Miento, luego existo

Publicado el 1 de septiembre de 2026, 9:40

Por Tombol

¿Cómo abordar el concepto de verdad? ¿Cómo definirla? ¿Y la mentira? ¿Qué porcentaje de mentira es aceptable en una verdad? ¿Es tolerable la mentira, dependiendo de los fines que se busquen? A fin de cuentas, los diferentes filósofos que han tratado esta cuestión se han desgañitado formulando diversidad de teorías, que más que aclararnos el asunto, lo han enrevesado más. Me viene a la cabeza la letra de una canción, que decía algo así como “¿qué es la verdad? ¿es mi verdad? ¿O tu verdad lo es?”

De lo que no cabe duda es que, en las condiciones de vida del presente, las teorías subjetivistas y relativistas que se han elaborado en esta temática, no han hecho otra cosa que sepultar el concepto de verdad en el cementerio de los términos caducos. Por eso, en la RI pugnamos por rescatar lo valioso y necesario de esta realidad humana, pues sin verdad y sin las mínimas certezas, la sociedad en que vivimos no tiene otra posibilidad de destino que la putrefacción interior del individuo.

Es, entonces, que manejamos la idea de una verdad aceptable, suficiente, que tenga una mayor gravedad respecto al resto de “verdades”: una verdad así se emparenta, por propia naturaleza, con el concepto del BIEN como valor moral y ético imprescindible para el buen desarrollo de una comunidad humana saneada interiormente; y es el grupo humano que desarrolla sus capacidades y virtudes el que, desde su integridad como tal, mejor puede atisbar una verdad que merezca el nombre de tal. La dificultad para vislumbrar una verdad suficiente, se hace difícil si no alcanzamos a comprender que vivimos en un mundo hipercomplejo que requiere un distanciamiento de la realidad para posicionarse frente a él con equilibrio y ecuanimidad, aportes estos que tienen su base en el mundo interior del ser humano y su relación con la realidad terrenal.

Y para acercarnos más a estas cuestiones de una manera más práctica, creo que puede resultar adecuado abordarlas desde la “vía negativa”, es decir, cavilando sobre lo que NO es la verdad, pues es ese (el de la SOMBRA de la verdad) un camino que, a falta de una teoría “positiva” sobre la verdad, puede resultarnos útil para desinfectar este concepto de enfoques erróneos.

Podemos apoyarnos en un caso real que nos puede resultar muy gráfico para adentrarnos en estas cuestiones desde la “vía negativa” (vale decir desde la mentira) y es el sorprendente caso de Enric Marco Batlle, un personaje que se hizo famoso en el Reino de España en el año 2005, y cuya personal historia no dejó a nadie indiferente respecto de los hechos que, seguidamente y de forma escueta, referiré.

Nacido en Barcelona en 1921, ya en los finales de los 70 comenzó a ser conocido en círculos izquierdistas, llegando a ser nombrado Secretario General de la CNT en Cataluña y de la Confederación nacional, aunque no duró mucho en el cargo. A partir de ahí, empezó a desarrollar su actividad en el movimiento asociativo de padres de alumnos, dando pequeñas charlas en centros escolares sobre su pasado antifranquista. Poco a poco fue ampliando su discurso contra los regímenes dictatoriales, y así, a finales de los 90 se hizo conocido como superviviente de los campos de concentración alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, y nombrado Presidente de la asociación Amical de Mauthausen, formada por familiares o víctimas que habían sido deportadas a los campos de concentración nazis. Todo se vino abajo cuando, en el año 2005, el historiador Benito Bermejo desveló la falsedad de todo el relato de Marco, pues no solo no había estado en los campos de concentración alemanes, sino que había viajado a Alemania en el año 1941 para trabajar en una fábrica de suministros de guerra. El escándalo de la noticia se expandió a nivel internacional y llenó páginas de los noticieros. En aras de la brevedad, no voy a aportar más datos de la historia de Enric Marco, pero animo a leer o documentarse sobre la biografía completa de Marco [1]. El hecho es que la notoriedad de Enric Marco se alzó sobre una mentira, una mentira tras otra, vamos. Y, a pesar de que salió a la luz toda la verdad de la simulación difundida por el catalán, reconocida por él mismo, éste nunca se arrepintió de su gran fabulación, sino todo lo contrario, la justificó una y otra vez.

