La extranjerización del yo

Publicado el 1 de octubre de 2026, 12:35

Por Jesús Trejo

La esquizofrenia es una enfermedad mental grave que afecta el modo de pensar, sentir y comportarse de las personas. Puede dar lugar a una mezcla de alucinaciones, ideas delirantes y pensamientos y comportamientos desorganizados. Las alucinaciones consisten en ver cosas o escuchar voces que los demás no ven ni escuchan. Las ideas delirantes son creencias firmes sobre cosas que no son ciertas. Puede parecer que las personas con esquizofrenia han perdido contacto con la realidad, lo que puede dificultar mucho su vida cotidiana.

 

La palabra extranjero proviene del francés y se construye por un lado de la palabra “estrange”, extraño y del sufijo que denota profesión “-ier”. Un extranjero es una persona que es un profesional de y en lo ajeno. No es casual que esta palabra sea un galicismo, una importación lingüística del territorio cuya estructura política marcó definitivamente la transición de la estabilidad del enraizamiento rural a la incertidumbre de la ciudadanía.

La modernidad implantada por la Revolución Francesa es un eufemismo que esconde la mutación en la forma de ejercer el Poder, por parte de las clases dominantes desde finales del XVIII, con el propósito de desenraizar a las gentes de sus fuentes identitarias. Y la modernidad tardía es una forma igualmente torticera de denominar al proceso de llevar las ansias imperialistas de los mandamases hasta el mismo dormitorio, cocina o cuarto de baño de cada unidad familiar, la penetración del imperativo estatal en lo más recóndito de la intimidad personal. Esta intromisión en la esfera privada que caracteriza la nueva manera de ejercer la tiranía por las elites explica muchas de las alteraciones psicológicas que padecemos, generando un halo de desconfianza que cada uno de nosotros arrastra cuando trata de justificar sus decisiones vitales más decisivas, por ejemplo en el amor, en la amistad o en la política.  ¿Hago realmente lo que quiero o es algo impostado y dirigido por la industria de la sugestión? ¿Mis convicciones son fruto de mi voluntad y mi razón o están conformadas por dogmas de religiones políticas construídas en selectos laboratorios de ideas? ¿Está mi corazón en el pecho o en el bolsillo? ¿Soy una persona o soy un peluche? Esa duda martiriza a muchas personas, y ya no nos fiamos ni de lo más profundo de nuestro ser. Somos extranjeros de nosotros mismos. Esta sensación ha sido, como siempre, bien sintetizada en el arte con el título de una obra de teatro: “Protegedme de lo que deseo”[1].

 

La fragilidad y vulnerabilidad del alma fue alevosamente perseguida. Es una construcción, o mejor dicho, y en lenguaje postmoderno, una deconstrucción, del suelo firme en el que antaño los hombres y mujeres asentaban su proyecto de vida. Porque la forma de dominar el mundo desde la revolución francesa ha sido precisamente la de devastar absolutamente el campo (metafórica  y literalmente) que servía de alimento material y espiritual al pueblo. Y se hizo sin contemplaciones, a sangre y fuego. Política de tierra quemada, arrasada, vaciada.Tras la usurpación de los medios de vida comunales, la concentración de la industria llevó al confinamiento masivo de la población en grandes ciudades, huérfanas de cultura y tradición, para ser suplantadas por relatos orquestados por el sistema de educación universal y por el mercado del ocio y el alcohol.    Por eso ahora la palabra pueblo ha quedado como epónimo para denominar los asentamientos rurales, que languidece y se hunden como pecios españoles de la corona de Castilla en el atlántico, cargados con la mercancía más extraordinaria y preciada para cualquier sociedad, su historia.

El desarraigo masivo hacia las ciudades ha sido el proceso de alienación más decisivo en la historia de la humanidad, la expresión más fehaciente de vivir de otros y para otros, y por tanto, de alejarse de su ser propio, de la autopropiedad. Con ello, la estructura psíquica se resiente, el sujeto pierde y se pierde[2]. El equilibrio mental depende de estar firmemente vinculado a relaciones sociales familiares, de vecindad, de cooperación en tareas compartidas voluntariamente asumidas, donde la realidad no tiene intermediarios y el corazón no es zarandeado por estímulos artificiales

Así que la mano invisible a la que aludía Adam Smith y que permitió el proceso de acumulación de capital fue realmente la extranjerización, el abandono traumático de las gentes comunes de unos asentamientos en donde el tiempo pasado constantemente estaba presente, en el paisaje natural y el construído, en la tradición oral, en los apellidos que penetraban hasta las quince o veinte generación, en las romerías a santos que estaban vinculados estrechamente a la aldea y al que se le interpelaba como benefactor cada vez que se tenía que acometer algún tarea arriesgada, como un ángel de la guarda. Todo tenía sentido, las fincas y veredas por las que se transitaba tenían nombre, formaban un todo inteligible, un hogar. El mundo resonaba[3].

