Versión en castellano
Por Antonio Hidalgo Diego
Allá por los años noventa, había un tontico en el barrio que iba vestido como un auténtico rapero afroamericano, con sus bambas Nike de caña alta, camiseta XXL, gorra de béisbol puesta con la visera del revés y unos cascos con los que escuchaba hip-hop en castellano 24/7. Como tenía una discapacidad intelectual notable y el bullying no se había inventado todavía, muchos chavalotes se metían con él, por sus pintas, por sus gafas de culo de botella y por cruzar corriendo el parque del Motocrós para que los gitanos no le robaran todas esas cosas que tanto valoraba, siempre con la mano apretada en el bolsillo para que no se le cayera el walkman. ¡Quién me iba a decir a mí que ese pobre infeliz iba a ser la personificación de Catalunya en el siglo XXI! Por más que todo el mundo se riera a su costa, el rapero tolili mantenía su identidad personal, con una mezcla de orgullo e inconsciencia; es más, estaba convencido de que era un tío guay, no como los demás, que éramos todos unos cutres por ir vestidos con tejanos y sudadera del mercadillo, y por no estar al corriente del arte urbano emergente de las calles del Bronx. Así que cuando acababa de cruzar el parque a toda velocidad y creía estar a salvo, como una ficha de colorines en el juego del parchís que ha llegado hasta a un seguro, pasaba contoneándose junto a los que estábamos jugando a fútbol en la pista, mirándonos por encima del hombro, sonriendo con malicia ante los que no sabíamos estar a su altura y perdían el tiempo chutando una pelota y no bailando break dance; incluso se atrevía a lanzarnos algún improperio, ¡a nosotros, que no le robábamos nada y nunca nos reíamos de él!
No sé qué habrá sido de ese personaje, pero su recuerdo me viene a la mente cada vez que escucho la emisora de radio oficial del aparato de poder estatal en Cataluña, RAC1, del mismo «Grupo Godó» que publica La Vanguardia. La nómina de redactores y analistas de RAC1 la conforman mayoritariamente cuarentones de clase media-alta que, no sé muy bien por qué, también son miopes, tanto en el sentido fisiológico como en el metafórico, pues se ganan la vida analizando la actualidad y nunca han conseguido enterarse de nada, al carecer de cualquier tipo de visión de conjunto de lo que está pasando en el mundo. Igual que los idiotas que escriben comentarios insultantes en los foros de Internet, los periodistas de RAC1 siempre se están riendo, de los demás, por supuesto, nunca de ellos mismos, pues para atreverse a hacer eso se requiere de un poco de inteligencia y de un mucho de humildad, valores que no son tendencia en el siglo XXI, mucho menos en los desolados páramos del desierto catalán, ese antiguo y bello país que nunca se ha recuperado del reinado del matrimonio Pujol-Ferrusola, de los tejemanejes de la familia Maragall, y de todos sus secuaces y patrocinadores, una mafia de empresarios explotadores, politicastros corruptísimos y trepas ávidos de estatus social que, para poder esquiar cada fin de semana en el Pirineo desde su casita en la Cerdanya, se han dedicado a pisotear cual caballo de Atila la economía catalana, al tiempo que han sembrado sal sobre su milenaria cultura, tal y como hizo Escipión Emiliano en la ciudad de Cartago. No puedo reprimir la sonrisa cuando imagino al periodista Jordi Basté disfrazado de rapero, con esa cara que tiene de ser poco espabilado, corriendo por un parque de Santa Coloma de Gramenet para que no le pillen los indeseables que le quieren robar su manera de entender la catalanidad, apretando con fuerza el bolsillo del pantalón para que no se le pierda la cartera en la que guarda los 450.000 euros anuales de dinero público que ingresa[1] por hacer de vocero de la élite empresarial y estatal catalana.
