Por José María Peiró
Lluvia del porvenir
Roto está el conjuro de los enemigos de este pueblo oscuro que ha de florecer.
Del cielo negro cae la lluvia,
lágrimas de contento inundan mis ojos.
Exhalando su alma como un perfume nuestros muertos descansarán.
Un meteoro que se aleja del horizonte era el espíritu que estaba envenenando el aire.
No mas aceros afilados en la brisa
mis pensamientos crecen hacia el cielo.
Hay agua abundante en este páramo y han vuelto los colores a su rostro.
Ella entiende lo que yo le sé decir
y ahora renace mi orgullo guerrero.
Su pureza me conmueve tanto
como la extraña libertad de sus costumbres.
Y sale del agua con un cuerpo nuevo sin memoria para los dos.
Exhalando su alma como un perfume nuestros muertos descansarán.
Hay agua abundante en este páramo y han vuelto los colores a su rostro.
Y sale del agua con un cuerpo nuevo sin memoria para los dos.
Radio Futura
Eran las eras.
Ahora no son.
¿Serán las eras o no?
Transcurre el tiempo, Todo cambia, cambia todo como cantara Mercedes Sosa. Lo que no parece cambiar es el sistema de dominación en que vivimos, mal vivimos o sobrevivimos.
En mis escapadas juveniles de la ciudad al campo veía el deterioro de lo humano en ambos lugares pero me atraía una pureza que solía encontrar en lo natural. Se me ocurrieron fácilmente esas palabras sobre las eras como difícil interrogante al observar el estado de abandono y deterioro en que se sumían muchos pueblecitos del interior de la Península.
Desde entonces ha continuado esa deriva en los procesos de abandono y simplificación de paisajes antaño manejados hasta sabiamente por nuestros antepasados.
Recuerdo un viaje a comienzos de la pasada primavera por tierras de Ávila.. Las montañas y los paisajes soberbios. En muchos lugares se veía cierto despoblamiento sin mostrar aún abandono y ruina. Sin embargo, el modelo de producción ganadero actual ha cambiado la extensión de las parcelas de explotación.
Las estructuras tradicionales de delimitación basadas en muros de piedra granítica y setos vivos de vegetación arbustiva y arbórea espontánea de endrinos, zarzas, rosales, encinas y robles con toda su carga positiva de biodiversidad, belleza estética y ética ecológica dejaron poco a poco de ser operativas imponiéndose ampliaciones con cercados de alambre de espino visibles desde lejos por colgajos de sacos de plástico. Las cargas ganaderas y los tiempos de permanencia han variado, las trashumancias desaparecen y con todo ello van cambiando los paisajes, haciéndose probablemente menos resilientes frente a las adversidades.
Qué pena, qué lástima de desamortizaciones e industrializaciones posteriores que empujaron al paisanaje a dejar sus paisajes de concejo abierto para tener que buscarse la vida en los arrabales de ciudades ajenas a su idiosincrasia y democracia. Allí llevaron su testigo de ayuda mutua, eso sí.
Hace unas semanas, almorzando en la terraza de un bar con un compañero asistente al último encuentro RI, saboreando los momentos vividos, los debates, conversaciones e inquietudes. Observamos cómo acercaban víveres al local. Unos sacos de carbón vegetal de los que venden por gasolineras y supermercados me hicieron pensar en las pequeñas y grandes contradicciones imperantes. Por allí, territorio donde las encinas y los robles (de excelentes carbones para cocinar entre otras cosas) se van recuperando no quedan hoy carboneros que suministren el producto. Tanta economía circular y de proximidad que se cacarea.
Ya saliendo del pueblo bajando hacia la plana, a ambos lados de la carretera habían cortado franjas de encinas y pinos. Muchos árboles ya tenían cierto tamaño. Interrogantes acerca de su posterior destino. Es fácil imaginar que irán a biomasa que poco revertirá en la exigua población residente y con mínima participación en la gestión de sus territorios vitales.
Y así podemos recordar muchísimas situaciones y lugares ibéricos. Breves estancias por bellas geografías donde difícilmente te puedes tomar un vaso de leche del terreno, ni comerte una lechuga o unas judías que no sean las venidas de a saber de dónde..
Un escaso goteo de gentes con sensibilidad y gusto por la piedra, la madera, el silencio de entre semana medio viven por pueblecitos con sus artes y teletrabajos. Rara vez lo hacen desde el trabajo manual de la tierra, el azadón, el hacha, el cayado o la fragua. Las dificultades suelen ser grandes y la fortaleza individual y grupal no suele acompañar por necesaria que sea.
Y así, van cayendo poco a poco esos muros de piedra seca de ingeniosa corrección hidrológica infiltradora de aguas y reductora de desastres y se van llenando de matorrales espinosos los antaño aprovechables pastos. Los nuevos pinares no se entresacan ni se resalvean las incipientes encinas. Las inmediaciones de pequeñas y fértiles huertas con sus sistemas de riegos que aprovechaban el agua se van aridificando y cerrando y ocupando con grandes plantas de ciclo
corto y matorral con gran riesgo de inflamabilidad en estos veranos tan duros. Ya no hay gente (joven) que haga hacenderas y otros trabajos colectivos para mantener en condiciones el entorno junto a las casas.
Lo que escribo, por más que tenga su ay lastimoso pretende ser una llamada a la acción. Una recomendación relacionada con salir de las ciudades para vivir una vida mejor, más acorde. También en las ciudades, colmenas-escuelas de aprendizaje hay mucho por hacer de positivo, y abrir vínculos entre ambos más allá de la economía imperante. La consigna común es autoconstruirse y hacer en común, por poco que se pueda hacer, por inconvenientes que pueda haber, desde lo posible y necesario, paso a paso hasta lo que ahora nos puede parecer un imposible pero mañana quizá ya no.
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