Por Alejandra Icíar
Esta vez la causa que impulsaba nuestra travesía era participar en el segundo encuentro anual de la asociación libre “Recuperar el Comunal[1]”.
Este colectivo, inspirado en la obra de Félix Rodrigo Mora, aúna esfuerzos por ser eco de todo lo bello, inteligente y bueno que nuestros antepasados nos legaron.
Tras unas horas de marcha, paramos a tomar un almuerzo al aire libre, en el contorno de un solitario pueblo manchego enclavado en un paisaje llano, abierto, salpicado de lagunas.
Las extensiones de girasoles que durante el verano alegraban la inocente mirada, suponían ahora, ya rozando el otoño, un camposanto. Los colores de sus flores, hojas y tallos se habían apagado, sus portes hacia la luz se habían encogido sobre sí mismos.
Las praderas de infinitas coronas amarillas, consecuencia de la PAC[2], no han cumplido su razón de vida. La unión europea financia la plantación de girasoles, aunque ya no se cosechan. Tiempo atrás se dedicaron extensas áreas a su monocultivo, dirigiendo a los agricultores hacia la especialización. Hecha la inversión en maquinaria asociada, ¿cómo cambiar la tendencia una vez que, por razones geoestratégicas, resulta más “rentable” importar el aceite de girasol?
Esta imposición de sembrar lo que no alimentará se supone un mecanismo de protección, pero ¿cómo puede un agricultor plantar aquello que nunca cosechará sin quebrarse en su interior?
Habíamos partido un día antes para visitar a unos amigos que residen a mitad de camino y, en sólo unas horas compartidas, ¡tantos aprendizajes pueden acopiarse!
Se trata de una familia cuyos hijos han escogido el camino de la música y, a partir de un momento dado, continuaron formándose de manera autodidacta. Pasado un tiempo, el hijo mayor quiso incorporarse a una formación académica superior, sin embargo, la legislación había cambiado y ya no era posible ingresar por libre a través de una prueba de madurez. Se requería ineludiblemente titulación.
Bastaron unos meses para, a distancia, preparar y superar los exámenes correspondientes a la educación secundaria, y alrededor de un año para el bachillerato. Es decir, en un año y medio, por su cuenta, un chico de 19 años, había completado la formación académica que abarca normalmente 6 años (cuatro años de la enseñanza secundaria y dos años de bachiller).
Puede fácilmente pensarse que quizá se trate de un alumno brillante, pero yo, que veo el brillo en todas partes, me inclino a corroborar que el sistema educativo, además de funesto[3], es altamente ineficaz.
A la mañana siguiente, proseguimos el viaje… Ya en carretera ancha advertimos encenderse la señal de temperatura del motor. Nos desviamos en la primera salida y, tras comprobar que el depósito de refrigerante estaba seco, nos dispusimos a caminar hacia la gasolinera más cercana con el fin de reponerlo.
¡Qué acierto preguntar a unos vecinos del lugar! Casualmente, llevaban una garrafa del líquido del que nuestro coche estaba sediento. Fueron unos minutos de amabilidad, simpatía, servicio y, sobre todo, regocijo. ¡Qué bálsamo la entrega y generosidad del “desconocido”!
El paliar la dificultad de un igual, cosa sobremanera hermosa, es sólo una pizca en relación al mutuo trinar interior que provoca. Séneca describió la sociedad aludiendo a la arquitectura de una bóveda que, como tal, se desplomaría si unas piedras no sujetaran a otras.
El sostén que se desprende de sentirse apoyado es capital, pues ¿qué hundimiento psíquico, físico o emocional nos puede abrumar si contamos con el conocimiento cierto del apoyo de los demás?
Pero hay aún mucho más: el acto de apoyar es igualmente un pilar anímico. Tal como expresó Tagore, «dormí y soñé que la vida era alegría; desperté y vi que la vida era servicio; serví y vi que el servicio era alegría».
Reconfortados, continuamos adelante. Los próximos dos días los pasaríamos, junto al resto del equipo, en el albergue de un pequeño pueblo de Castilla.
He aquí la parte más compleja del viaje: la reunión de un grupo de personas que, distantes en cuanto a su residencia, comparten un ideario y el deseo de realizarlo. Es decir, al desafío de plasmar cualquier idea en la realidad, se suma la distancia geográfica habitual.
Si añadimos, además, la idiosincrasia particular por la que cada quien, desde su comprensión, modela los conocimientos y la acción concreta que se desprende de ellos, ¡tenemos en una pequeña sala tantos universos!