No es el objetivo de este artículo hablar sobre Enric Marco, ni tampoco juzgarlo, pero sí usar su caso como trampolín para el tema que nos ocupa. El “bueno” de Marco, que arguyó siempre que “mentí para resaltar la verdad…. ¿debo pedir perdón por ello?”, falleció a los 101 años, una vida longeva que no encajaría en la de una persona que pudiera haber sufrido los embates de la culpabilidad (culpabilidad desde una sociedad que le condenó, aparentemente, por la farsa que había generado).

Enric Marco mintió, constantemente, a lo largo de su vida, esto quedó suficientemente acreditado. En palabras de alguno de sus biógrafos, fue una persona “extremadamente normal”. Que él mismo se creyó, o pareció creerse, las justificaciones con las que se parapetó frente al condenatorio juicio público. Que no actuó nunca por dinero o afán de lucro. Sus mentiras, ni siquiera eran meras mentiras, sino que acostumbraba a recrearse en el falso relato, emocionando a todas y a todos con su discurso sentimental y, a la vez, didáctico. Y todo el mundo se lo tragó, o se lo quiso tragar, pues en aquel momento se impulsaba desde el gobierno del Reino de España (el PSOE de Zapatero) la ley de Memoria Histórica, una suerte de “industria de la memoria”, como refirió el escritor Javier Cercas, aduciendo el uso sin escrúpulos del pasado, de manera torticera, para buscar unos réditos propagandísticos políticos.

La historia de Enric Marco nos revela que no todo vale, aunque el objetivo sea transmitir alguna verdad. Que un constructo formal mentiroso envenena cualquier relato. Que una mentira completa es posible que no se la crea nadie, pero que una mentira armada sobre pequeñas verdades, funciona, y muy bien, y que así ha sido siempre. Que para que una falsedad tenga recorrido en los receptores (oyentes) hace falta que éstos tengan la predisposición a ello, ya sea por ausencia de discernimiento, debilidad emocional o un pensamiento condicionado. Que la sentimentalización y la espectacularización de la historia están en contra de la verdad. Que resulta muy difícil poner en duda lo que diga una “víctima” pues se pone en duda su honorabilidad. Que el embeleco de Marco fue propiciado desde el discurso buenista ornamental, aplicado políticamente desde la corriente izquierdista de Zapatero. Que, tras los hechos de marras, se cuestionó a Enric Marco, pero jamás al modelo de relato.

Enric Marco vivió 101 años porque creyó en sus razones, y de allí no se bajó. Había argumentado, en alguna ocasión y para justificarse, que “todos mentimos de una manera u otra, todos falseamos la realidad”, lo que refleja a las claras la perspectiva de autodefensa que adoptó. Es conocida la frase de un literato famoso que dice “la ficción nos mata y la realidad nos salva”. Pienso que este dicho es certero pero no a nivel literal, sino profundo. Y no hay más que tomar de ejemplo la propia vida de Marco.

¿Qué es lo que aportó toda esta gran farsa a su fabulador? Esta es la cuestión, la que mayor interés suscita. Conviene primero tener en cuenta el contexto, y éste es el de un mundo donde ser fiel a la verdad no trae más que problemas. La mentira tiene evidentes beneficios materiales, y más si se justifica desde “motivaciones superiores”. Por otro lado, no faltarán los que señalarán al catalán como hombre trastornado, o que fue un mero villano, o que simplemente necesitaba que le quisieran; se seguirá, asimismo, otra línea acusatoria, la del extravío en los caminos del ego. Todas ellas, ateniéndonos a la vida de Enric, son insuficientes para explicar lo que llegó a hacer.

Pero, después de hurgar en el carácter y comportamiento de Enric Marco Batlle, entiendo que hay dos factores que son los decisivos en su motivación para actuar así como lo hizo, aunque no soy capaz de determinar en qué porcentaje intervino cada uno de ellos.

