Por Félix Rodrigo Mora
Los cambios en la realidad social objetiva, así como en los estados de conciencia y en las percepciones de la comunidad popular, deben ser tenidos en cuenta por quienes propugnamos una transformación social-personal categórica. Por tanto, han de ser investigados y analizados periódicamente con rigor.
Porque si las condiciones nos son favorables, podremos avanzar con rapidez, pero si no lo son tendremos que adoptar una estrategia cautelosa, e incluso ponernos en situación de defensiva. Porque, no hace falta decirlo, cuando se modifican las circunstancias hay que variar la estrategia.
Lo que define el actual momento es la debilidad política e ideología en progresión del poder constituido. Debilidad relativa, sólo hasta cierto punto, pero muy cierta. La izquierda progresista está maltrecha, refutada por la experiencia social, sin apenas discurso y en caída, al mismo tiempo que la derecha y extrema derecha[1] manifiestan su banalidad y servilismo hacia el poder. La patulea de neonazis, fascistas varios, antisemitas, conspiracionistas y otros especímenes, poco tiene que ofrecer, al ser pésimos en lo discursivo y propositivo, y al estar atrapados en ideologías obsoletas.
El rápido y profundo descrédito actual del Estado en todo el mundo alienta “soluciones” de pega, como el anarcocapitalismo, que en la experiencia está autoconstruyendo su refutación puntual y rigurosa[2].
Estamos, por tanto, ante una crisis de credibilidad del Estado.
Éste se desacredita más y más cada día que pasa. Por mantener horripilancias neofranquistas como la Ley de Violencia de Género[3]. Por prohibirlo todo y entrometerse en todo. Por ser una institución ya meramente recaudatoria, que expolia a las gentes modestas ofreciendo apenas nada (y ello de pésima calidad) “a cambio”. Por valerse de mil embustes, fullerías, operaciones de ingeniería social e intervenciones violentas, policiales y jurídicas. Por ser rotundamente amoral e inmoral. Por hacerlo todo mal, pretender mandar obsesivamente, meter la pata en todo y querer tener razón en cualquier circunstancia.
El Estado ha llegado a su final tendencial histórico. La multifactorial y colosal crisis social actual planetaria es un tiempo de tensión social/personal máxima que, probablemente, va a desembocar en una sociedad autogobernada, con democracia directa, derecho consuetudinario, economía comunal no-capitalista, calidad autoconstruida del individuo, moralidad popular, virtud cívica y épica social. Puesto que la crisis social contemporánea se elevará en algún momento a situación revolucionaria en desarrollo, se irán cimentando las condiciones para una gigantesca transformación social positiva.
El progresismo, que es un muy elaborado sistema de ideas, hoy tiene en su contra la realidad. Ya es ampliamente admitido que el futuro va a ser negativo, peor que el presente, y cada vez más. Se admite que las sociedades y las formas de vida están empeorando en todos los terrenos. Esta percepción quita coherencia y credibilidad a la ideología progresista, que es la principal herramienta de las estructuras de poder Estado-capital. Eso pone a éste en una difícil situación, a la defensiva. Le deja sin narrativa y sin programa.
Una consecuencia de ello es la banalidad e irrelevancia creciente de los partidos políticos, de todos ellos. Aunque se llevan una parte sustantiva del PIB[4], cada vez son más toscos, más torpes, más inmorales, más cazurros, menos convincentes y menos seguidos. Al mismo tiempo, cada vez más se agrupa en ellos la escoria de la sociedad, los mayores sinvergüenzas y vividores, sin principios ni integridad.
Eso ha originado un enorme descrédito de los partidos políticos, que nos favorece. En este momento no hay ningún aparato partitocrático en ascenso. Ninguno[5]. Por tanto, ningún programa político ni sistema ideológico capaz de influir significativamente en la sociedad, movilizándola. Ningún movimiento de masas que nos limite nuestra expansión y nos arrincone.