¿Quiénes son esos «enemigos de la catalanidad» de los que se ríen los periodistas de TV3 y del resto de medios institucionales? Castellanoparlantes, disidentes de las religiones políticas woke, aficionados del Espanyol, librepensadores que no conciben la «Ciencia» como religión, empleados de RENFE, personas que cuestionan la inmigración masiva, gente que no sabe hablar en inglés, cristianos que se aferran a sus valores y no aceptan «derechos» tan indiscutibles como el aborto o la eutanasia, campesinos que huelen a boñiga de vaca y no pisan el asfalto de la modernísima Barna, garrulos que no van al teatro por no saber valorar el arte contemporáneo, gente que no viaja al extranjero por ser pobre (y porque no se les ha perdido nada allí) y otros muchos indeseables que, a diferencia de los inmigrantes marroquíes, no deberíamos vivir en la cosmopolita República de Catalunya-Barcelona, la nueva isla de Delos u ombligo del mundo con epicentro en plaça Catalunya en torno a la cual giran todos los planetas y todas las galaxias. Cataluña es cada vez más cateta, pero sus dirigentes y altos funcionarios no lo ven y, como Pep Guardiola, mean colonia. Escribió Josep Pla, hace ya unos cuantos años: «El catalán actual es un producto de la decadencia de Cataluña. Su rasgo característico es el complejo de inferioridad, fruto del deterioro de su personalidad. El catalán no tiene patria, por eso es un ser diferente que no puede compararse con quienes la tienen. Perdió la patria e hizo un gran esfuerzo para tener otra, sin lograrlo. El catalán no tiene un inconsciente sano, normal y abierto. Esto explica sus características: a veces es un engreído –la jactancia que nota Unamuno–. Pero a menudo también posee una humildad morbosa, humillada y ofendida, y por eso Unamuno dice que “hasta cuando parece que atacan, están a la defensiva”»[2].
Uno de cada cuatro musulmanes del Estado vive en Qaṭalūniyah. Antaño el territorio más rico, próspero y europeo de Iberia, Catalunya, hoy, se está tercermundizando (y no precisamente por la influencia del islam). Su porcentaje del PIB estatal ha bajado hasta el 18%. Barcelona es líder europea en consumo de drogas, con un gusto por la cocaína que en Cataluña está 15 puntos por encima de la media estatal. La tasa de 63 delitos por cada 1000 habitantes constituye todo un récord estatal y europeo, del mismo modo que ocurre con las cifras de robos violentos y homicidios (un 20% del total para un 16% de la población). Es, con mucha diferencia, la comunidad con más prostitución (el 30% del total estatal), siendo una de cada cuatro mujeres en este negocio esclavas sexuales. Todavía es más relevante el incremento de las agresiones sexuales en Cataluña, ¡un 435% superior a las de 2016! Cataluña gana por goleada en el número de eutanasias (303 anuales) y, por consiguiente, en el de abortos (15 por cada mil mujeres), el más alto del país. La tasa de suicidios también es superior a la media estatal, pero la tasa de fertilidad es, por el contrario, notablemente inferior. Para concluir esta radiografía social de la sociedad catalana, podemos asegurar que Catalunya es el vertedero de España, que es, a su vez, el vertedero de Europa, que es, a su vez, un inmenso vertedero, además de un geriátrico conformado por una población envejecida, hedonista, conformista, pusilánime, adepta al poder, senil y achacosa, carente de ética y de cualquier esperanza de futuro.
El poder catalán siempre ha sido clasista y burgués, al menos desde el siglo XIX; en el XX aprendió a ser racista y, en el presente, además de todo lo anterior, ha perdido su capacidad para hacer que Catalunya esté en la vanguardia europea en materia económica, científica, tecnológica o ideológica, sufriendo una disonancia cognitiva que le impide ver que va montado en una bicicleta sin frenos bajando a toda velocidad y contrasentido la empinada cuesta de la calle Núria. Pero la imagen que mejor representa el estado putrefacto del poder catalán actual es la del infame Joan Laporta, «Jan» para los amigos, borrachuzo, putañero y gordo como un cochino, el Torrente catalán, excuñado y amigo íntimo de su benefactor, Alejandro Echevarría, (patrono de la «Fundación Nacional Francisco Franco» y dirigente del club en la sombra[3]) y, al tiempo, campeón del falso independentismo catalán. Laporta es un picapleitos arribista que está liquidando el patrimonio del club de fútbol que preside poco antes de venderlo a alguna sociedad inversora extranjera, bailando de manera ridícula mientras celebra su última victoria electoral, igual que los berlineses celebraron una gran fiesta la noche en la que el Ejército Rojo se acercaba a la capital del Tercer Reich, horas antes de que una de cada tres mujeres y niñas de la ciudad fuesen violadas por soldados soviéticos.
