Por Tombol
Hace años que ya había tomado la decisión de alejarme de las manifestaciones populares, esas convocatorias organizadas siempre por algún ente, institución o asociación interesada, armadas con el objetivo de hacer propaganda de sus siglas o de su grupo, así como de sus sesgados idearios. Por supuesto, es esta una idea general, porque siempre existe la posibilidad de que aparezca una convocatoria legítima y organizada sin interés camuflado; y también existe la posibilidad de unirse, en un momento dado, a una manifestación que pueda aunar al pueblo y que contenga justas reivindicaciones. Pero, siendo honesto, hay algo en esas manifestaciones, concentraciones o lo que sean, que me provoca rechazo. Aunque también entiendo que es lo que hay, que es eso o nada, a día de hoy toda reunión multitudinaria de personas no puede llevarse a cabo impunemente…
Pero… ¿Cómo se me ocurre pensar tales cosas? Si, ahora, todo está bien estructurado, para que puedas juntarte con otros, ordenadamente, y expresarte con libertad… ahora tienes el “derecho” a hacerlo, bien regulado, bien atemperado…
De anteriores experiencias de protesta popular saque las pertinentes conclusiones, pues los hechos evidenciaban la naturaleza de las mismas. Las manifestaciones, tal como las conocemos hoy día (ya llevan tiempo entre nosotros) fueron diseñadas por el poder para dominar más y mejor a la población. Regular una protesta social, una reivindicación popular, constriñéndola a una hora y un lugar concretos, ya está adulterando su naturaleza, desde la raíz. Hubo un tiempo en que, ante las injusticias y arbitrariedades de las fuerzas mandantes, la gente del pueblo se sublevaba, asaltaba cuartelillos o castillos, salía a la calle a pegar fuego a los opresores…
Las manifestaciones, mayormente, se han convertido en actos inermes, en tapabocas del pueblo, en reivindicación estéril, en desfogue anestesiador… En el mejor de los casos, los furgones policiales acamparán cerca, los infiltrados boicotearán las marchas, las “fuerzas del orden” construirán el relato popular que haya de triunfar… y se señalará a “los violentos”, “los antisistema”, “la ultraderecha” …
Abro un pequeño paréntesis para recomendar el artículo publicado en la revista por nuestro compañero Antonio Hidalgo[1], y del que éste no es más que un mero apéndice refrendador.
El origen de las manifestaciones, como forma de protesta social organizada, al modo moderno, se remonta al primer tercio del XIX, a partir de la llamada revolución industrial. Se generó, pues, a partir de las nuevas condiciones laborales en que se condujo a la población de las ciudades o en las fábricas. Muy pronto, fueron los movimientos de izquierdas los que apadrinaron esas acciones. Ya, en el XX, eran las ideologías izquierdistas las que protagonizaban esa forma de protesta; y así, legitimaron hacer las cosas de esta forma, es decir, muy bien reguladas y controladas. En ese origen se incluye también la aparición del derecho de huelga… es decir, que ante las revueltas populares que se producían, los poderes mandantes diseñaron los nuevos “derechos”, vale decir, quedaba prohibida cualquier forma de protesta que no estuviera certificada por las autoridades del estado…
Aun así, a pesar de las primeras regulaciones, la historia de la protesta social organizada está completamente teñida de sangre. Ahí tenemos el caso de las manifestaciones y huelgas habidas en el Reino de España, muchas de ellas originadas desde el, entonces, apolítico sector agrario, antes de la Guerra Civil española. En el ilustrativo video de nuestro compañero Kiko se detallan cómo fueron tratados los que salían a protestar[2]… hace, más bien, poco tiempo… aunque a muchos les parece que aquello es la prehistoria…
Y ahora voy con la última manifestación a la que he asistido; fue precisamente el otro día, con el tema de Ceuta… no tenía ni idea de la convocatoria… el día anterior, por razones que no vienen al caso, decidí ir allí, a la Plaza de la Cibeles, en Madrid… solo quería echar un vistazo, ver qué se cocía, y más sabiendo que, al parecer, habían intentado prohibirla (¿?)…
