Por Alejandra Icíar
Era evidente que la invitación al festival hacía aguas. No obstante, fuimos, como ante toda llamada. Dada la distancia, decidimos hacer el camino en dos etapas, visitando a una amiga que vivía en el tramo medio de la línea de nuestro itinerario.
Ya en marcha, paramos a comer a la sombra de un tilo, a la caricia de una brisa que ya dejaba atrás el húmedo calor del sur.
Una vez allí, por la tarde, un mensaje de voz nos confirmaba un error en las fechas, mal indicadas en la difusión. El festival comenzaría dos días después. Nuestra amiga tenía disposición; podía y gustaba de ofrecernos más tiempo su casa, pero ¿y las personas que, desconociendo los cambios, se presentaran?
Otra amiga estaba entre ellas, pero sigamos el orden de los acontecimientos hasta encontrarla, dos días más tarde.
Esos dos días “muertos” pronto revivieron. Del rico contexto histórico de los bellos pueblos cercanos, surgieron crónicas filmadas acerca del origen de la cultura y lengua castellanas. Y ¡eureka! es la palabra que suena al conocer la verdadera historia, aquella que sin ningún interés que defender, se desprende de la lógica, de la realidad de las cosas. Aquella historia viva, próxima, la de los pueblos, la de la gente, en oposición al inconexo y turbio relato de las minorías mandantes todas.
Entre los hermosos y cuasi abandonados parajes naturales, escuchábamos el clamor de sus árboles. Las sabinas, privadas del ramoneo del ganado, no pasaban en forma y talla, del talante de arbusto. Esa presión sobre las ramas bajas, incita su crecimiento del mismo modo que, el vigor de todo ser viviente, en condiciones demasiado cómodas, languidece.
Los fresnos, los robles, manifestaban, en su agrietado porte, la escasez de agua. Más aún aquellos junto a los arroyos ahora secos, que evidenciaban cómo las condiciones de excesiva abundancia, dificultan la adaptación a condiciones apuradas.
…con todo, nos maravillamos de los ríos, de los manantiales… ¿habrá mayor regalo que sumergirse en el agua clara un día de verano?
Entre tanto, conocimos a aquella chica de 15 años que, sin saberlo, nos siguió colmando de regalos. Capaz y franca, evocó sin pretenderlo, que la adolescencia es hija de la modernidad y no una etapa natural de la vida. No hace tanto que los niños colaboraban en muchas de las tareas cotidianas. No hace tanto que la vida no estaba parcelada. Me asombró saber que, hace sólo unas décadas, a la edad de 12-14 años, ya asomaba la madurez.
Volveré sobre esto enseguida, pues va al hilo que la curiosidad por conocer el centro social del pueblo, se sació gracias a que había convocada en él una charla. Esta exposición sobre educación, que pretendía ser histórica al tiempo que innovadora, tenía “el poner al niño en el centro” entre sus loas.
Pero si alguien desea un orden que haga funcional un conjunto, ¿no pondría como eje y guía la experiencia y la sabiduría? Son tantas las repercusiones que se desprenden de esta sencilla alegoría…
Según esta conferencia, además, las personas del mundo rural eran gentes analfabetas que necesitaban asistencia. En efecto, mis abuelos maternos escribían y leían
con dificultad, sin embargo, fueron capaces de cambiar de oficio según las circunstancias, de sacar adelante a una familia amplia, de relacionarse con sus vecinos, de reír y celebrar (con gracia y moderación) cuando la situación se prestaba. Sin apenas haber ido a la escuela, eran hábiles y robustos, tenían multitud de conocimientos desprendidos de la propia existencia.
El mundo antiguo se está escapando entre sus manos (y se está negando a sus hijos y, sobre todo, a sus nietos y más allá), desembocando en una vida fragmentada en la que la población naufraga. Dolencias de toda índole sacuden los cimientos “civilizatorios”.
Sin embargo, dado que la realidad de las cosas no puede perecer, la esencia de aquel mundo permanece intacta, aguardando ser restaurada. No en su periferia contextual, que ha cambiado, pero sí en su cosmovisión.
El gemebundo pensamiento argüirá que es imposible, que todo anda demasiado mal, pero entonces remitiré al tiempo histórico, en el que el tiempo biológico es apenas un suspiro. Entonces invitaré a mirar con recelo la escala del yo, para aludir al nosotros, a ese nosotros que ha caminado, contra viento y marea, miles de años sobre la faz de la tierra.