Pero no podemos culpar únicamente a la élite catalana, esa que llevó sus empresas y fondos de inversión a Madrid. Ha sido el pueblo catalán quien ha votado a Laporta y quien ha elegido como molt honorables presidents, entre otros indeseables, al testaferro Artur Mas y a Salvador Illa, el Adolf Eichmann catalán nombrado a dedo por Pedro Sánchez para que aplicara, con mano de hierro, la dictadura sanitaria/genocidio de ancianos en 2020[4]. Ha sido el pueblo catalán quien se manifestaba como el que va a una fiesta de payasos vestidos de amarillo creyendo que por sujetar una pancarta iban a conseguir la secesión de España, una «independencia» que nunca llegó y que no hubiera cambiado nada importante, mientras otros catalanes daban vivas a la Guardia Civil para que abortaran el Procés. Ha sido el pueblo catalán el que ha consentido (y se ha lucrado) con los procesos migratorios masivos, tanto la oleada franquista que vació el rural peninsular y contaminó los ríos catalanes, como la inmigración internacional de las últimas décadas que convertirá Cataluña en un emirato islámico. Y mientras esperamos tranquilos a que esto ocurra, lloraremos la pérdida de la lengua catalana. ¿Qué esperabais? No se puede estar en misa y repicando. ¡Y ahora pretenden que votemos a Sílvia Orriols para que solucione el desaguisado!, la líder de un partido que promete lo mismo que el resto: seguir llenando el país de inmigrantes extranjeros (de forma legal, eso sí) y convertir a Cataluña en un estado policial, si no lo es ya[5]. Como dijo Josep Pla, «En este país hay una manera cómoda de llevar una vida suave, tranquila y regalada: consiste en afiliarse al extremismo razonado y en lavarse las manos ante todo»[6].
Entre todos hemos convertido a Cataluña en un cadáver en estado de putrefacción, enterrando para siempre el idioma, la cultura popular y los valores positivos que erigió el pueblo catalán durante la Revolución altomedieval[7], unos principios morales que proporcionaban una manera de ser al esforzado, tolerante e ingenioso individuo catalán. Ya es demasiado tarde para resucitar un idioma y una cultura que han muerto, tras una vida larga y repleta de avatares históricos. A los que vivimos en Cataluña, y que ya no podemos llamarnos catalanes, solo nos queda reinventarnos, volver a ser, construir una nueva lengua y una nueva manera de entender el mundo, echar raíces para construir un futuro sólido, sin perder lo que Catalunya fue, rescatando los valores positivos de las gentes que poblaron estas tierras y edificaron sus antiguos templos románicos con sólidas piedras. Porque residir, pagar impuestos en Cataluña y malhablar la llengua no es ser catalán; la nueva Catalunya, o como se llame, debe ir acompañada de una nueva y al mismo tiempo vieja manera de entender y construir la existencia, basada en la virtud y la calidad de cada uno, la defensa de la libertad, la responsabilidad, el trabajo comunal no capitalista y la democracia directa por asambleas que arrebate el poder a toda esa pandilla de facinerosos[8]. Porque «un país es, sobre todo, una manera de vivir. La política es lo que hacen los políticos; la realidad es la manera de vivir»[9].
Notas
[1] La productora de Jordi Basté ingresó unos 450.000 euros el año pasado por programas de 3cat (7/10/2024), elTriangle.
[2] Hacerse todas las ilusiones posibles (publicado en 2017), de Josep Pla.
[3] Alejandro Echevarría, el excuñado de Laporta que fue patrono de la Fundación Franco y dirige el Barça en la sombra (17/3/2026), El Español.
[4] ¿En qué me baso para realizar tan atrevida comparación? En las cifras de víctimas mortales que no recibieron asistencia médica, un total de 30.240 ancianos que murieron en residencias geriátricas a causa de la COVID-19, abandonados a su suerte por el sistema sanitario que dirigía Salvador Illa como ministro de Sanidad (consultar EpData). Pese a representar solo el 3% de los afectados por el constipado asiático, los ancianos recluidos en residencias suponen el 40% de las muertes por COVID-19, es decir, un 8% del total de residentes (consultar Gaceta Sanitaria, mayo-junio 2022). ¿Cuánto dinero se ahorró la Seguridad Social gracias a este protocolo ministerial?
[5] Para entender mejor la génesis, naturaleza e intenciones del partido Aliança Catalana, emplazo a los lectores a consultar mi artículo Sílvia Orriols i Aliança Catalana: res nou sota el sol, publicado en esta misma revista el 1/5/2024. https://www.virtudyrevolucion.org/numeros-de-la-revista/numero-14-mayo-2024-1/1815655_silvia-orriols-i-alianca-catalana-res-nou-sota-el-sol
[6] Madrid. L'adveniment de la República (publicado en 1986), de Josep Pla.
[7] Si el lector desea más información acerca de la Revolución altomedieval, recomiendo las obras Bagaudas. Los revolucionarios que cambiaron la historia (2025), de Félix Rodrigo Mora, José F. Escribano Maenza y Antonio Hidalgo Diego (Editorial Bagauda), y El comú català. La història dels que no surten a la història (2015), de David Algarra Bascón.
[8] Para edificar esta nueva/vieja sociedad, consultar Bases per a una revolució integral (2023), disponible en Editorial Bagauda.
[9] Obra completa (publicada en 2014), de Josep Pla.
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