Más de 21 días sin el puto móvil (autoterapia  contra una adicción muy moderna)

Publicado el 29 de octubre de 2026, 10:52

Por Gka

Esto es un relato basado en hechos reales, producto de una permanente sobre-exposición a esa pantalla embolsillada que llevamos constantemente a cuestas y de la que nos es, a menudo, imposible separarnos. Le dicen teléfono “inteligente” aunque la inteligencia es lo que precisamente hace retroceder; smartphone, ya que se encarga de destruir la comunicación interpersonal y la tan denostada convivencialidad, de manera elegante eso sí; celular, por su célula de batería que hace que puedas acarrear su miseria hasta el último rincón del planeta, pasando por tu último pestañeo antes de dormir (sin descansar), mientras se recarga sobre la mesilla de tu habitación.

Al lio. Todo empieza con un brote de ira, un ataque de frustración, un cabreo, un mecagondios. Un objeto de deseo, una pantalla frágil, un golpe seco, una rotura instantánea. Un enfado creciente, un “que hago yo ahora”. En el consciente, una necesidad repentina de canalizar la ira de una frustración doméstica; en el subconsciente, la necesidad de abandonar la conexión a Matrix, de decir basta. Un smartphone hecho pedazos en segundos, un alivio, un momento tranquilo, otro mecagondios. Mientras, se escuchan aplausos, una ovación interna, un golpe bajo a la adicción. Al instante, un pensar en que hacer después.

Hay que reparar el desaguisado, un móvil nuevo, un cambio de pantalla, una reparación de emergencia. Busco en Internet, no tengo internet. Bajo a la tienda, no hacen magia. Posibilidades que deben esperar a la próxima semana. Sigo vivo, no es tan grave, calma y vamos a ver que hacemos. Habla el subconsciente: hay que cambiar el rumbo.

Al día siguiente, síndrome de abstinencia. En cada pausa, un pensamiento, un gesto, voy a mirar nosequé en el móvil. ¡Ah, que no está! Y así, a cada rato. Las noticias, el tiempo, la conversación y la alerta de turno, un audio, voy a buscar que significa esto o se me ha ocurrido lo otro, ofertas de empleo, que me dices de esto colega chatgpt, voy a buscar algo que publicar, voy hacer scroll de reels y shorts, voy a escuchar el último podcast, la última entrevista, el último video de mi gurú de cabecera, menganito ha puesto un nuevo “estado”, fulanito manda carteles de una nueva convocatoria, he cobrado este mes, voy a mirar el correo, ¡joder si han convocado elecciones! Con lo que me gusta a mi pasar de las urnas, seguir los resultados y cagarme en la farsa electoral. Esquizofrenia 4.0, me voy al frenopático.

Busco la droga pero no la encuentro, por suerte he decidido no ir a buscar al camello, soy fuerte, puedo con ello. Van pasando los días y joder, no es para tanto, a ratos busco mi dosis pero voy aceptando la “nueva normalidad”. Dicen que 21 días es el tiempo en el que la mente convierte en hábito una práctica. Ese es mi primer objetivo, lo veo claro. Lo voy a conseguir ¡joder! y después, ¿qué?

Comienza una nueva etapa, no te necesito, al menos, para casi todo. Salgo de casa sin redes sociales, sin aplicaciones de mensajería, solo con un aparato funcionando más parecido a los de antes, llamadas y poco más. Pero sobre todo, con una mente como las de antes. Entre tanto y casi sin darme cuenta, han transcurrido los primeros 21 días, lo he conseguido. He conseguido saber que puedo luchar, que puedo pelear. No hay paraíso que alcanzar.

Soy tan fuerte como imperfecto, soy consciente de que recaeré, igual que quien intenta dejar de fumar. Uno es capaz de decir “se acabó, este es el último, por siempre y para siempre” y llevarlo a cabo, sin embargo, una vez lo has probado, no hay marcha atrás, la lucha debe continuar hasta el lecho de muerte. Porque nada es definitivo salvo la muerte, el resto está en nuestras manos, de lo que está en nuestras manos. Este no es el relato de una victoria, es la narración de una experiencia, un combate.

Cuando estás enganchado, tu percepción es que no es para tanto, es minimizar el alcance, es pensar en el desahogo, en obtener información valiosa, en aprender, en estar en contacto, en mil escusas, pero las capacidades innatas de uno disminuyen, y mucho. La merma de la atención, la presencialidad, la creatividad, la convivencialidad, la capacidad de pensar, de actuar, de decir y de escribir, de argumentar, de mirar y observar. Para todo ello, tengo más tiempo, mucho más tiempo. Más tiempo para escribir esto que estoy escribiendo. Más tiempo para hacer esta autoterapia que estoy haciendo. Más tiempo para soñar lo que no estaba soñando, para descansar, para jugar, para reír, para estar, para no dejarme llevar, para generar mi propia bioquímica, mi dopamina, para vivir plenamente de acuerdo a mi propia voluntad.

¿Acaso no tenemos miedo a mirar las estadísticas? ¿Cuántas horas lo usaba al día? ¿En cuántas docenas de momentos interactuaba él? Nos horroriza mirar cómo se nos va la vida en la pantalla, nos atemoriza pensar que podríamos desconectarnos de ella, nos espanta la idea de imaginar a qué podríamos dedicarnos en su lugar, nos estremece dar el paso y destrozar para siempre la pantalla.

En la sociedad de las pantallas no olvidemos que estamos dotados de sentidos, de alma. Deshagámonos de las apps y de sus inmediateces. Tiremos los móviles a la basura, quememos nuestros smartphones, rompamos las pantallas, construyamos una vida que merezca la pena ser vivida, fuera de Matrix, en la vida real. Si no puedes hoy, podrás mañana; inténtalo hoy que tarde será mañana.

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