Este proceso de extranjerización ha quedado fijado como marca de la casa de las estructuras estatales, y hoy día los movimientos migratorios representan esta misma política desarraigadora, adaptada al momento de globalización que domina la geopolítica. Es sintomático del reduccionismo economicista del marxismo, que solo  peroraron contra los procesos alienantes en la producción, de extrañamiento del propio ser desgajado en plusvalía,  ahora abracen con vehemencia este desplazamiento que ejerce el Estado y el capital sobre las gentes de otras latitudes, previo esquilmamiento de sus riquezas naturales por las metrópolis de facto, como antaño hicieron con el campesinado en Europa.

Una vez que los individuos quedan vaciados de la savia cultural que manaba de su raíz natal, son susceptibles de relleno institucional, y a eso se le llama “libertad”. Dado que ya no tienes creencias firmes, tienes libertad para creer en lo que te plazca; dado que ya no tienes territorio que defender, tienes libertad de elegir tu lugar de asentamiento (incluso el universo llamándote ciudadano del mundo, o incluso la nada, adscribiéndote a la república del menda lerenda). Dado que ya no tienes sexo, puedes elegir ser hombre o mujer, o murciélago como batman, o puritana viciosa como Rosalía. Dado que ya no eres un hombre, puede ser un animal como el movimiento therian. Se han invertido los valores de referencia, y lo negativo ahora es positivo:  el vacío es una posibilidad de llenado artificial, y la nada es una magnífica posición desde la que mantenerte equidistante de la realidad. Ahora estar desposeído es un privilegio, y no una carencia, y esto hace las delicias de las instituciones y el mercado, prestos a ofertar consuelo ofreciendo sus porquerías ideológicas o materiales.

Es cada vez más evidente que nos encaminamos a una sociedad de enfermos mentales, con las dificultades que ello conlleva para cualquier proceso revolucionario auténtico, que sea por un lado terapeútico, pero que por otro lado lo tienen que realizar los componentes enfermos, con sus taras y pedradas,  que quieren liberarse de su maldición. Es un reto casi imposible, y por ello magnífico.

 

Se ha recriminado al movimiento por la RI su melancolía trasnochada por las comunidades con libertad que dominaron antaño el rural hispano, y tratan de desprestigiar la memoria del comunal apelando a que puede tener una deriva reaccionaria. Bien, aceptemos esa posibilidad. Pero al aceptarla ya se está afirmando que hay libertad para poder ser reaccionario o revolucionario, y para consensuar posturas, cosa que hoy día no existe en ningún ámbito de las propuestas sociales alternativas. Ahora es todo devoción, puritanismo ideológico, mojigatería y política de cancelación del oponente. Si eres de izquierda, tienes que acatar el credo feminista, multicultural, republicano, ecologista, abortista, hedonista, frívolo y pacifista. Si eres de derecha, debes ser españolista, libremercantilista, militarista, católico apostólico romano y provida.

 Ambas posiciones tienen dentro de sí bien asimilada la esencia competitiva e individualista del sistema y su devoción por la máquina estatal para mediar. Ambas posiciones hacen del vecino un enemigo al que evitar o ignorar, negando el bien más valioso sobre el que se asienta una comunidad, la apertura del campo comunicativo y la posibilidad de autogobernarse en  todos los asuntos comunes, dejando al margen las costumbres y estilos con que cada cual quiera adornar su vida para dar sentido a su existencia..

Un pacto comunal es la opción para intentar revertir la deriva liquidacionista a la que estamos abocados. La asamblea religa el alma errante y cautiva de los individuos, nos abre a la realidad y a los demás, nos enseña a amar y comunicarnos, a ejercer el regalo extraordinario y exquisito del logos, como decían los estoicos. Dejemos de ser extranjeros de nosotros mismos.

 

Notas

[1] “protegedme de lo que deseo” Rodrigo Garcia, 1997

 

[2] este proceso lo analizó brillantemente simone weil en su obra “echar raíces”

 

[3]Véase “un mundo color de rosa” para entender el significado que el filósofo Harmunt Rosa da a ese término

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