Incluso cuando un encuentro apareciera como endeble en su formulación, forzado, caótico o inconexo, la mirada atenta siempre hallará gestos y elementos que devengan en crecimiento y comprensión. No en vano, la palabra euskérica “adimen” (inteligencia) proviene de la raíz vasca adi- (que significa "oído" o "atención") y el sufijo -men ("capacidad" o "acción"), por lo que, etimológicamente, la inteligencia se desprende de la "capacidad de escuchar" o “la capacidad de mantener la atención”.
No es, por eso, motivo de frustración que, por momentos, en vez de claridad haya balbuceos, o discrepancias en vez de acuerdos.
Precisamente, la filosofía del modo de vida Comunal contempla el carácter bipartido, no sólo de las personas, sino del hecho de vivir mismo. Las tendencias hacia el bien o hacia el mal, hacia la confusión o hacia la lucidez, se acoplan de manera inextricable. O en palabras del poeta Khalil Gibrán: “¿Qué es el mal sino el bien torturado por su propia hambre y sed?”.
Mas, aunque el bien y el mal estén intrincadamente unidos, impulsar la virtud y cercar la vileza será el intrépido intento de todo aquel que, descontento con los actuales derroteros, pretenda legar un mundo lo suficientemente bueno y lo suficientemente bello como para que, querer habitarlo, sea un manifiesto deseo.
Entre tanto, los contactos con la naturaleza alivianaban la concienzuda estancia: aquella laguna volcánica tapizaba un anillo de impresionantes paredes de roca.
Las praderas comenzaban a tornar verdes los amarillos del estío y lucían salpicadas por flores moradas conocidas como “quitameriendas”. Este nombre popular refiere a que su brotar acontece cuando los días se acortan, de modo que ya no es necesario portar una merienda, pues se vuelve más temprano a casa.
La curiosidad por conocer un Comunal aún vigente, nos reunió con vecinos (algunos de ellos alcaldes, otros guardas forestales…) de diversos pueblos de la comarca.
El paraje escogido para el encuentro contaba, como únicas construcciones, con una ermita, un albergue (ambos del s. XVIII) y un centro de interpretación. Como es habitual, la arquitectura antigua susurra y la arquitectura contemporánea chilla. En lo concerniente al arte y la belleza, suele suceder que las obras modernas pretenden, pero no llegan.
En cuanto a la pintoresca reunión, ¡qué otra cosa será que diversos puntos de vista de un magnífico enigma! En tanto discurrían las horas y la programación se iba cumpliendo, casi se desprendían más preguntas que respuestas…
¿Cómo serían las asambleas en los momentos (siglos V-XIX) en que éstas eran la base de la democracia directa, aquella que, sin representantes, partidos, ni parlamentos, y de abajo a arriba (aldea, comarca, Cortes), organizaba la vida colectiva?
Pasarían dos semanas hasta que, en el contexto del siguiente viaje, estas incógnitas se aclararían…
Notas
[1] La palabra Comunal, históricamente, hace referencia a un modo de vida surgido en el periodo altomedieval, en los llamados pueblos libres del norte de la península ibérica. Actualmente, aunque muy maltrecho, pues la libertad no es precisamente un valor definitorio de nuestra sociedad, sigue estando presente en muchas zonas rurales a lo largo de nuestra geografía. En esencia, se trata del sentido común que se desprende de lo humano, en todos sus ámbitos. Tradicionalmente (con anterioridad a las leyes desamortizadoras), el territorio pertenecía a quienes lo habitaban que, respetando la propiedad privada, compartían el manejo de los recursos y bienes en colectividad.
De lo comunal emana pues, todo un universo relacional: no sólo el vínculo entre la humanidad y su marco natural, sino (y, sobre todo) el lazo entre los seres humanos.
Muy probablemente, se trate de la civilización más íntegra conocida a lo largo de la historia.
[2] Política Agrícola Común: política común de todos los países de la UE que se dirige fundamentalmente al sector agrario y al medio rural.
[3] Dada la magnitud de la crítica, justificaré tal grado mencionando algún aspecto evidente de lo dañino del sistema educativo para los niños. Por ejemplo: a pesar de la importante necesidad del movimiento libre (que no deporte necesariamente) y de los estímulos sensoriales en las etapas tempranas del desarrollo humano, el alumnado pasa sentado y en un aula cerrada la mayor parte de su infancia y juventud.
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