APORTACIONES DEL FILOSOFO HARMUNT ROSA AL ANALISIS DE LA “MODERNIDAD TARDIA”
Por Jesús Trejo
Los filósofos actuales son equivalentes a los oráculos de la antigüedad, mascullando susurros enigmáticos cuando se les pregunta por los desórdenes actuales, para evitar señalar al amo institucional. Ante una mentalidad desestructurada y absolutamente desorientada, estos especialistas de lo etéreo se han adaptado a las demandas del público, con pequeños opúsculos, que hacen las delicias de la ciudadanía líquida, mientras las cuentas bancarias de estos doctores sutilísimos engordan agradecidas... Byung Chul Han es la expresión más clara. Harmunt Rosa no le va a la zaga, y tras la última entrevista publicada por el BOE oficioso del Estado, el periódico “el País”, parece inminente el salto exitoso de este filósofo social al gran público hispano[1].
Vaya por delante mi simpatía por el trabajo especulativo. Como se suele decir, “entre bomberos no nos pisemos la manguera”, y yo soy licenciado en filosofía. No tengo nada en contra de los especialistas de lo abstracto, pero me parece interesante aportar un cable a tierra para no acabar electrocutados cuando los rayos de esta tormenta perfecta que se está gestando en las sociedades hiperestatalizadas, que eufemísticamente denominan modernidad tardía, comience a eclosionar con toda su violencia.
Como he apuntado en otro artículo[2], la esencia de la modernidad es la otredad esquizofrénica, la extranjerización del yo, provocada por la política de tierra quemada, la devastación alevosa y premeditada de las bases materiales y espirituales que permitían una virtuosa relación entre ethos y etnos. Cuando las elites en el antiguo régimen se dieron cuenta de que su expansión estaba comprometida por una base campesina apegada física y espiritualmente a su tierra natal, procedieron a cambiar su forma de dominio, dinamitando el lugar de referencia territorial. Con la excusa de la lucha contra el despotismo monárquico y el oscurantismo clerical, montaron un sistema impositivo brutal que empobreció al campo con impuestos y desamortizaciones de propiedades productivas y relacionales, con levas militares que secuestraban a la juventud justo en los momentos de la recolección.. Las guerras napoleónicas tienen tanto de expansionismo del imperio francés como de estrategia para desenraizar al rural galo de su jurisdicción. Y el resto de estados occidentales siguieron su contumaz ejemplo, haciendo transformaciones desde arriba, las llamadas revoluciones pasivas, con las que las elites buscaron superar las obsoletas y agotadas estructuras premodernas, que no permitían ordeñar lo suficiente a la vaca popular, porque pastaba todavía con cierta libertad. Así que se decidió que había que estabular a las fuerzas productivas en grandes ciudades y cronometrar sus movimientos al minuto, para vigilar de cerca el espíritu díscolo del hombre aldeano, y se concentrara en producir y consumir, sin veleidades humanizantes. Tal es la esencia del famoso concepto de alienación, que Hegel, Feuerbach y Marx escudriñaron, y que Harmunt Rosa toma como punto de partida para analizar el desencanto que atenaza al sujeto contemporáneo.
Para el pensador tudesco, la característica de lo moderno es la aceleración constante del ritmo productivo que necesita para mantenerse en equilibrio. No es velocidad de crucero, sino el incremento siempre por encima del ritmo anterior, donde radica lo mórbido de nuestras “sociedades”. Con ello, en el frenesí cotidiano por superar metas, elevar un n+1 la producción, los resultados o los records deportivos, las sociedades de la tardomodernidad han llegado a una superabundancia material que contrasta con el vacío anímico de sus productores hamsterizados. Esto era soportable mientras había una promesa de progreso hacia las futuras generaciones, y el sacrificio sisífico se aceptaba, aun con el agotador absurdo existencial de estar metido en una rueda, pero eso sí, a toda velocidad. Sin embargo, a partir de un momento que el autor sitúa en 1989, (con la caída del muro de Berlín y el ascenso de la tecnología), esa promesa de mejora a futuro se desvanece, y ahora la locura del incremento de la producción se muestra en toda su crudeza. Así explica el síndrome bien conocido del “burn out”, del trabajador exhausto, sin expectativas, sin promesas de mejora a futuro[3].
La propuesta de Rosa es revitalizarnos, recuperar la conexión con la naturaleza y sus habitantes: la “resonancia”. Poder oír de nuevo el estimulante sonido y reverberación de la belleza universal, del cuidado mutuo, del afecto. Volver a enamorarnos del mundo y de la vida. Recuperar el amor hacia todo lo circundante. Ser reconocido como criatura digna en la creación Tal vez por eso, en su denodado afán por revitalizar a la masa de zombies andantes en que se han convertido los ciudadanos actuales le ha llevado incluso a promocionar las formas religiosas y sus ritos como formas de realigación, con esas catarsis que los creyentes (católicos) sienten al tomar la comunión, ungirse con agua bendita, oír la palabra sagrada, o estar en silencio en contacto con lo divino mediante la plegaria o la meditación en esos centros sobrecogedores como son las catedrales o iglesias[4].
