Una fiesta de verdad

Publicado el 1 de octubre de 2026, 12:35

Por Alejandra Icíar

Era evidente que la invitación al festival hacía aguas. No obstante, fuimos, como  ante toda llamada. Dada la distancia, decidimos hacer el camino en dos etapas, visitando a  una amiga que vivía en el tramo medio de la línea de nuestro itinerario.

Ya en marcha, paramos a comer a la sombra de un tilo, a la caricia de una brisa  que ya dejaba atrás el húmedo calor del sur.

Una vez allí, por la tarde, un mensaje de voz nos confirmaba un error en las  fechas, mal indicadas en la difusión. El festival comenzaría dos días después. Nuestra  amiga tenía disposición; podía y gustaba de ofrecernos más tiempo su casa, pero ¿y las  personas que, desconociendo los cambios, se presentaran? 

Otra amiga estaba entre ellas, pero sigamos el orden de los acontecimientos hasta  encontrarla, dos días más tarde.

Esos dos días “muertos” pronto revivieron. Del rico contexto histórico de los bellos  pueblos cercanos, surgieron crónicas filmadas acerca del origen de la cultura y lengua  castellanas. Y ¡eureka! es la palabra que suena al conocer la verdadera historia, aquella  que sin ningún interés que defender, se desprende de la lógica, de la realidad de las  cosas. Aquella historia viva, próxima, la de los pueblos, la de la gente, en oposición al  inconexo y turbio relato de las minorías mandantes todas. 

Entre los hermosos y cuasi abandonados parajes naturales, escuchábamos el  clamor de sus árboles. Las sabinas, privadas del ramoneo del ganado, no pasaban en  forma y talla, del talante de arbusto. Esa presión sobre las ramas bajas, incita su  crecimiento del mismo modo que, el vigor de todo ser viviente, en condiciones demasiado  cómodas, languidece. 

Los fresnos, los robles, manifestaban, en su agrietado porte, la escasez de agua.  Más aún aquellos junto a los arroyos ahora secos, que evidenciaban cómo las condiciones  de excesiva abundancia, dificultan la adaptación a condiciones apuradas.

…con todo, nos maravillamos de los ríos, de los manantiales… ¿habrá mayor  regalo que sumergirse en el agua clara un día de verano?

Entre tanto, conocimos a aquella chica de 15 años que, sin saberlo, nos siguió  colmando de regalos. Capaz y franca, evocó sin pretenderlo, que la adolescencia es hija  de la modernidad y no una etapa natural de la vida. No hace tanto que los niños  colaboraban en muchas de las tareas cotidianas. No hace tanto que la vida no estaba  parcelada. Me asombró saber que, hace sólo unas décadas, a la edad de 12-14 años, ya  asomaba la madurez. 

Volveré sobre esto enseguida, pues va al hilo que la curiosidad por conocer el  centro social del pueblo, se sació gracias a que había convocada en él una charla. Esta  exposición sobre educación, que pretendía ser histórica al tiempo que innovadora, tenía “el poner al niño en el centro” entre sus loas.

Pero si alguien desea un orden que haga funcional un conjunto, ¿no pondría como  eje y guía la experiencia y la sabiduría? Son tantas las repercusiones que se desprenden  de esta sencilla alegoría…

Según esta conferencia, además, las personas del mundo rural eran gentes  analfabetas que necesitaban asistencia. En efecto, mis abuelos maternos escribían y leían

con dificultad, sin embargo, fueron capaces de cambiar de oficio según las circunstancias,  de sacar adelante a una familia amplia, de relacionarse con sus vecinos, de reír y celebrar (con gracia y moderación) cuando la situación se prestaba. Sin apenas haber ido a la  escuela, eran hábiles y robustos, tenían multitud de conocimientos desprendidos de la  propia existencia. 

El mundo antiguo se está escapando entre sus manos (y se está negando a sus  hijos y, sobre todo, a sus nietos y más allá), desembocando en una vida fragmentada en la  que la población naufraga. Dolencias de toda índole sacuden los cimientos “civilizatorios”.

Sin embargo, dado que la realidad de las cosas no puede perecer, la esencia de  aquel mundo permanece intacta, aguardando ser restaurada. No en su periferia contextual,  que ha cambiado, pero sí en su cosmovisión.

El gemebundo pensamiento argüirá que es imposible, que todo anda demasiado  mal, pero entonces remitiré al tiempo histórico, en el que el tiempo biológico es apenas un  suspiro. Entonces invitaré a mirar con recelo la escala del yo, para aludir al nosotros, a ese  nosotros que ha caminado, contra viento y marea, miles de años sobre la faz de la tierra.