No hay que olvidar la degradación fáctica del ente estatal. Ya apenas puede mantenerse como Estado de bienestar, ni como vanguardia social, ni como espacio de creación y difusión de saberes y cultura, ni como “protector” de las mujeres, ni como garante de la salud de la población, ni como guardián del medioambiente, etc. Una parte creciente de la actividad social se le escapa, a pesar de su furor legicentrista y de sus enormes gastos en burocracia, propaganda, feminazis y policías. Lejos de ser todopoderoso tiene que admitir con impotencia y furor que el 25% de la actividad productiva es “economía sumergida”, esto es, que escapa a su control. Y esto es sólo el principio…
Esta situación de debilidad relativa, de vacío político y en las formulaciones, se va a mantener durante un tiempo, pues no le va a ser fácil al poder salir de ella, superarla. En efecto, tiene en su contra las circunstancias objetivas, que le son adversas, al estar el actual modelo de sociedad y régimen productivo en abierta declinación, caída y descomposición. El poder está perdiendo el futuro, de modo que ya es principalmente pasado y, malamente, presente, en lo propositivo y argumentativo. Por ello, su capacidad de convencer y su aptitud para dotarse de una base de masas ha disminuido significativamente.
Pero esta situación no va a ser eterna. Puede durar un tiempo, hasta que haya una recomposición política y mediática del régimen vigente. Porque sin una renovación a fondo del arsenal propositivo y proselitista del poder, éste no podrá mantenerse y sobrevivir en la colosal crisis que se avecina.
Ahora bien, por el momento no hay ni siquiera indicios de que lo esté haciendo, debido a la enorme complejidad de la operación y a las desfavorables condiciones en que tiene que hacerla. Pero lo hará de un modo u otro. Mientras tanto, la situación nos es bastante favorable. De manera que tenemos que elaborar y aplicar una estrategia expansiva mientras se mantengan las circunstancias actuales.
La situación del movimiento por la Revolución Integral (RI) en el escenario descrito es buena. En el terreno de las formulaciones, las ideas y el programa tenemos mucho que ofrecer. Y ello está, además, siendo validado por la realidad, por la marcha de los acontecimientos, mostrando que nuestro ideario no es una suma de teoréticas fantasiosas y frases arbitrarias sino un conjunto elaborado desde la realidad, con rigor.
Pero falla la organización, la capacidad de llegar más y mejor a la comunidad popular. No estamos siendo eficientes en lo organizativo. Esto debe ser corregido. Es más, la RI como tal, como comunidad de personas ocupada en la tarea de cambiar a mejor a la sociedad y a la persona, tiene que reorganizarse para adecuarse a las favorables condiciones actuales.
Para ello, lo primero es afirmar su vocación revolucionaria, su disposición para efectuar la revolución integral. No nos vamos a contentar con menos. Pues no existimos para simplemente difundir unas ideas, dado que no somos una gavilla de doctrinarios e ideólogos, sino que nos proponemos organizar y realizar la revolución comunal integral en la práctica, como gran acontecimiento que cambie de base la trayectoria de la humanidad. Para eso nació la RI, en su Primer Encuentro, en 2015. Y en la fidelidad a esa idea inicial, que es la generatriz, ha de mantenerse y reafirmarse.
Al mismo tiempo, tiene que formular una propuesta organizativa para la comunidad popular, para la gente de la calle, para el individuo común. Esto es, la RI debe ofrecer una propuesta del sistema colectivo con el que conviene afrontar lo que está viniendo, esa mezcla hiper compleja de crisis sistémica, desplome general y arrasamiento de la persona, junto con la esperanza de una gran transformación positiva a partir de la constitución futura de una situación revolucionaria y de la revolución triunfante que tal vez pueda resultar de ella.
El objetivo es organizarse fuera del Estado y de los partidos políticos, con formas naturales de convivencia y relación.
La fórmula es crear colectivos, grupos o equipos de personas unidas por el pacto comunal. Éste es un acuerdo libre y consciente entre los integrantes de cada uno de tales colectivos, que fije las condiciones de existencia de aquel colectivo, así como sus tareas. El pacto comunal establece los deberes a que se compromete cada uno con los demás integrantes de dicha comunidad. Y estos con cada uno.