Me encaminé, pues, el día de autos, hacia la Plaza de la Cibeles, en Metro, y me bajé un par de paradas antes, pues quería tomar la temperatura de la situación tiempo antes de llegar al centro neurálgico del acontecimiento. Cruzando el barrio de Salamanca caminé tras un par de mujeres muy arregladas, una de las cuales llevaba una bandera de España anudada al cuello, haciendo las veces de un chal… las banderolas rojigualdas empezaban a hacer acto de presencia, y yo empezaba a sentirme incómodo…
Y, así, llegue a la hora en punto que se suponía era el inicio (las 19.00)… era el inicio para los madrugadores, no para todo el mundo, de hecho vi que había muy poca gente… una hora cosmética, quizás, por aquello del bochorno climático… el hecho es que aquello me permitió apostarme cerca del primer vallado, ese que servía de parapeto al entarimado reservado para las autoridades (que no sabía quiénes iban a ser) y para la prensa, frente al antiguo edificio de Correos… y allí me aposté, tras una jardinera móvil alta, buscando algo de sombra que me protegiera del sofocante sol de aquel día…
Pero no tardé en buscar otro sitio, uno en el que el sol me iba a pegar de lleno… Y es que, en el lugar anterior, un par de mujeres, al modo de “Charos” de derechas, zarandeaban sus banderas españolas delante de mí, de tal manera, que vi peligrar mis oscuras gafas varias veces, y a pesar de advertirles del inapropiado movimiento respetuosamente, fue como si oyeran llover… bueno, reconozco que sus diálogos poco enjundiosos tampoco me invitaron a quedarme allí…
En aquella espera, antes de la aparición de la comitiva de políticos, se habían empezado a lanzar las pertinentes consignas políticas y reivindicativas… y la que más se llevaba la palma era la consabida “¡Pedro Sánchez, hijo de puta!”, seguida de las también populares “¡Sánchez, dimisión”! o “¡Sánchez a prisión!”… la gente jaleaba dichos lemas, unas veces de forma uniforme y otras de manera algo desganada… me vino, entonces, a la cabeza, las referencias de Félix Rodrigo a la idea de tiranicidio expresada por Juan de Mariana… y, pensaba yo, qué pasaría si se gritase algo así como “¡Pedro Sánchez, pena de muerte!”… por lo que sentía en la gente, no sería por falta de ganas… pero, quizás hoy en día, aunque se desee, se opina que está mal pedir o gritar la muerte de una primera autoridad, que todo el mundo tiene derecho a la vida, eso dicen…
Y, a eso de las 20.00 horas, toda la plaza y zonas aledañas se habían abarrotado de gente, hasta donde la vista alcanzaba… no se veían apenas policías… y allí me encontraba, en medio de las rojigualdas, de griteríos infames (“soy español, español, español”…), de polos Lacoste y aromas Carolinaherrerianas (es un decir)… bañado en sudor, con las rodillas lanzándome avisos, y las lumbares también… escuchando comentarios “derechosos” a diestro y siniestro… Y allí me encontraba yo, sintiéndome un extraño entre toda aquella marabunta, no me sentía entre colegas precisamente, aunque veía también buena intención (sobre todo en los-las más tranquilos-as)… aparecieron, entonces, las autoridades, como si fueran las estrellas de rock o del fútbol, los salvadores, con el “carismático” Almeida a la cabeza…
Abrió el fuego, pues, Almeida, el alcalde, leyendo el comunicado de los Ayuntamientos españoles. Luego continuó su discurso con contenidos de sesgo españolista, claro… y, pronto, refirió que “… en las fronteras de Ceuta se protege nuestro territorio, nuestro espacio común europeo y los valores de convivencia, libertad y estado de derecho…” . En los momentos clave, las autoridades nos recuerdan siempre al Estado; en las inundaciones de Valencia fue así, también con los incendios… empecé a mirar hacia los lados, a ver cómo podía salir de allí, que ya comprobaba que se antojaba difícil…