…el viaje continuaba desplegándose…

Ya al fin, al llegar al destino que había motivado nuestro periplo, de nuevo, otra  ruptura en el guion. La naturaleza del festival había cambiado con respecto a otros años.  Ya no era una acampada libre, ya no era un acto popular, surgido de jóvenes del pueblo,  donde cabía cierta espontaneidad. Sólo se podía pernoctar con reserva, previo pago de  varios cientos. 

Y es ahora cuando aparecen esas personas que, desconociendo los cambios,  (primero en el calendario y después en cuanto a la naturaleza del festival), se encontraban  allí con una mezcla de interés y desconcierto.

Él, también escritor, nos ofreció hacer noche en su casa, en un pueblo cercano.  Ella, que también nos acompañó, hizo brillar nuestra mirada: con total despreocupación,  llevaba dos días por el lugar, habituada como estaba, a viajar sin apenas nada. He aquí otra de las maravillas del verano: dormir entre la tierra y las estrellas.

Al día siguiente, cedimos a la evidencia y decidimos regresar. No había espacio en  aquel festival que ya no podía ser llamado fiesta. 

La fiesta, en su sentido original, cohesiona a la comunidad, pues no es algo que se  pague y consuma pasivamente, sino un encuentro que, por su naturaleza participativa, es  integrador y que, en su soltura y desparpajo, da sostén y amparo a nuestra psique y  emocionalidad, tan sacudidas por el vaivén de los avatares mundanos.

De camino a aquel pueblo que, de nuevo, disponía nuestro regreso al sur en dos  tramos, paramos en una graciosa aldea, de las tantas y tantas que se encuentran entre los  valles y las montañas. 

Muy cerca, saltaba una cascada. La pared de la pequeña presa estaba tan  naturalizada, que apenas se distinguía del curso del río. Supimos con certeza que era una  pared construida, al descubrir los restos de un antiguo molino en el que aún persistían las  turbinas: era una fábrica de luz.

Desde finales del siglo XIX, a lo largo y ancho de la península ibérica, muchos  molinos (harineros, papeleros, batanes) fueron reconvertidos en todo un entramado de

pequeñas centrales hidroeléctricas pioneras, que dotaban de electricidad a zonas rurales e  industriales. 

A partir de los años 50 y 60, se fueron abandonando de modo forzado, pues las  políticas estatales monopolizaron el sector en grandes empresas.

Aquella tarde el cielo insinuaba lluvia y haciéndose eco del refrán “en agosto, frío  en rostro”, una tormenta ambientó el restaurante improvisado en que nos encontrábamos:  un banco de piedra, bajo los soportales de una gran plaza que, aunque coronada por un  antiguo palacio, lucía una sobria y funcional arquitectura popular. 

Otra vez bajo el abrazo de nuestra anfitriona, disfrutamos juntos de aquel pórtico  de innumerables arcos, de los juegos entre la luz y el agua dibujados en la bóveda de  aquella fuente romana…

De camino a las tumbas altomedievales, mirando sin mirar, colando entre el  sabinar nuestra mirada, los cambios de luz asociados al eclipse solar, fundían el ocaso con  el amanecer. 

También aquella grada, construida de la mano de sus vecinos, susurraba cálidas  palabras: hacendera, juntada, andecha, auzolan… Voces que expresan, en distintos  territorios, la misma tradición medieval: trabajos comunales de utilidad popular (como el  mantenimiento de caminos, fuentes o cañadas) en los que participa todo el vecindario de  una localidad.

Aún persisten lugares donde la asamblea concejil es el órgano decisorio del  pueblo. Aquella que, de abajo a arriba (aldea, comarca, Cortes), organizaba la vida. 

En palabras de Santiago Arauz de Robles, “el régimen de concejo abierto daba a  cada vecino una sensación de protagonismo equiparable a una sensación de felicidad. La  felicidad sólo es posible cuando se tiene la impresión real de que la vida que se vive es  hechura propia y no imposición ajena. No es que sea condición suficiente, pero sí es  condición inexcusable”.

Al caer de la última tarde, un pueblo vecino acogía un concierto de música popular, divulgador de ritmos transmitidos, de generación en generación, por vía oral. Alegría y risa,  complicidad y filosofía… Qué deleite el don de, con cariño, desvelar cada fisura de la  actual forma de vida. Nadie hubo que no se levantase de su silla. A veces aplausos, otras  carcajadas, cantos, danzas, no hubo quien no se expresara. Era evidente que en el viaje  no podía faltar una fiesta de verdad.

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