» actuales, monopolizados por el poder político y económico). En los tiempos del sifón, con enseñar la pantorrilla ya era suficiente; después de once temporadas de emisión de First Dates nada nos sorprende ya: Sobera nos ha vacunado contra el mal de espanto, estamos inmunizados, porque este tratamiento sí que funciona, pero tiene unos efectos adversos igualmente dañinos. El adulterio, la sodomía, el aborto y el incesto se han convertido en algo cotidiano, incluso aburrido, infantiloide; hombres y mujeres tienen el ano más dilatado que la ventana de Overton. Así que para poder sacudir el cocotero y que caigan los cocos, algún avispado experto en marketing le ha dicho a Rosalía que para provocar a los provocadores debe pasarse de rosca y girar hacia la derecha, porque ahora lo más transgresor es creer en Dios y en la Inmaculada Concepción de María.
Sin pasar por alto la presencia de 2,5 millones de musulmanes entre nosotros, otro factor que explica el fenómeno christiancore es el de la imperiosa necesidad de llenar el vacío existencial que la sociedad materialista y solitaria provoca en los drogados y deprimidos individuos del siglo XXI. Los jóvenes están ávidos de echar raíces y resistir el vendaval de destrucción de todo aquello que es humano que caracteriza a la sociedad posmoderna. El problema es que muchos quieren estar en misa y repicando; quieren ser católicos sin ir a la iglesia, porque es un rollo; quieren acordarse de Santa Bárbara, pero solo cuando truena; quieren comerse la hostia sin hacer un Bizum al cepillo de la parroquia. Quieren, como Rosalía, pasárselo bien (esta noche se sale)[1] y ganar dinerito (el dinero no me da para el psicólogo, pero me pago el caprichito)[2], algo que poco o nada tiene que ver con el catolicismo (lo primero) y con el cristianismo (lo segundo).
La otra causa que explica la moda de la nueva religiosidad es el evidente fracaso de los dos sucedáneos que sustituyeron al cristianismo. La tecnología está arrasando cerebros y reclutando un ejército de adictos y perturbados; la gente sabe ya que las nuevas tecnologías no van a hacer nuestra vida más fácil (¡al contrario!) y que solo son instrumentos del poder para embrutecernos, vigilarnos y controlarnos. La ciencia, que hoy es religión, está conformada por una legión de «expertos» que repiten como loros los dogmas que refuerzan los intereses de los poderes de turno. Si la racionalidad no es racional, no nos queda otra que dibujar unos cuantos «destellos, palomas y santas»[3].
Rosalía, Lana del Rey, Billie Eilish y C. Tangana conforman una nueva secta que ha elaborado una especie de satanismo contra satánicos, es decir, aquellos que quieren invertir los antivalores que, a su vez, invertían los antiguos valores morales tradicionales, de raíz griega y cristiana. Si los músicos del heavy metal le cantaban al Anticristo, estos cantantes pop se han marcado un Antiprometeo: han ido hasta el refugio del Fuego para robar a Dios, al que Nietzsche tenía secuestrado, y así devolvérselo a los hombres (y a las mujeres) en forma de canciones. ¿Y esto es bueno o es malo? Como en el chiste de Eugenio, ese que decía: «Doctor, doctor, tengo 80 años y hago el amor ocho veces al día. ¿Esto es bueno o es malo?— Esto no es bueno ni es malo. ¡Esto es mentira!». Tan mentiroso como la deriva espiritual de las estrellas del pop.
No solo de pan vive el hombre, algo que se han empeñado en negar tanto la izquierda materialista como la derecha, liberal y sin valores (más allá del amor a la patria y demás boberías). El ser humano necesita pan, pero también amor, libertad individual, sociabilidad, identidad cultural y deseo de trascendencia, es decir, necesita vivir una experiencia más allá de lo corpóreo, personal y compartida con otros.
No estaría mal recuperar una sociedad formada por individuos dotados de libertad de conciencia y, al mismo tiempo, refulgente de espiritualidad, popular, que no esté ligada al poder ni a la industria del entretenimiento. Necesitamos ritualizar nuestra existencia, tal y como le advertía el padre al hijo en la excelente novela La Carretera (2006) de Cormac McCarthy: «Evoca las formas. Donde no tengas nada más, inventa ceremonias a partir del aire y sopla sobre ellas (…) Tienes que llevar el fuego». Pero no el fuego del infierno, el del poder, el dinero, la fama, la inmediatez y las diversiones fingidas; debemos avivar el fuego de la entereza, la bondad, la verdad, la belleza y el sacrificio por una serie de causas nobles y superiores, porque, como le dijo el arqueólogo Thor Heyerdahl a los argonautas de la Kon-tiki cuando empezaban a perder la fe y creían que iban a morir en las aguas del océano Pacífico: «hay cosas que son más grandes que nosotros mismos».
Notas
[1] De la canción Despechá de Rosalía (Motomami, 2022).
[2] De la canción Despechá de Rosalía (Motomami, 2022).
[3] De la canción Sexo, Violencia y Llantas de Rosalía (Lux, 2025).
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