Harmunt Rosa peca del olvido común entre la intelectualidad, y es no reconocer la parte alevosa y premeditada que tiene esa aceleración desestructurante del espíritu humano. Se olvida que son los Estados, con sus leyes y sus mandatos los que constantemente centrifugan a la sociedad civil sin dejarla en ningún momento tranquila para deliberar, procesar lo digerido mentalmente por la industria mediática y educativa, y levantar la cabeza como corresponde a nuestra esencia bípeda. Nos obligan a estar postrados ante su becerro de oro, sus ideologías, sus crisis y sus guerras.
Las condiciones para un mundo humanizado son las contrarias a los mandatos de la rapidez y la especialización. La democracia directa es cromófaga, necesita tiempo para deliberar y luego compartir en asamblea las propuestas que cada componente individual quiera aportar. Un sistema basado en la eficacia y el “just-in-time, tan característico del Estado-reloj, es lo contrario a la libertad. Por otro lado, una especialización salvaje, a la que estamos abocados por el sistema productivo nos incapacita para absorber los estímulos de otras esferas vitales, y con ello perdemos igualmente sensibilidad y entendimiento.
La deseable vuelta a casa que nos ofrece Harmunt Rosa es un cuento adorable, una vida color de Rosa podríamos decir, que no necesita la revolución para llevarla a cabo. Con ello se une a todas las propuestas religacionistas que encuentran la solución a la desazón existencial por medio de comunidades bien hermanadas en el campo, autosuficientes, al margen de las instituciones bellacas y de su frenético ritmo de vida, tanto normativo como productivo. Y además esta conexión mística de Rosa adolece de no demandar un esfuerzo personal, íntimo, por recuperar lo más digno y respetable del ser humano, su capacidad hacia la virtud y el esfuerzo que ello conlleva, sino es más bien una forma de felicismo, de alcanzar una calidad de vida dentro del sistema, sin más esfuerzo que el abrir ojos y sobre todo oídos, a la banda sonora del Mundo.
La paradoja de todas las propuestas de reconexión, de superar la alienación, la reificación, el desencanto, etc. es que, al igual que les pasa a los felicistas, cuanto más persigues tu objetivo, más te frustras en su consecución. El síndrome de Aquiles y la tortuga. Porque si no hay una respuesta global contra el núcleo acelerador y alienante, el Estado, como centro donde se concentran los diversos poderes tiránicos, nunca podrás vivir en armonía, ni siquiera en tu pequeño mundo, tu Disneylandia, salvo que te vuelvas sordo y mudo ante el sufrimiento de los demás, con lo que la apertura estimular propuesta por Rosa se vuelve ahora un enmudecimiento y una sordera interesada solo en lo que me place.
El vaciado espiritual a que hemos sido sometidos por el contubernio Estado-capital es la razón de que estemos sordos y mudos ante el mundo y los demás seres que lo habitamos. Esa insensibilidad provoca unos desórdenes psíquicos en forma o bien de depresión y mutismo, o bien de búsqueda de experiencias que nos exciten, bien sean drogas, deportes extremos o relaciones sadomaso en la intimidad. Y si no luchamos contra la causa fundamental, seguiremos estando sin orejas ni lengua para escuchar y responder a un mundo y un universo anhelante de comunicación. Pero sobre todo, si no nos proponemos combatir con todo nuestro corazón esas estructuras institucionales especializadas en troturar/torturar a las personas, seguiremos teniendo desactivada nuestra antena cordial de conexión con el universo. La única forma de revitalizarse es recuperar la erótica revolucionaria, uniéndose místicamente a tareas heroicas que superan los marcos mezquinos de la medida del hombre común. El movimiento por la RI sin querer ser pretencioso, es uno de los marcos transcendentes en los que buscar un abrevadero de agua energizante para estos espíritus cansados y vaciados. Ojalá haya otros, en forma de poesía, cine, literatura, teatro o música que puedan levantar la losa lapidaria que la “modernidad tardía”, o sea el Estado hipertrofiado, ha puesto sobre el espíritu humano, para robarle lo más auténtico y propio del individuo, su rebeldía.
Notas
[1] https://elpais.com/ideas/2026-08-29/hartmut-rosa-sociologo-estamos-perdiendo-el-deseo-de-vivir-y-la-confianza-en-la-vida.html
[2] “la extranjerización del yo” Jesús Trejo, en este mismo núm. 43 de virtud y revolución
[3] “remedio a la aceleración “ Harmunt Rosa, ned ediciones 2019
[4] “la democracia necesita la religión con urgencia” H.R. , fragmenta editorial, 2026
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