Poco después, el ínclito Almeida, con su voz medio gangosa, refirió que “… la situación requería una respuesta del Estado”… y esa repetición de la palabra “estado” tantas veces me empezó a taladrar la sesera, los “bujes” de la cabeza me saltaban por los aires, y es que sentía que aquel discurso tan estatista no era el discurso del pueblo que se había congregado allí, sino de una minoría mandante y prepotente… las piernas se movieron, raudas, y se hicieron sitio para tratar de salir de allí… y, en mi retirada, me crucé de frente con quienes allí habían acudido… todo muy pacífico… abundaban indumentarias y patriotismos de salón… y otros más silenciosos, que casi parecía que no estaban (como yo)… aturdido, traté de alcanzar la lejana boca de Metro, a toda prisa, deseando que la acelerada escapada también sirviera para limpiar las grises sensaciones que me había provocado toda aquella experiencia… experiencia de vivir un acto que era inane, vacío, teledirigido, ausente de espíritu…
Pues esto es lo que hay, uno puede estar arropado entre miles de personas y sentir la nadedad más absoluta, aunque todos estemos sujetos con la argolla del mismo estado… no se produjo simbiosis alguna, todo lo contrario, la incomodidad se hacía hueco, el bochorno se hacía más bochorno, la voz interior se hacía lamento interior…
La situación existente en Ceuta nos sirve para comprender cómo la aparición de una circunstancia de gravedad en el país saca al descubierto su realidad política y social. En este caso, la alarma social saltó al ver a una parte de la población, los ceutíes, (que se supone son compatriotas) en grave peligro, en una situación realmente amenazadora para sus vidas. La acción del Estado resultó timorata, oscura, falta de sensatez. Se crearon entonces, desde diferentes entes del Estado, dos discursos o dos maneras de verlo, para así dividir y confundir a la población de todo el país. La división en la forma de ver el problema permitió al Estado no dar convincentes explicaciones, el ruido mediático se hizo sitio y ya solo sonaban los enfrentamientos entre los políticos en el Congreso de los Diputados, y ya todo permitía que la actuación del Gobierno saliera indemne ante tamaño desbarajuste (a la espera de las próximas elecciones, estupendo). Y lo que quedó, finalmente, era la reclamación de más intervención estatal, se aceptaba de buen grado la incapacidad para hacer nada, salvo manifestarse, eso sí, y rogar al Estado que actúe con firmeza.
“La democracia y el triunfo del Estado”, podría ser también el título de este artículo, pero no he querido copiarme. Es el punto en el que nos encontramos, todas las reivindicaciones apuntan siempre hacia ahí, a pedir más y más intervención estatal, lo que implica delegar más y más nuestra responsabilidad individual.
Escuchar a un tipo como Almeida liderar esta situación me resultó bochornoso (me refiero a que es un tipo mediocre, involucrado en asuntos turbios… como persona no le conozco).
Regular todo, legislar todo, ha llevado a esto. Se regula el derecho a gritar, a salir a la calle juntos, a mostrar un estado de indignación… a fin de cuentas, eso es lo que implica “el derecho a manifestarse”… incluso, en los últimos tiempos, ya se está condicionando el desahogo del insulto, el “hijo de puta” de Sánchez solo es la antesala de la futura prohibición de cualesquiera improperios.
Gracias a las manifestaciones el estado desactiva la ira popular, abre el grifo que permite su contención, que desactiva el descontento. “¿Qué otra cosa podemos hacer?”, “yo al menos intenté algo, fui a la manifestación”. No lo critico, pues, a fin de cuentas, todos somos, ya, esclavos consentidores del sistema.
La población, las gentes del pueblo, somos marionetas sometidas a la acción estatal, ya lo hemos visto en Ceuta. Lo mismo da si son ceutíes que si son desarrapados marroquíes. La oscuridad con que se ha desenvuelto toda la información de este asunto demuestra, prístinamente, que los intereses de los Estados nada tienen que ver con los del pueblo, y que, en la hora presente, puede aquel hacer y deshacer a su antojo, pues disponen de afinadas herramientas para lograrlo.
Pero, ¿y qué podemos hacer? Bueno, de momento, tenemos una consigna: Todos contra el Estado, nada para el Estado, supresión total de la existencia del Estado.
Notas
[1] https://www.virtudyrevolucion.org/numeros-de-la-revista/numero-9-diciembre-2023/1572333_me-manifiesto-contra-las-manifestaciones
[2] https://www.youtube.com/watch?v=biQHHrrEBGQ
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