Por Tombol
Este año había de ser en la Pobla de Benifassá, un pequeño pueblo hundido en la arbórea zona del Maestrazgo, comarca de singular belleza y particular recogimiento. Antes de llegar a la localidad, pudimos contemplar desde lo alto de la depresión el espectacular paraje en el que nos íbamos a sumergir los siguientes días: Un escenario contenido, liviano, amable, de personalidad alentadora, de una esencia prometedoramente positiva.
Era el escenario para el Décimo Encuentro, el X, sí, número emblemático del sistema decimal, y también sugerente, que nos habla de empezar a dejar atrás la infancia, de aventurarnos a abrir nuevas puertas, a permitirnos descubrir nuevos horizontes.
Nos íbamos a juntar allí 23 personas venidas desde la otrora libertaria Iberia, la mayoría ya nos conocíamos, y también acudió savia nueva, tan necesaria para refrescar cualquier organismo vivo que busca su regeneración constante.
Dejo aquí una serie de estampas que iban a quedar impresas en los recuerdos de la memoria, solo citaré algunas de las muchas que hubo, estampas animadas por ese espíritu de revolución que nos estimula, un espíritu que no quedará recogido en los relatos de época, pero que es tan real como los latidos de un corazón que no se escucha:
- Robert, el encargado del albergue, apostado al otro lado de la ventana que unía la cocina y el comedor, con las manos en el poyete, dispuesto a servirte, con una disposición de ánimo envidiable, con una presencia rocosa y, a la vez, amigable.
- Las dos niñas pequeñas que también asistieron, jugando en el interior de la sala de reuniones, sin alborotar, con el apoyo de su padre y de las desinteresadas colaboradoras, mientras se sucedían las ponencias; la presencia de aquellas, contrapunto para la distensión, para aflojar el exceso de gravedad.
- Todo el grupo humano, sentados en círculo, acogiendo al ponente correspondiente, en el jardín existente junto a la casa; allí se escuchaba al orador, a los pájaros, a las abejas, al silencio del propio entorno… sin micrófonos, bajo los árboles… era el privilegio de reunirnos en un lugar tan alejado de esa fealdad tan acuciante que acostumbra a ser el entorno urbano.
- El paseo nocturno, bajo las estrellas, de quienes se aventuraban a ello; la poca contaminación lumínica de la zona permitía la amplia y nítida visión del cosmos; las conversaciones, bajo las estrellas, alcanzaban otro tono, otra sutileza en la comunicación, impulsadas por esa oscuridad que nos convertía en sombras, en medio de la evocadora noche.
- La mesa para la exposición, con un vaso de agua y alguna libreta de notas como estandartes; lo exiguo antes de enriquecerse con la participación de todos aquellos dispuestos a exponerse, a hablar de su trabajo durante el año o para el acto presente: En la mesa un solo cuerpo, pero diferentes rostros; cada año se repite la escena, pero cada año la mesa es distinta, el interlocutor también ha cambiado… y siempre, intentando superar el pasado.
- Un mosaico de pequeñas imágenes que conforman los recovecos del Encuentro: La bicicleta, apostada en la entrada, de quien acudió al Encuentro con los medios de que dispuso; la tienda de campaña desplegada bajo los árboles, en silenciosa presencia; el paseo matinal silvestre, transitando entre las variedades arbóreas existentes, y animados por las enriquecedoras explicaciones de nuestro particular guía; a quienes se encargaron de las labores de audio y video, trabajando cual técnicos avezados en las labores de grabación y micrófonos; e infinitas más, muchas acontecidas en el ámbito personal y que no refiero por quedar circunscritas a la experiencia particular.
- El momento-comedor, en el que todos los participantes compartíamos comida y conversación, por lo que el tiempo se hacía especialmente nutritivo, alimentados cada día por la compañía de cambiantes comensales, cada cual con su propio carácter, con su singular valía.
- La última exposición con Félix, cómo no, de orador. Las últimas exposiciones acostumbran a ser más vivaces, apuntan a lo medular del Encuentro de cada año, levantan las piedras más incómodas. Por ello dejan al evento, de alguna manera, en suspenso, a la espera de que el inmediato año que va a suceder satisfaga una serie de aspiraciones y resultados. Un halo de incertidumbre sobrevuela la estancia pues todo está por hacer, el constante esfuerzo no es negociable, aunque todavía nos debatamos entre lo que es hacedero, en las actuales condiciones, y lo que no.
- La habitación del albergue y el vehículo del viaje: Espacios para una relación más cercana, para la camaradería, para ayudarnos (conversando para hacer más liviano el largo viaje), para el humor… el viaje de vuelta es el epílogo, han sido dos días, pero aparentan haber sido más.
Gracias a todas y a todos los participantes, y a los que quisieron asistir, aunque no pudieron, porque realizar el Encuentro, a día de hoy, es como el débil aliento de un ideal que busca encarnar un sueño, un sueño lejano, aparentemente imposible, aparentemente irrealizable; un sueño muy vivo, que se sueña despierto. Y cada vez que el sueño se desvanece y la realidad persiste en su acecho, abrazamos más ese hermoso ideal, que se nos revela como lo único cierto.
Añadir comentario
Comentarios