…el viaje continuaba desplegándose…
Ya al fin, al llegar al destino que había motivado nuestro periplo, de nuevo, otra ruptura en el guion. La naturaleza del festival había cambiado con respecto a otros años. Ya no era una acampada libre, ya no era un acto popular, surgido de jóvenes del pueblo, donde cabía cierta espontaneidad. Sólo se podía pernoctar con reserva, previo pago de varios cientos.
Y es ahora cuando aparecen esas personas que, desconociendo los cambios, (primero en el calendario y después en cuanto a la naturaleza del festival), se encontraban allí con una mezcla de interés y desconcierto.
Él, también escritor, nos ofreció hacer noche en su casa, en un pueblo cercano. Ella, que también nos acompañó, hizo brillar nuestra mirada: con total despreocupación, llevaba dos días por el lugar, habituada como estaba, a viajar sin apenas nada. He aquí otra de las maravillas del verano: dormir entre la tierra y las estrellas.
Al día siguiente, cedimos a la evidencia y decidimos regresar. No había espacio en aquel festival que ya no podía ser llamado fiesta.
La fiesta, en su sentido original, cohesiona a la comunidad, pues no es algo que se pague y consuma pasivamente, sino un encuentro que, por su naturaleza participativa, es integrador y que, en su soltura y desparpajo, da sostén y amparo a nuestra psique y emocionalidad, tan sacudidas por el vaivén de los avatares mundanos.
De camino a aquel pueblo que, de nuevo, disponía nuestro regreso al sur en dos tramos, paramos en una graciosa aldea, de las tantas y tantas que se encuentran entre los valles y las montañas.
Muy cerca, saltaba una cascada. La pared de la pequeña presa estaba tan naturalizada, que apenas se distinguía del curso del río. Supimos con certeza que era una pared construida, al descubrir los restos de un antiguo molino en el que aún persistían las turbinas: era una fábrica de luz.
Desde finales del siglo XIX, a lo largo y ancho de la península ibérica, muchos molinos (harineros, papeleros, batanes) fueron reconvertidos en todo un entramado de
pequeñas centrales hidroeléctricas pioneras, que dotaban de electricidad a zonas rurales e industriales.
A partir de los años 50 y 60, se fueron abandonando de modo forzado, pues las políticas estatales monopolizaron el sector en grandes empresas.
Aquella tarde el cielo insinuaba lluvia y haciéndose eco del refrán “en agosto, frío en rostro”, una tormenta ambientó el restaurante improvisado en que nos encontrábamos: un banco de piedra, bajo los soportales de una gran plaza que, aunque coronada por un antiguo palacio, lucía una sobria y funcional arquitectura popular.
Otra vez bajo el abrazo de nuestra anfitriona, disfrutamos juntos de aquel pórtico de innumerables arcos, de los juegos entre la luz y el agua dibujados en la bóveda de aquella fuente romana…
De camino a las tumbas altomedievales, mirando sin mirar, colando entre el sabinar nuestra mirada, los cambios de luz asociados al eclipse solar, fundían el ocaso con el amanecer.
También aquella grada, construida de la mano de sus vecinos, susurraba cálidas palabras: hacendera, juntada, andecha, auzolan… Voces que expresan, en distintos territorios, la misma tradición medieval: trabajos comunales de utilidad popular (como el mantenimiento de caminos, fuentes o cañadas) en los que participa todo el vecindario de una localidad.
Aún persisten lugares donde la asamblea concejil es el órgano decisorio del pueblo. Aquella que, de abajo a arriba (aldea, comarca, Cortes), organizaba la vida.
En palabras de Santiago Arauz de Robles, “el régimen de concejo abierto daba a cada vecino una sensación de protagonismo equiparable a una sensación de felicidad. La felicidad sólo es posible cuando se tiene la impresión real de que la vida que se vive es hechura propia y no imposición ajena. No es que sea condición suficiente, pero sí es condición inexcusable”.
Al caer de la última tarde, un pueblo vecino acogía un concierto de música popular, divulgador de ritmos transmitidos, de generación en generación, por vía oral. Alegría y risa, complicidad y filosofía… Qué deleite el don de, con cariño, desvelar cada fisura de la actual forma de vida. Nadie hubo que no se levantase de su silla. A veces aplausos, otras carcajadas, cantos, danzas, no hubo quien no se expresara. Era evidente que en el viaje no podía faltar una fiesta de verdad.
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