El primero de ellos fue la fama, la notoriedad y consideración que le procuraron. Ya los antiguos nos hablaron de los malos efectos que sobre el ser humano producía esa circunstancia, a tal punto que era capaz de desnortar hasta al más pintado. A tenor de los datos de que disponemos, está claro que a nuestro hombre sí le hacía “tilín” el agasajo y la admiración, pero pienso que no tanto como para mantener en el tiempo la actividad que llevó, que a fin de cuentas tuvo una repercusión relativa (mayormente a nivel de pequeñas charlas y encuentros). Al referirme al logro de notoriedad, estoy infiriendo que, gracias al papel realizado, lo que consiguió es “ser alguien”, aspecto importante a comprender en una sociedad en que la alienación es factor de autodestrucción interior; estoy hablando de una escapada, quizás inconsciente, para no sucumbir al vacío de un “ser-nada”, que diría Félix Rodrigo. Pensemos que, con posterioridad al desenmascaramiento de Marco, él siguió siendo “alguien", aunque fuera “el estafador de la realidad de los campos de concentración”; es decir, siguió “siendo alguien”, aunque animado desde otra concepción.

El segundo factor, y que entiendo que también explica el actuar de Marco, es la idea de integración en un grupo, en una comunidad. Todos necesitamos pertenecer a alguna clase de grupo, es una necesidad natural del ser humano, es una necesidad vital. Si no logramos sentir esa pertenencia, empezamos a destruirnos. Esa integración nos da individuación, existencia; y si encima tenemos reconocimiento, pues mejor que mejor (en el caso del desvalido grupal).

La comunidad social fue destruida por el Estado mediante sus diferentes políticas, luego lo fue la familia extensa, ahora se está liquidando la familia nuclear. Pero el ser humano necesita pertenecer a un grupo, no para destacar o “ser alguien”, sino para SER, para sentirse aceptado en él. Y ahora, en la actualidad, el sujeto común se encuentra perdido, en un mundo sin referencias ni cosmovisión alguna. Es esta la razón que explica la proliferación de infinitos grupos y asociaciones de los más variopintos idearios, pero no como mera elección personal (siempre legítima), sino como grupos de pertenencia para la autoafirmación: En el campo de la alimentación (el veganismo, crudivorismo, vegetarianismo…), en la sexualidad (transexualidad, múltiples variables de sexismo…), en el terreno animalista (recientemente los therians…) y muchísimos más. En esos grupos, el individuo se siente reconocido, es alguien, se siente especial porque dichas comunidades son muy específicas, llaman la atención…

Insisto, el ser humano necesita ser alguien, digo SER, independientemente de que tenga más valoración social o menos. Necesita ser reconocido como individuo, y además, sentir el arropado que da el grupo como construcción social que le acepta. Ocurre que el individuo de la modernidad (entiéndase una parte), en su disfunción actual, está construyendo una realidad artificial pues necesita sobrevivir al sinsentido y desamparo.

El individuo está siendo empujado a la atomización, por acción del estado, que destruye todo el tejido social, aunque lo mantiene “unido” mediante sus ideologías odiadoras y enfrentadoras. El estado está llevando a cabo una construcción antinatural, antiorgánica, basada en el dominio y la explotación. Una construcción que debilita y anula al sujeto, y hace que éste, para intentar sobrevivir, busque formas de reconocimiento y de identidad, aunque sea generando grupúsculos con ideas estrafalarias.

Por eso, a Enric Marco, le pasó lo que le pasó. Aquella mentira le dio identidad, y le integró en una comunidad. Esa mentira fue la razón de su existencia, igual que para otros es ser “binarie” o “therian”. Es una salida urgente, una vía de escape para evitar la implosión. Por eso Enric Marco se agarró a su mentira hasta el último día de sus 101 años, por eso no murió antes, ni se autodestruyó víctima de su propia toxicidad. Él encontró su “tabla salvadora”, la que le mantuvo a flote en un océano de división y enfrentamiento social, de ninguneamiento y desestructuración del individuo.

La verdad no es victimización; la verdad no son pequeñas verdades entre grandes mentiras; no es el uso fraudulento de la propia verdad; la verdad no puede ser instrumentalizada, mayormente; la verdad no puede ser manchada cuando tiene el poso del bien como virtud, propiamente; la verdad no puede ser perfecta, pero transita desde una intención de pureza; la verdad, cuando es visible desde la virtud personal y las cualidades de la comunidad, une e integra al grupo humano y no se conforma con haber llegado a lugar alguno, porque la verdad es algo vivo, que necesita ser revelada a cada momento, ser superada, pues todo es mutable, salvo la verdad misma.

 

Notas

[1] A nivel literario destaca “El impostor” de Javier Cercas, muy documentado y con entrevistas a Enric Marco; y a nivel cinematográfico está la película “Marco”(2024) de Aitor Arregui, con buen nivel de rigor en la narración de los hechos.

 

 

 

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