De ese modo iremos resocializando nuestra sociedad, superando el gran problema de la atomización y la cuasi desaparición de las formas naturales de convivencia y relación, lo que nos hace extremadamente débiles y vulnerables ante los poderes constituidos, económicos, políticos y mediáticos. Y al resocializar la comunidad popular la haremos potente, combativa, libre. Por tanto, potencialmente triunfante.
Por el momento, basta con lo dicho sobre esta materia. Iremos desarrollando esta decisiva proposición en el futuro inmediato.
Notas
[1] El voto a la extrema derecha es, casi en su totalidad, un voto anti, un voto contra la izquierda. Sólo los muy necios se toman en serio las horridas memeces de aquélla. Lo que propone y verbaliza la izquierda es tan horrible, tan inhumano, que una parte de la población está votando contra ella haciéndolo por partidos de extrema derecha. Pero no se creen sus formulaciones. Nada. o apenas nada.
[2] La fullera experiencia en Argentina, donde el gobierno anarcocapitalista refuerza ahora el Estado para, supuestamente, “eliminarlo” en un futuro, está desmontando la teorética libertaria. Esta, en la práctica, es una nueva forma de estatismo, además de una inaceptable apología del grancapitalismo. La partitocracia estatolátrica y procapitalista anarquista, de la que Javier Milei es jefe, no nos va a desviar de nuestro objetivo, la autoorganización de las gentes al margen del Estado y de todo tipo de partidos políticos, para crear estructuras comunitarias de amplia actuación, regidas por el pacto comunal. Es hora de que quienes se dicen anarcocapitalistas desde la buena fe hagan balance y se incorporen al movimiento por la revolución integral.
[3] Si algo está destruyendo nuestra sociedad y dañando gravemente a las mujeres hoy es la ideología de género y su más ominosa expresión jurídica, la mencionada ley, todo un despropósito con efectos devastadores, arrasadores y genocidas. Y, en efecto, las mujeres son sus víctimas implícitas, pero principales, mientras los hombres son sus víctimas explicitas, aunque secundarias. Con todo ello, el Estado español feminazi está creando problemas extraordinariamente graves, que tardarán varias generaciones en superarse. Y no conviene olvidar que lo feminazi es neonazi …
[4] Como es sabido, todos los partidos reciben enormes sumas de dinero del Estado, todos. Puesto que es verdad aquello de que quien paga manda, resulta que todos son iguales y todos son lo mismo pues todos cobrar del mismo/s, el Banco de España y el Banco de la Unión Europea. Solo cambiar la retórica, los embustes que cuentan a las gentes. Averiguar cuánto cuestan los partidos políticos es de importancia, porque estás máquinas tiránicas e inmorales al servicio del capitalismo, la maldad y la mentira, salen muy caras. Son un importante elemento creador de crisis económica y pobreza. Sí amigo, sí amiga: tú ganas una miseria porque la partitocracia se lleva una de las partes del león del producto social. Ellos viven en una bacanal continua mientras tú pasas necesidades.
[5] En esto la situación es muy diferente a la del periodo 2012-2018, cuando las doctrinas estatolátricas estaban en fuerte ascenso. La extrema izquierda estalinista, procapitalista y feminazi, para la cual el Estado es el supremo bien y el amo de la sociedad, se encontraba entonces en un periodo de fuerte expansión, de manera que arrasaba en la calle. Esto nos arrinconó y casi aniquiló a quienes en esos años defendíamos programas revolucionarios. Ahora dicha izquierda está en mínimos y a la defensiva… En 2021-2024 hubo un ascenso de la extrema derecha conspiracionista que, a pesar de ser de limitada entidad, también contribuyó a dificultar el desarrollo de la RI. Hoy ese asunto está prácticamente liquidado.
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Es esencial entrar en el mundo del trabajo, en el mundo obrero. Tener un tipo de organización para este. Sin eso no despegaremos.